Breaking

Santuarios

Para Ver, Oír y Comer / Top News / 25/09/2018

SOMOSMASS99

 

Uriel Cormorán*

 

Santuarios

Murió en un hospital hace dos años por una enfermedad respiratoria. Su obra ha permanecido anónima por casi cuatro décadas y quizá permanezca igual por mucho más tiempo, porque lo que cuento aquí sólo es una de esas tantas anécdotas que circulan hoy en día. Si les digo que la mía es la auténtica, ¿por qué habrían de creerme? Con todos esos maestros escultores, tribus urbanas y arquitectos a los que se menciona, y que además cuentan con mucho más mérito, pues aún así sostengo la veracidad de mi testimonio, y digo que la autora de los santuarios fue Matilde Mayorga Prado, mi psicóloga.

Ya verán cómo todo adquiere sentido. Su consultorio era parte de un colectivo médico ubicado en Tonalá. En resumen, tras terminar la jornada se dirigía a recoger un bloque de cantera a la avenida principal, donde se aglomeran los artesanos a vender sus piezas, y de ahí lo llevaba a alguno de los tres parques centrales de la metrópoli. Yo era su último paciente en turno y percibía la inquietud en sus piernas por largarse a consolidar su locura.

Uno de esos días, moviéndose de un lado a otro del consultorio, preguntó cuánto había pasado desde la última vez que me acerqué a una mujer convencional con la intención de conocerla. Desde el principio le aclaré que me resultaba repulsiva, y quiero aclararlo también con ustedes para que no exista ninguna confusión. Ella me resultaba repulsiva. Es algo que nunca me he podido explicar, porque físicamente era de buen ver, es decir, con todo y sus cincuenta y tantos años encima conservaba la simetría esperada del canon occidental de belleza. Además, tampoco es que yo sea del tipo quisquilloso. Veía en Matilde una abuela cariñosa. Recuerdo que estaban de moda los chales y no había día que no llevara uno encima, lo que reforzaba el estereotipo. Tal vez eso, y su manera tan atenta de ser, me resultaban demasiado forzado.

A medida que fui conociéndola mi repulsión fue creciendo y se convirtió en un odio irracional. Por supuesto que se lo oculté. Toda la charla de sesión giraba en torno a mis conductas obsesivas. Estiraba las piernas, las cruzaba y enseguida me preguntaba cómo me sentía gastando una fortuna en sexo casual. Me irritaba pensar lo que ella llegase a pensar de mí. Así que siempre respondía con otra pregunta. Era poco profesional. No me creía que profesara la doctrina que pregonaba; es decir, la psicología.

Pero de esta dinámica de respuesta tangencial supe que estaba estudiando arte los sábados y enfermería muy temprano entre semana. Lo que explicaba la continuidad de los pantalones blancos. También supe que tenía novio y una rata de mascota. Las dos cosas me parecieron desagradables. ‹‹Una vez sea enfermera, ¿atenderá a la gente con esas manos que limpian caca de rata?›› La cuestioné. ‹‹Eso no te incumbe››, respondió. ‹‹Pobre de su novio››, me mofaba. Muy serena aconsejaba cierto ejercicio, miraba la hora y daba término a la consulta.

Me gusta pensar que fui su peor cliente. El día que comencé a seguirla la descubrí fumando fuera de un taller de cantera. Martillaba el suelo con el tacón. Era la temporada de lluvias y su cabello estaba encrespado. Tenía la mirada violenta y apresuraba a su novio a meter el bloque de cantera a la cajuela.

Cuando finalizó la sesión al día siguiente, simplemente caminé sus pasos; sin pensarlo. Ella no volteó atrás, era una mujer decidida. Se moría por fumar un cigarro como establecía su extraño ritual. Una vez concluyó la parte en que cargaban el bloque nuevo, yo, como en una de esas películas de detectives o espías, paré un taxi y le pedí que siguiera al auto que salía al otro lado de la avenida. El tipo me dijo que no podía hacer tal cosa y que aún si aquello fuera legal, lo más probable es que perdiera el rastro cuando llegara al punto de retorno para acoplarse al sentido del objetivo. Le dije que se fuera a la mierda y azoté la puerta.

