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Se adueñaron de Las Antillas y luego de todo el Continente

Crónicas / Diálogo País / Top News / 14/08/2019

SOMOSMASS99

 

Esther Sanginés García*

Miércoles 14 de agosto de 2019

 

“Las conquistas de América se consumaron por hombres de España, pero que todo lo aprendieron en América. Las expediciones más brillantes que salieron de la península fueron fracasos. De sus desengaños y de su dispersión surgieron los jefes, capitanes y adalides que por sí mismos hicieron las distintas fundaciones. Así Cortés pudo escribir a Carlos V que todas sus empresas se habían concluido ‘sin ser ayudado de cosa alguna, antes muy estorbado’».

– Ernesto de la Torre

 

Un día del año 1493 toda la tierra del Nuevo Mundo, en la que cultivaban y vivían los pueblos originarios, dejó de pertenecerles; el Santo Padre, un valenciano que vivía en Roma y jamás había imaginado siquiera estos lugares, la regaló a los monarcas españoles, la reina Isabel y el rey Fernando. Los reyes recibieron la propiedad del Nuevo Mundo y cobraron sus rentas a los virreyes y gobernadores sin perder sus derechos sobre un territorio que no conocían, pero que iban desmembrando, mientras los seres humanos que la habitaban eran despojados y convertidos en objetos que se repartían entre los cristianos, quienes los obtenían como encomendados. La tierra, los hombres, mujeres y niños, sin saber cómo ni por qué, fueron entregados en Mercedes Reales, encomiendas y repartimientos a los incondicionales, parientes, seguidores y amigos de gobernadores o virreyes.

Eran Las Antillas patria y lugar de pueblos alegres, algunos pacíficos, otros guerreros bravíos; a los marineros de Colón los mataron o asimilaron, pero a la bula papal y la estructura del gobierno monárquico, desde los reyes católicos hasta fray Nicolás de Ovando, aunque se opusieron, no pudieron resistir. La desigualdad y el clasismo se impusieron, los hidalgos españoles se hicieron señores de la tierra, exprimiendo sudor, sangre y vida a los indios que el “buen fraile” dio en repartimiento o encomienda. Peor que esclavos, se repartían gratis, no costaban más que lo poco que se destinaba a su alimentación. Sin ánimo para vivir, taínos, boricuas, caribes, sobreexplotados, fueron muriendo. Nos dice Fernando Benítez: “La ocupación de Cuba cierra el período insular del descubrimiento de América. Un paisaje nuevo, una cascada de perlas y montañas de oro se levantan más allá del Caribe, donde se escucha una consigna colmada de promesas: ‘¡Al sur, al sur!, es el grito que sale de todos los pechos’”[1]. Al sur y al occidente.

Por el mar de Las Antillas iban los aventureros europeos, organizando expediciones para explorar el entorno, buscando oro y esclavos, llevando a La española, y después a Cuba y Puerto Rico su cargamento humano, algunos se habían enriquecido como jamás lo hubieran hecho en su Viejo Mundo, pero, querían más.

Las expediciones que al principio se hacían a islas vecinas se fueron alejando cada vez más, capturando y declarando “indios de guerra” a sus habitantes, esa vieja estrategia europea se usaba como pretexto para el saqueo. Los europeos se fueron alejando un poco más en cada viaje, cuatro días de navegación, ¿por qué no cinco?, tal vez seis, y de pronto, allí estaba Cozumel, siete u ocho, Yucatán, Florida…

Desde que Colón regresó de su primer viaje, la exploración del Atlántico fue el gran atractivo para muchos marineros. Ya en 1497, el genovés Juan (Giovanni) Caboto solicitó apoyo de los reyes europeos. Sólo Enrique VII de Inglaterra lo financió, así obtuvo los testimonios de haber llegado a las costas de lo que hoy son Canadá y Estados Unidos. Sus tempranos descubrimientos fueron la base para que los ingleses iniciaran reivindicaciones sobre sus derechos en Norteamérica.

