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Se ha perdido el pueblo mexica

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SOMOSMASS99

 

Redacción / SomosMass99

Ciudad de México / Viernes 13 de agosto de 2021

 



Hoy, 13 de agosto, se cumplen 500 años de la caída de México-Tenochtitlan a manos de aquellos conquistadores europeos que se asombraron con la revelación de la gran ciudad. Recordamos este hecho con dos textos contenidos en la Visión de los Vencidos, de Miguel León-Portilla. Testimonios de los que perdieron su nación y la vida de los suyos. Como decía el historiador, su voz llega hasta hoy, es de resuelta afirmación: «No piden favor o limosna. Los pueblos originarios exigen ser escuchados y tomados en cuenta. Conocen sus derechos y por ellos luchan. La palabra, con la dulzura del náhuatl y de otras muchas lenguas de México, comienzan a resonar con fuerza. En un mundo amenazado por una globalización rampante, es ella prenuncio de esperanza».



Se ha perdido el pueblo mexica

El llanto se extiende, las lágrimas gotean allí en Tlatelolco.

Por agua se fueron ya los mexicanos;

semejan mujeres; la huida es general.

¿A dónde vamos?, ¡oh, amigos! Luego ¿fue verdad?

Ya abandonan la ciudad de México:

el humo se está levantando; la niebla se está extendiendo…

Con llanto se saludan el Huiznahuácatl Motelhuihtzin,

el Tlailotlácatl Tlacotzin,

el Tlacatecuhtli Oquihtzin.

Llorad, amigos míos,

tened entendido que con estos hechos

hemos perdido la nación mexicana.

¡El agua se ha acedado, se acedó la comida!

Esto es lo que ha hecho el Dador de Vida en Tlatelolco.

Sin recato son llevados Motelhuihtzin y Tlacotzin.

Con cantos se animaban unos a otros en Acachinanco,

ah, cuando fueron puestos a prueba allá en Coyoacan.[1]



Los últimos días del sitio de Tenochtitlan

Y todo esto pasó con nosotros.

Nosotros lo vimos,

nosotros lo admiramos.

Con esta lamentosa y triste suerte

nos vimos angustiados.

 

En los caminos yacen dardos rotos,

los cabellos están esparcidos.

Destechadas están las casas,

enrojecidos tienen sus muros.

 

Gusanos pululan por calles y plazas,

y en las paredes están salpicados los sesos.

Rojas están las aguas, están como teñidas,

y cuando las bebimos,

es como si bebiéramos agua de salitre.

 

Golpeábamos, en tanto, los muros de adobe,

y eran nuestra herencia una red de agujeros.

Con los escudos fue su resguardo, pero

ni con escudos puede ser sostenida su soledad.

 

Hemos comido palos de colorín,

hemos masticado grama salitrosa,

piedras de adobe, lagartijas,

ratones, tierra en polvo, gusanos…

 

Comimos la carne apenas

sobre el fuego estaba puesta.

Cuando estaba cocida la carne,

de allí la arrebataban,

en el fuego mismo, la comían.

 

Se nos puso precio.

Precio del joven, del sacerdote,

del niño y de la doncella.

 

Basta: de un pobre era el precio

sólo dos puñados de maíz,

sólo diez tortas de mosco;

sólo era nuestro precio

veinte tortas de grama salitrosa.

 

Oro, jades, mantas ricas,

plumajes de quetzal,

todo eso que es precioso,

en nada fue estimado…[2]


Notas:

[1] Cantares mexicanos | Biblioteca Nacional de México.

[2] Ms. Anónimo de Tlatelolco (1528). | Biblioteca Nacional de París.

Imágenes de portada e interiores: Serie La suerte de los vencidos. | Fuente: Archivo de Indias / UNAM.






Luis López




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