Estuve varias semanas intranquilo con la imposibilidad de saber qué hacía. ‹‹¿Qué hace después del laboratorio, antes de venir aquí?››, preguntó ella una vez. ‹‹¿Qué hace usted después del consultorio?››, aproveché. Cruzó las piernas y me dijo que no se trataba de ella. Persistí. Mi corazón iba a toda marcha, y ese ardor me motivaba a seguir, a calcular rápido y certeramente dónde presionar. Se levantó y dijo que la perdonara, que debía salir por unos minutos. Al regresar, sin ningún miramiento, me aclaró que la próxima vez que intentara ser el analista cancelaría mi registro.

Por aquellos tiempos un círculo de cantera sobresalía entre los pastos del parque Revolución. Al verlo no conecté una cosa con la otra. Pensé, como la mayoría, en algún proyecto del Estado. Un mes después, los círculos ya tenían un área de bloques menos voluminosos: piso, en lenguaje llano.

Y de pronto la soñé. Noches van y vienen, los sueños pocas veces se condensan. En este, ella era quien colocaba los adoquines. Su novio, que por algún sinsentido ahí era su esposo, le ayudaba acercando el material. Ella configuraba una especie de estrado, que espontáneamente se iba rodeando de una multitud de gente. Luego, levantando los brazos, los llevaba a levitar a todos en un éxtasis místico.

Desperté y ya era hora de trabajar, así que realicé toda la rutina: baño, uniforme, equipo, comida, dientes… pero no paraba de dar vueltas a lo soñado.

Lloviznaba afuera, no se oía, pero se veían las diminutas gotas sobre los cristales. El tema trascendental que tratábamos era el por qué. ‹‹Soy un chimpancé en busca de atención››, le dije. ‹‹Y ansioso de contacto, ¿o qué son ellas para ti?››, agregó. No supe responderle. Alguna grosería, posiblemente. De inmediato me abstraje. La miré a los ojos y ella contestó de igual forma. No estaba enfadada, ni confundida, ni cansada. Por algún motivo ya no quise seguirla. También abandoné la terapia.

Después de eso duré varias semanas encerrado, haciendo lo que hago en casa tras darme placer: maldecir. El trabajo era lo único que me distraía. Desde el autobús de la empresa divisaba el progreso del santuario central, que pasó de lo circular a lo cilíndrico. Luego un gran arco asomó del cilindro anunciando un amplio umbral. Renuncié al trabajo y ya no pude presenciar el progreso de la cúpula.

Durante aquella temporada mucha gente la vio poniendo su bloque de cantera, día con día. Aun así, a nadie le generó el interés suficiente para averiguar quién era ella. Matilde tampoco se dio a conocer. Le era innecesario.

De igual manera que muchos otros, yo también gusto el dejar una vela encendida al interior. Desde dentro veo por las ventanitas romboides hacia afuera y me siento protegido. Por fuera veo los ojos huecos del santuario, iluminados por las muchas llamas dentro, y es como si fueran sus ojos, los ojos de aquel día donde di por terminada toda búsqueda, cuando algo se apagó en mi interior.


* Uriel Cormorán (Guadalajara, México, 1988) es artista folclórico de Cierva Alba, un proyecto de autoempleo. Bloguero en Taquigrafía grájica. Desertor de Letras Hispánicas de la Universidad de Guadalajara. A veces poeta, cuentista, o novelista. Ha colaborado en revistas como Numen y La Cigarra, bajo el heterónimo de Jeremías Croy, y revistas digitales como Monolito y La Sirena Varada bajo el nombre de Cyan Urón. Es decir, nuestro autor se presenta con su identidad ficticia, y así seguirá hasta que la heteronimia lo demande.

Fotos de portada e interiores: Pixabay.






Luis López




Entrada Anterior

Jimmy Morales da un paso más en la amenaza de quebrar el orden constitucional

Siguiente Entrada

Ayotzinapa: Cuatro años





0 Comentario


Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *


Más Historia

Jimmy Morales da un paso más en la amenaza de quebrar el orden constitucional

SOMOSMASS99   Martín Rodríguez Pellecer / Nómada Guatemala / Lunes 24 de septiembre de 2018   A...

25/09/2018