En 1499 Alonso de Ojeda aprovechó el permiso real para explorar. De Las Antillas se dirigió al Sur en sus llamados viajes menores, navegó por la costa del Brasil hasta Panamá o viceversa y se dio cuenta que América era un nuevo continente. Un año después, en 1500 Álvarez Cabral exploró la costa del Brasil. En 1502, en su cuarto viaje, Colón arribó a las costas de Honduras, Nicaragua, Costa Rica y Panamá, entró en contacto con los mayas y supo del gran señorío de los mexicas, su grumete Antón de Alaminos no perdía detalle.

Con mayor formalidad, en 1508 se colonizó Puerto Rico, en 1509 Jamaica, en 1511 Cuba. El exterminio de los naturales había llegado a tal magnitud que se escuchó en España y hacia 1512 se expidieron Las Leyes de Burgos. Ordenanzas dadas para el buen regimiento y tratamiento de los indios, una bella intención pero Castilla estaba muy lejos y los pretextos para esclavizar y repartir seguían dominando.

Además de los aventureros dedicados a cazar esclavos, se registraron con permiso de exploración los viajes de Juan Ponce de León en 1508; primero a Borinquén (Puerto Rico), después más lejos, así llegó a la Florida en 1513; allí encontró a un indio que hablaba español, lo que nos ilustra sobre las posibilidades de comunicación entre las islas y el continente. Uno de sus pilotos fue Antón de Alaminos, el mismo que había sido grumete en el cuarto viaje de Colón. Alaminos propuso viajar al poniente y fue en esa expedición cuando descubrió la corriente del Golfo.

En 1509, la Corona Española autorizó los viajes de Diego Nicuesa primero y Alonso de Ojeda después, para colonizar lo que posteriormente se conocería como Colombia, Nicaragua, Costa Rica y Panamá. No importaban sus desgracias, ni los naufragios, la leyenda seguía, los mitos crecían. Tal vez del naufragio de Diego de Nicuesa fueran dos los sobrevivientes Jerónimo de Aguilar y Gonzalo Guerrero. En 1513, Juan Díaz de Solís se encontró con el Mar Dulce, el maravilloso Río de la Plata.

Más allá de las exploraciones, las colonias prosperaban; en 1512 se fundó la Ciudad de Baracoa y en 1515 la Habana. Desde allí Diego de Velázquez promovió algunos proyectos de exploración continental; en 1517 patrocinó la expedición de Francisco Hernández de Córdoba, quien entró en contacto con los mayas en Yucatán. Su expedición alcanzó Isla Mujeres después de seis días de navegación. Un poco después algunos mayas fueron a su encuentro en grandes canoas. La sorpresa de los españoles fue enorme, los mayas estaban vestidos con ropas de algodón, se peinaban como guerreros, usaban orejeras, tenían tatuajes en cara y manos. Los indios subieron a los barcos donde intercambiaron sus tesoros por cuentas de vidrio. Fueron los españoles de asombro en asombro, lo que Bernal Díaz del Castillo describe bastante bien. No sólo se hicieron de objetos de oro y cerámica, también se llevaron a dos nativos en calidad de prisioneros, a los que bautizaron como Julián y Melchor, Juliancillo y Melchorejo, ellos serían sus primeros traductores e informantes. Juliancillo murió de pena lejos de su tierra y su gente, Melchorejo aprendió el español, por ellos se supo de los cautivos españoles entre los mayas.

¡Era Verdad!, había grandes ciudades, los sobrevivientes de la expedición de Fernández de Córdoba dieron la noticia a Diego Velázquez, habían llegado al Gran Cairo, las pirámides lo confirmaban (la geografía era una disciplina en pañales, así que confundían el mundo maya con Egipto).

La oportunidad de pasar a la historia como el descubridor de la ruta a Cipango no podía desperdiciarse[2]; entre su ambición y su codicia, Diego Velázquez ordenó un segundo viaje, comandado por Juan de Grijalva y Pedro de Alvarado que llegaron a las costas del Golfo de México. La pobreza del equipamiento y las malas condiciones de las naves no les permitieron gran lucimiento; Grijalva comisionó a Alvarado para que regresara a Cuba y diera la noticia de los indicios de grandes civilizaciones y riquezas en tierra firme.

