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San Miguel de Allende, su gloria, su ruina / I

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SOMOSMASS99

 

Pepe Ramírez*

Miércoles 22 de septiembre de 2021

 

San Miguel de Allende. Bella ciudad. Mágica. Ciudad que conserva el encanto de sus edificios monumentales de la época virreinal, de sus calles empedradas, de sus callejones de tenue iluminación. Ciudad Patrimonio de la Humanidad desde el año 2008, declarada así por la UNESCO (dicha declaratoria incluye 64 manzanas del Centro Histórico y el Santuario de Jesus Nazareno, en Atotonilco). En la página de ese organismo internacional se puede leer la descripción que dio lugar a la aprobación de San Miguel como Ciudad Patrimonio: “Fundada en el siglo XVI para proteger el camino real del interior del país, la ciudad de San Miguel de Allende alcanzó su apogeo en el siglo XVIII, época en la que se construyeron numerosos edificios religiosos y civiles de estilo barroco mexicano. Algunos de ellos son obras maestras del estilo de transición entre el barroco y el neoclásico. Por su parte, el santuario de Jesús Nazareno de Atotonilco, construido por los jesuitas a unos 14 km de San Miguel, data también del siglo XVIII y es uno de los ejemplos más hermosos de la arquitectura y el arte barrocos de la Nueva España. Comprende una gran iglesia y una serie de capillas pequeñas ornamentadas con óleos de Juan Rodríguez Juárez y murales de Miguel Antonio Martínez de Pocasangre. Debido a su situación, San Miguel de Allende fue un verdadero crisol de influencias mutuas entre la cultura española, la criolla y la indígena, y constituye un ejemplo excepcional del intercambio cultural entre Europa y América Latina. Su arquitectura y ornamentación interior patentizan la influencia de la doctrina de San Ignacio de Loyola”[1].

Está ubicada la ciudad en la falda de una colina, con una vista privilegiada hacia el poniente, donde la Presa Allende refleja las luces del atardecer, rojizas, violetas, de mil colores. Más allá, donde se pierde la vista, la Sierra de Guanajuato. Ciudad que cautiva. Que enamora. Ciudad anualmente visitada por miles de turistas, nacionales e internacionales. Ciudad cosmopolita que guarda ya, para sí, un legado cultural sui generis: por un lado el de la influencia de la comunidad extranjera aquí avecindada desde los años treinta del siglo pasado (mayormente estadounidenses, canadienses y, en menor número, residentes de una sesentena de países de todas las latitudes); por otro, el de su herencia indígena, que ha legado costumbres, tradiciones, rituales, que, a golpe de necedad y orgullo local, se conservan y transmiten de generación en generación; y, evidentemente, la herencia del régimen colonial. 

San Miguel de Allende, una de las ciudades más bonitas de nuestro país, observa con preocupación su futuro. Si bien hay un enorme cuidado de su centro histórico, hoy se ve amenazada por los fantasmas de la modernidad que recorren al pueblo, al estado, al país, al mundo. Abel Hernández Guerrero, en su trabajo de investigación El boom inmobiliario y el desarrollo urbano en San Miguel de Allende, Gto., 1990-2010[2], aborda con el rigor de los datos fríos, mas también con un análisis crítico de los mismos, parte de las preocupaciones de un amplio sector de los sanmiguelenses y residentes extranjeros que ven con enojo y nostalgia, cómo las políticas de autorización masiva a grupos inmobiliarios para la construcción de desarrollos habitacionales, principalmente impulsadas por los últimos gobiernos panistas locales (aunque también los ha habido del PRI), van deformando, destruyendo, modificando, transformando no sólo la imagen urbana de San Miguel, sino también la dinámica de sus habitantes.

La primera fundación del actual San Miguel de Allende se dio en la comunidad de San Miguel Viejo en el año 1542 y se trasladó el pequeño poblado de entonces al lugar de su segunda fundación, en el Paseo del Chorro, entonces conocido como Izcuinapan. Dos asentamientos fundacionales en apenas una década. Estos pequeños pueblos de indios se vieron obligados al abandono de esos sitios durante el primer lustro de los cincuenta del siglo XVI. La causa: el asedio al que se veían sometidos por grupos étnicos no evangelizados que formaban parte de la Gran Chichimeca.

A mediados de esa década de los cincuenta del siglo XVI se formalizó la fundación de lo que sería San Miguel el Grande, mediante ordenanza del entonces virrey de la Nueva España, Luis de Velasco.

Por supuesto que previo a la llegada de los españoles a estas tierras, existieron en ellas importantes asentamientos humanos, particularmente de los grupos culturales otomíes y pames, con influencia de las sociedades del Altiplano Central. Múltiples vestigios de estos asentamientos han sido descubiertos, investigados y, algunos de ellos, puestos a la vista del público. Es el caso de la zona arqueológica Cañada de la Virgen (la Casa de los Trece Cielos), la cual, como lo menciona el Sistema de Información Cultural del Gobierno de la República, fue “un asentamiento prehispánico enclavado en la frontera septentrional de Mesoamérica, cuyos principales monumentos se utilizaron para realizar observaciones del cielo. Su traza urbana refleja los ciclos cósmicos a los que se vinculaba la vida de grupos de agricultores que también practicaron la recolección y la cacería de las regiones semidesérticas aledañas e intercambiaron con otras regiones mesoamericanas objetos utilizados en actividades rituales.