La ambición del gobernador y su codicia se exacerbaron, sus sueños de gloria y poder lo llevaron a promover una tercera expedición. En 1518 Velázquez encomendó la empresa a Hernán Cortés, nombrándolo Capitán General.

Pero, ¿quién era Hernán Cortés? Aunque había nacido en España, Cortés llevaba 15 años en Las Antillas, además de su esposa española tenía:

…una mujer taína, una hija mestiza, sabe vivir a la usanza indígena, le gusta la yuca, el maíz, el chile, el sabor del tomate y el olor de la magnolia. Sabe hablar taíno, conoce la manera indígena de vivir y pensar, pudo observar -y quizás compartir- los ritos autóctonos… Pero, también, Cortés es un testigo del fracaso del contacto entre los españoles y los indígenas. En una generación, las dos islas, Santo Domingo y Cuba, perderán 90 por ciento de su población. En el choque del encuentro, el modelo de ocupación de los peninsulares, con su séquito de esclavitud y de violencia, se revela inoperante e inhumano[3].

Bien aclimatado estaba al calor y los mosquitos, familiarizado con los huracanes; se había convertido en un hombre del trópico. Todo lo que se diga de él es poco y siempre polémico, es el blanco de odios y admiración sin límites por los hispanófilos. Es un caso raro de un hombre que entra en la historia, ¿mejor o peor que sus contemporáneos? Mejor que algunos, nada que ver con la crueldad de Pedro de Alvarado o de Nuño Beltrán de Guzmán, pero muy por debajo de la calidad humana de Pedro de Gante o de Vasco de Quiroga. Su biografía anterior no es muy brillante.

Era hijo de un hidalgo castellano que había sido militar, nació en Medellín, en 1485, así que le tocó vivir la llamada reconquista de Granada, la expulsión de moros y judíos, la llegada de Colón a América, los triunfos del gran capitán Gonzalo Fernández de Córdoba en Italia. Guerras, triunfos, desolación, su padre decidió mandarlo a Salamanca. Si estuvo o no en la Universidad es un asunto no resuelto, lo que no cabe duda es que allí aprendió algo de latín, dominó el arte de escribir, conoció cómo hacer uso de las leyes y las argucias legaloides de las que viviría en Las Antillas y que tanto le sirvieron en su campaña diplomática y militar en México. En Salamanca vivió dos años, a los 17 regresó a su casa, tras haber adquirido una gran facilidad para la palabra, hablada y escrita.

Como muchos jóvenes de su tiempo, alucinaba con Las Indias. Cuando su pariente el fraile Nicolás de Ovando, en 1502, preparaba su expedición, decidió embarcarse con él; parece que perdió el viaje por el golpe que se dio al caer del balcón de una dama casada y por la paliza que le propinó el celoso marido. Frustrado su anhelo de pasar al Nuevo Mundo, se dedicó un año a andar del tingo al tango, por Italia y España, pero su sueño se iba convirtiendo en obsesión. En las tabernas y en las plazas el mito de Las Indias se aderezaba con exageraciones y embustes; cierto era que algunos habían logrado riquezas, pero de allí al paraíso terrenal, la fuente de la eterna juventud, las cascadas de perlas y piedras preciosas o las montañas de oro, había una distancia considerable. Lo único real era que los esclavos indios permitían al hidalgo europeo vivir con holgura y libre de todo trabajo.

Dos años después, en 1504, fecha que coincide con la muerte de la reina Isabel, Cortés a los 19 años se embarca en el navío de un tal Quintero. ¿Quién era ese señor? López de Gómara nos lo presenta como un auténtico pillo, no muy buen marinero, por lo que el viaje fue difícil.

Tras desembarcar en La Española, fue el joven Cortés en busca del nefasto gobernador fray Nicolás de Ovando. No estaba en Santo Domingo, así que para su suerte, su secretario particular lo puso al tanto de las cosas de la Isla. ¿Dónde está el oro?, preguntaba el jovenzuelo. El secretario sonreía: -“Amiguito: ante todo debe saber salirse a una ‘conquista’, luego hay que avecindarse, pedir solar y labrar casa”. Cuando volvió el gobernador, “fue Cortés a besarle las manos y a darle cuenta de su venida y de las cosas de Extremadura”[4].

Su única hazaña militar fue colaborar en la matanza dirigida por Ovando y Diego Velázquez contra Anacaona. Como premio “le dio Ovando algunos indios en tierras del Daiguao y la escribanía del ayuntamiento de Azúa… donde vivió Cortés cinco o seis años y se dedicó a granjerías”[5]; la agricultura y ganadería le dejarían algunos ingresos. Sin embargo sus entradas principales las obtenía de su labor como escribano, y su astucia para satisfacer a los clientes, que algo le había dejado su paso por Salamanca. En 1509 la suerte parece sonreírle, decidió ir como colonizador en el viaje de Alonso de Ojeda, pero un absceso le impidió marchar. ¡De la que se libró!, pues en esa expedición sólo salieron vivos de sus enfrentamientos con los indígenas Ojeda y un acompañante.

En 1511 tuvo otra oportunidad: Don Diego Colón le encargó la conquista de Cuba a Diego de Velázquez, a quien nombró gobernador en su representación. Cortés se unió a los trescientos hombres que participan en la invasión, no como guerrero, sino como auxiliar de contador[6]. “En la repartición que hizo Diego Velázquez después de conquistada la isla, dio a Cortés los indios de Manicarao… Crió vacas, ovejas y yeguas; y así fue el primero que en ella tuvo hato y cabaña. Sacó gran cantidad de oro con sus indios y muy pronto llegó a ser rico… Tuvo gracia y autoridad con Diego Velázquez para despachar negocios y entender en edificios”[7].

En 1512, cuando se fundó la Ciudad de Baracoa, Cortés seguía como escribano y granjero. Su encomienda entonces era mayor, la agricultura y la ganadería le dejaban buenos rendimientos. Inició el cultivo de la vid, siguió criando ovejas, yeguas y vacas, tenía alguna explotación minera, le iba bien como comerciante y como escribano. Nada mal, pero no suficiente para su ambición. Sus roces con Diego de Velázquez lo pintan como un hombre bastante astuto. Se daba vida de príncipe, gastaba en lujos, grandes banquetes y en departir con los colonos. Estaba al tanto de todo lo que acontecía en Las Antillas, de los resultados de los viajes de exploración, su sueño se alimentaba con los relatos de los sobrevivientes de las expediciones. Para reconciliarse con Velázquez se casó con Catalina Suárez Maracaida (también llamada Catalina Juárez) medio cuñada de Velázquez. Cortés fue elevado al rango de Alcalde. Veamos una descripción de su personalidad:

La personalidad de Cortés es compleja y contradictoria. Por un lado, el individuo que ama la violencia y gusta de emociones fuertes, pero que, como contrapartida, habla en voz baja y da órdenes en tono reposado, siendo excepcional que, en algún momento, llegue a perder la compostura. A diferencia de cualquier soldado, nunca blasfema ni profiere palabras altisonantes. Un bienhablado. Tenía vena de poeta y versificaba con facilidad. Poseía un fino sentido del humor y resultaba un conversador ameno, pero esa exquisita sensibilidad no era óbice para que, llegado el caso, con la mayor frialdad cometiera crueldades espeluznantes. Era un hombre de gran cultura y había pasado muchas horas ejercitándose con las armas. Sus batallas las libró con la espada y con la pluma. Y como cualquier banquero del Renacimiento, muy emprendedor en materia de negocios y obras públicas. De esa vertiente de constructor daría posteriormente sobradas pruebas durante sus actuaciones en México. Cortés tenía aires de príncipe, solía vestir con elegancia sobria. Se hizo dar tratamiento de señoría. Era un elegante natural, que como un príncipe sin Estados, partía en busca de tierras donde reinar. Sobresalía como gran jugador, tanto de naipes como de dados. En lo concerniente a la bebida era sumamente parco. Podría hablarse de una extraordinaria capacidad para sufrir el dolor, el hambre, la sed, el cansancio y la falta de sueño. Por las noches rondaba por el campamento para comprobar que ningún centinela se hubiese dormido. En reiteradas ocasiones será él quien, mediante una acción individual, decida la batalla. En los momentos que preceden al combate, lo planea todo cuidadosamente, y cuando el dispositivo está a punto, deja el puesto de mando, para incorporarse como un soldado más de primera fila. A lo largo de toda la conquista no se da una sola ocasión en que se haya conformado con presenciar la pelea desde su puesto de mando. Entraba en acción siempre en el punto donde se combatía con mayor intensidad. El nivel de negocios que movía era el de minero, ganadero, agricultor, mercader y naviero. Había dado sobradas muestras de talento empresarial y era respetado y sabía mandar. Emanaba autoridad[8].