Su posición defensiva, desde la que se domina visualmente la cuenca central del Río Laja, indica también la importancia ritual del lugar. El apogeo de este sitio tuvo lugar entre los años 600 y 900 d.C., situándose en el Epiclásico mesoamericano. El sitio no fue habitacional, los usos se remiten únicamente a cuestiones procesionales y rituales relacionadas con ciclos agrarios, de caza y recolección…”[3] El sitio colapsó y por más de 900 años quedó olvidado y guarnecido por tierra y vegetación, hasta su hallazgo a mediados del siglo XX y los inicios de su restauración a mediados de los noventa del siglo pasado.

A la llegada de los españoles el lugar se encontraba prácticamente abandonado. Pequeños grupos indígenas, nómadas y seminómadas, poblaban el lugar, principalmente grupos chichimecas.

El interés de la corona española por fundar en esta región un pequeño poblado que con el paso de los años adquiere el título de Villa, tenía que ver principalmente con la actividad agrícola y ganadera de lo que hoy conocemos como el Bajío, por un lado y, por el otro, con la ruta de la plata, esa ruta que los españoles rediseñaron para comunicar a las grandes minas de Guanajuato y Zacatecas con la sede del poder virreinal de la Nueva España, la ciudad de México.

“A partir del siglo XVII, la villa de San Miguel ya presentaba una incipiente distribución urbanística producto en gran parte de la victoria de los peninsulares sobre la nación chichimeca”, comenta Abel Hernández Guerrero[4].

Ya para fines de ese siglo e inicios del XVIII, el lugar presentaba un crecimiento significativo que se manifestaba en construcciones de ya cierta importancia: residencias de familias de españoles que se concentraban alrededor de la plaza de armas, iglesias y otros edificios del poder civil como la cárcel y las casas consistoriales, con un diseño urbanístico con una visión europea. Este siglo XVIII significó para San Miguel su época dorada, de auge en todos los ámbitos: cultural, religioso, económico y político. Baste observar los edificios del centro histórico del actual San Miguel de Allende para reconocer en ellos épocas de bonanza.

Con la revolución de independencia, la rica villa de San Miguel el Grande se vió sumida en la desgracia al haber perdido a muchos de sus hijos, connotados insurgentes. Vivió el poblado, o sufrió sería mejor decir, el costo de la osadía de sus habitantes de haber desafiado a la corona española. Francisco de la Maza, estudioso de San Miguel el Grande y de la ciudad de San Miguel de Allende, afirma: “Durante la guerra de independencia sufrió la pobre villa lo indecible. Sus industrias se acabaron, sus principales hijos, los héroes insurgentes, fueron muertos, y la pobreza tendió sus reales en la antes riquísima San Miguel el Grande. Fue víctima de las venganzas de uno y otro partido, de tal manera que en 1821 no tenía ni 5 mil personas. Su gloria fue su ruina”[5].

Al término de la guerra de independencia, la villa, declarada por el Congreso del Estado como ciudad de San Miguel de Allende el 18 de marzo de 1826, comenzó a vivir una larga época de letargo. Pareciera haberse detenido el tiempo. Nuevamente escuchamos a Francisco de la Maza darnos su visión del lugar en el siglo XIX: “…. San Miguel volvió a conocer su paz de antaño, pero su antiguo esplendor se esfumó. Su industria y su comercio volvieron, pero empequeñecidos, y ya no hubo, en el siglo XIX, la fiebre constructiva del XVIII, por lo que la ciudad que hoy contemplamos es casi completamente del coloniaje español”[6].

Los años treinta, del siglo XX, serían el inicio de una nueva historia para San Miguel de Allende. Una más en la que surge como la gran ciudad que es hoy. Sin embargo, como veremos en una próxima colaboración, en su gloria actual puede estar gestándose su ruina.


Referencias:

[1] whc.unesco.org/es/list/1274

[2] Hernández Guerrero Abel, El boom inmobiliario y el desarrollo urbano en San Miguel de Allende, Gto., 1990-2010, Universidad Autónoma de Querétaro, México, 2013.

[3] sic.cultura.gob.mx/ficha.php?table=zona_arqueologica&table_id=190

[4] Hernández Guerrero Abel, Op. cit 

[5] www.historicas.unam.mx/publicaciones/publicadigital/libros/lecturas/T5/LHMT5_020.pdf

[6] De la Maza Francisco, San Miguel de Allende. Su historia, sus monumentos. México, 1939, p.129


* Esta es una colaboración del Colectivo Miguel Hidalgo de Celaya, Guanajuato, al que pertenece el autor.

Imagen de portada: Una calle de San Miguel de Allende. | Foto: Jazael Melgoza (@jezael) / Unsplash.






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