En contraste, la ambición del flemático Diego de Velázquez de alcanzar nombre y gloria sin moverse de Cuba y sin invertir demasiado, se vislumbraba en su deseo de armar una tercera expedición al poniente, entre todos los posibles candidatos estaba Cortés que cada día se acercaba más al gobernador y que podía co-financiar la empresa.

El 23 de octubre de 1518, ante Alonso de Escalante, firmó Diego Velázquez la escritura en la cual daba ciertas instrucciones a Cortés: debía buscar a Grijalva que no había regresado, explorar las tierras del poniente, tomar posesión de ellas, obtener la mayor cantidad de oro que pudiera, imponer la fe católica y rescatar a unos cautivos cristianos de los que habían hablado Juliancillo y Melchorejo, “por todas las vías e maneras e mañas (debía procurar), la vuelta de seis cristianos, acaso de los de Nicuesa, que Melchorejo y Julianillo tenían por cierto que estaban en la Isla de Yucatán”. Le ordenaron también escribir las memorias de todo lo que viere en la costa, puertos y aguadas, requerir a los indios para que se sometieran al yugo del rey. Al fin leguleyos, la posesión de las tierras debía hacerse con toda solemnidad, ante escribanos y testigos.

Cortés, que todo lo hacía en grande, decidió hipotecar sus tierra, pedir préstamos y organizar una flota que, a diferencia de las otras dos, estuviera armada para enfrentar imprevistos. Los pregones empezaron en Cuba incitando a la conquista de Tierra Firme. Los vecinos respondieron. Casi todos eran de la pequeña nobleza, que vivían en la medianía y estaban resentidos con Velázquez por el reducido tamaño de sus mercedes y encomiendas. Casi ninguno había participado en combates importantes, pero no había un sólo delincuente. Muchos años habían pasado en las Islas, pacificadas desde Ovando.

En todos los poblados de la isla los colonos que soñaban con la riqueza y la gloria vendieron sus haciendas para comprar armas y, los que pudieron, caballos, los cuales eran muy escasos y caros; prepararon tocinos y pan de cazabe, como si fueran a una boda acondicionaron ropas acolchadas para resistir las flechas, limpiaron sus viejas espadas y sus arrumbados mosquetones. La excitación se vivía al máximo.

De Santiago se alistaron 350. En Trinidad se le unieron los cinco hermanos Alvarado, entre ellos Pedro de triste memoria, y muchos colonos más. De las poblaciones vecinas acudieron más conquistadores cuya frustración habían cambiado por un nuevo sueño, dejando sus vidas rutinarias, de porquerizos que vigilaban sus piaras, sus plantaciones de azúcar y sus encomiendas, y se jugaron todo. Sus fantasías indianas renacieron, todos aportaban algo a la expedición, especialmente sus viejos mosquetes. La popularidad de Cortés iba en aumento. Cuando Velázquez intentó detenerlo, era demasiado tarde. Los encargados de apresar al Capitán General le facilitaron la salida.

El 10 de febrero de 1519, once naves desplegaron sus velas rumbo a Cozumel. Según José Luis Martínez, dejó el último puerto de Cuba el 18 de febrero: “Cortes tiene bajo su mando 508 soldados, sin contar pilotos, maestros y marineros, 16 caballos, once navíos, treinta y dos ballesteros, trece escopeteros, diez cañones de bronce y cuatro falconetes”[9]. Además “doscientos isleños de Cuba para carga y servicio, algunos negros y algunas indias”[10]. Llevaba con él a Melchorejo, su primer intérprete para tierra firme. Había convencido a 508 hombres de armas, a todos los conocía bien por sus escribanías, casi todos letrados, llevaba además tres notarios y dos sacerdotes, la expedición estaba completa.

La gran diferencia entre su expedición y las de Francisco Hernández de Córdoba o Juan de Grijalva fue que Cortés había despertado el ya dormido espíritu de conquista entre los hidalgos que vivían en la medianía, los sueños que los habían llevado a las Indias años atrás revivieron y se habían armado para la guerra, con tiros o cañones, caballos y armas, espadas, escudos mosquetes que lo confirman, además reclutó a experimentados marinos, entre ellos Antón de Alaminos como piloto mayor.

El 21 de febrero llegó a la isla de Cozumel, su templo dedicado a la diosa de la fertilidad era un punto de peregrinación. Según cuenta Cortés, encontró el lugar despoblado, pues los indios habían huido por temor, así que les mandó, a través de Melchorejo, mensajes de paz. Al no obtener respuesta, comisionó a dos de sus capitanes, cada uno con 100 soldados, para que fueran a los extremos de la isla y hablaran con los caciques, los atrajeran con regalos y promesas, les dieran garantías de sus vidas y haciendas. Al paso de los días lograron dialogar con el cacique principal y, según cuenta, los indios volvieron a sus pueblos y reconocieron a sus nuevos señores.

Cozumel le sirvió a Cortés de campo de experimentación en tierras mexicanas para sus futuras conquistas. Conjugó la intimidación con la diplomacia, la presión político-militar con el regalo de “espejitos”, y aprovechó la cosmogonía, los temores y la buena disposición de los mayas. Obtuvo un mayor conocimiento de las nuevas tierras, y se despertó aún más su apetito de gloria y riquezas[11].

Pero también se confirmó su idea y la de sus acompañantes, no se trataba de exterminar a los indios, el genocidio de Las Antillas habría perjudicado a todos. Al contrario, se trataba de sumar las tierras y sus hombres al imperio español, como vasallos del rey, evangelizarlos. Así, muchos pueblos indígenas se aliaron a los españoles[12]. Dejar amigos atrás fue la idea que se confirmó en Cozumel.

Se confirmó que había españoles cautivos en Yucatán, la misión que Cortés envió para rescatarlos no los encontró. Y como la suerte seguía favoreciéndolo, escribiría más tarde al rey:

…embarcada ya toda la gente, que no faltaba de embarcarse salvo 20 personas que estaban en tierra, y haciéndoles tiempo muy bueno y conforme al propósito de salir del puerto, se levantó a deshora un viento contrario con unos aguaceros muy contrarios para salir, en tanta manera que los pilotos dijeron que no se embarcase, porque el tiempo era muy contrario para salir del puerto.

Y visto esto, se mandó desembarcar toda la otra gente de la armada, y otro día a mediodía vieron una canoa a la vela hacia dicha isla; llegada donde estábamos, se vio como venía en ella uno de los españoles cautivos, que se llamó Jerónimo de Aguilar, el cual nos contó la manera de cómo se perdió y el tiempo que hacía que estaba en aquel cautiverio, que es como arriba a vuestras altezas reales hemos hecho relación, y túvose entre nosotros aquella contrariedad de tiempo que sucedió de improviso, como es verdad, por muy gran misterio y milagro de Dios, por donde se cree que ninguna cosa se comienza, que en servicio de su majestad sea, que pueda suceder sino en bien[13].

Fue entonces cuando empezó la apología de Cortés, escrita por él mismo, sus Cartas de Relación son una combinación de verdades a medias y de novelas de caballería. Cortés se presenta como un Amadis de Gaula o un nuevo Aquiles. ¿Fue la batalla de Centla como la narra? Nuevas fuentes lo ponen en duda, es muy probable que se haya dado una pequeña escaramuza que bajo su pluma obtuvo dimensiones mayúsculas. Tanto el maestro Rubial como otros historiadores cuestionan la superioridad de las armas de Cortés: “10 pequeños cañones de bronce, uno por barco, cuatro falconetes ligeros que disparaban balas de 500 gramos y 13 arcabuces con mecha exterior que no funcionaban bajo la lluvia. A este armamento se agregaron 30 ballestas”.

Lo más probable es que Cortés llegara como un comerciante y embajador, ambas distinciones muy apreciadas y respetadas entre los pueblos mayas, totonacos o nahuas. Que viniera como un negociador.

Tuvo muchas ventajas, la mayor fue que irrumpió en un espacio-tiempo de guerras y odios, pudo hacer grandes alianzas, contó con enormes ejércitos de indios conquistadores.

Xicomecóatl, el cacique gordo de Cempoala, primer aliado de Hernán Cortés… o quizá, quien metió a Cortés en la dinámica de la guerra mesoamericana. Xicoténcatl el viejo, el senador de la República de Tlaxcala a quien su propio hijo habría confrontado por su entreguismo… o quizá el catalizador de la conversión de Tlaxacala en una república que se autogobernó hasta 1821, semillero de sedicentes conquistadores del septentrión. Y Acolhua Ixtlilxóchitl, el traidor que convertido en señor de Texcoco que en una fuente que le es proclive, el Códice Ramírez, queda probado que no fueron [los tlaxcaltecas] los que ganaron a México sino don Fernando Ixtlilxuchitl con 200 mil vasallos suyos[14].

Con la caída de Tenochtitlán y los aliados del centro de México, se tiene una primera victoria; vencer a los pueblos indios no fue fácil, después de esas guerras de conquista, huastecos, zapotecas, caxcanes, chichimecas, mayas, apaches presentaron una resistencia que duró más de 300 años, que está viva en los acuerdos de San Andrés y en el México profundo que más del 80 por ciento de la población llevamos dentro.

La guerra de castas en Yucatán, la guerra contra los apaches, la persecución de los yaquis, se llevaron a cabo en el México independiente. ¡Pero estamos en el siglo XXI y el clasismo y el racismo son actuales, parecen más fuertes que nunca!


[1]  Benítez Fernando. La ruta de Hernán Cortés” Fondo de Cultura Económica, México, 2016, p44.

[2] Las peripecias de Hernández de Córdoba y de Grijalva están muy bien narradas en el libro de Benítez, en el capítulo III, “El descubrimiento de México”, disfruten leyéndolo.

[3] Christian Duverger: “Cortés sale de Cuba”. https://heraldodemexico.com.mx/opinion/christian-duverger-cortes-sale-de-cuba/

[4] López de Gómara, Historia General de las Indias, Volumen II, Editorial Iberia, Barcelona, 1954, p.6.

[5] Ídem.

[6] Pereyra Carlos, Hernán Cortés, Editorial Porrúa, México. La obra escrita en 1906 está muy bien documentada, con las escasas fuentes que existían en la época. Su título original es Hernán Cortés y la Epopeya del Anáhuac.

[7] López de Gomara.

[8] Miralles Juan. Hernán Cortés, inventor de México, Tusquets, Mexico-Barcelona 2001.

[9] Benítez, p.93.

[10] López de Gómara, p. 17.

[11] Villareal Ramos Enrique, “Hernán Cortés, a 500 años de Cozumel”, Excelsior, 15 de febrero 2019. https://www.excelsior.com.mx/opinion/enrique-villarreal-ramos/hernan-cortes-a-500-anos-de-cozumel/1296617

[12] Hernán Cortés no fue villano ni héroe, sólo era un hombre de su tiempo” https://www.jornada.com.mx/2019/04/14/cultura/a02n1cul, Periódico La Jornada, 14 de abril de 2019, p. 2. “Su idea de conquista no era el exterminio, sino el intercambio de ideas, explica el historiador José Manuel Chávez Gómez”.

[13] Cortés Hernán, primera carta de relación.

[14] 

Salmerón Pedro, “Descentralizar ¿la conquista?”. https://www.jornada.com.mx/2019/05/28/opinion/014a2pol


* Esta es una colaboración del Colectivo Miguel Hidalgo de Celaya, Guanajuato, al que pertenece la autora.

Ilustración de portada: Grabado de Theodor de Bray en la Brevísima relación de la destrucción de las Indias, de Fray Bartolomé de las Casas (1598).






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