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¿Será que mil españoles derrotaron a millones de indígenas?

Diálogo País / Top News / 11/12/2019

SOMOSMASS99

 

Esther Sanginés García*

Miércoles 11 de diciembre de 2019

 

A partir de la formación de las clases sociales, sobre todo tras el surgimiento de la propiedad privada, en las subsiguientes etapas del desarrollo de la humanidad, la necesidad de preservar y reproducir el dominio de un grupo social sobre los demás convirtió en condición ineludible imponer a los dominados la visión del mundo y la realidad de quienes dominan, su forma de pensar.

– Alfonso Díaz Rey.

 

¿Alguien puede creer en serio que mil españoles derrotaron a ocho millones de indígenas? Esa es la versión de Hernán Cortés, Bernal Díaz del Castillo y también de los tenochcas que registra Miguel León Portilla en la Visión de los vencidos, pero hay otras voces, que demuestran con pruebas, que se trata de una gran mentira.

Tras la noche de la huida[1] los otomíes de Teocalhueyacan, tributarios de los mexicas se apresuraron a encontrarse con Cortés, ofrecerle ayuda y refugio en su altepetl, a cambio de su alianza para vencer a sus vecinos enemigos, así se urdió la masacre de Calacoayan, auxiliados por los tributarios de Tenochtitlan, decididos a apoyar a los invasores hasta vencer a los mexicas o morir, las huestes de Cortés se repusieron, custodiadas por indios aliados se dirigieron a Tlaxcala, a planear el sitio que llevaría a la derrota azteca.

Tenochtitlan fue derrotada por alrededor de 40 mil tlaxcaltecas más los contingentes de Cempoaltecas, Chalcas, Xochimilcas[2]; guerreros de 16 etnias pelearon contra los mexicas; hasta Ixtlilxochitl de Acolhuacan el Tlatoani de Texcoco, altepetl que después de haber pertenecido a la triple alianza, aumentó el contingente de los indios aliados, fue allí donde se armaron los bergantines construidos en Tlaxcala. La extracción del tributo había generado un odio implacable.

¿Por qué creemos que un puñadito de españoles vencieron a los pueblos originarios? pues, porque  “Nuestra visión sobre esa época se basaba –y aún se basa– en la información obtenida de la tradición historiográfica europea; sin embargo, las fuentes emergentes nos aclaran que también existe una tradición historiográfica indígena, aunque ésta se halle grabada y preservada en formatos del sistema colonial”. Y resulta que la versión que se expresa en la tradición nativa  “es diametralmente opuesta a la española”[3]. Hubo 13 bergantines, y 20 mil canoas indias.

El análisis que hace Federico Navarrete del lienzo de Tlaxcala nos indica que la mayoría de los soldados indios en la tropa no eran subordinados de los españoles. “Eran los encargados de realizar las primeras cargas en las batallas, de construir las fortificaciones, tomar prisioneros y cubrir las retiradas”[4].  Los indios conquistadores fueron el cerebro de la conquista y también los iniciadores de este nuevo mundo indo-español que se creó en México.

Para recuperar la historia, tendremos que ir derribando, con la investigación de archivo, y la lectura cuidadosa de los textos, cada una de las mentiras sobre la llamada conquista española, esa irrupción violentísima, de rapiña, como se acostumbraba en Europa en los Siglos XV y XVI. Aunque los hechos que dieron origen a la Nueva España  no fueron como nos los contaron, no podemos negar el genocidio cometido por los europeos en América y en África, ese continente donde cazaron como animales y trajeron a estas tierras para venderlos como esclavos a muchos seres humanos, origen de nuestra tercera raíz.

Los españoles soñaban en ser señores de Mesoamérica, pero sus posibilidades de éxito habrían sido muy pocas si la población local no hubiera cooperado; al menos durante los primeros años de la Conquista. Veinte años después contaban ya con medios de coacción coloniales que se fueron desarrollando en relativamente poco tiempo[5], conforme se descubrían las minas de oro y plata. Pero nunca pudieron gobernar todo el territorio de lo que actualmente es la República Mexicana. En los pueblos donde no se habían desarrollado las clases sociales ni los sistemas de explotación, la defensa del territorio fue extraordinaria por el valor y la audacia de los nunca conquistados.

Sí, es cierto,  Tenochtitlán cayó después de un sitio combativo y brutal ante el que los mexicas presentaron una defensa de epopeya, sus habitantes que habían sido acusados de caníbales, padecieron una hambruna terrible y mortal. No, no se alimentaban de cadáveres, pues los muertos en batalla habrían bastado para alimentar a la población durante meses; cuando los alimentos se acabaron, comieron palos de colorín, grana salitrosa, ya que hasta las lagartijas y los ratones se habían terminado, pero no se devoraron entre ellos, la pregunta que procede es ¿qué sucedió después?

El valiente y siempre digno Cuauhtémoc, una vez derrotado, aunque prisionero, siguió siendo Tlatoani de Tlaltelolco, pero, aceptó la religión católica y fue parte de los indios conquistadores. En la expansión al sur, cuando Pedro de Alvarado se dirigió a Guatemala, tan sólo Cuauhtémoc e Ixtlixochitl reunieron cada uno 10 mil guerreros para  enviarlos con Alvarado a combatir a los mayas. Y cuando la soberbia de Cortés lo llevó a emprender el absurdo viaje hacia las Hibueras, lo acompañaron Cuauhtémoc que seguía siendo Señor de Tlaltelolco, los señores de Texcoco, Tlacopan, Azcapotzalco, el gobernador y capitán general mexica, algunos de Michoacán, y varios señores más. Los Señores llevaban miles de guerreros y una multitud de hombres y mujeres para su servicio y el de los conquistadores, “tan sólo el Señor acolhua Ixtlixochitl llevaba 20 mil de sus guerreros más valerosos”[6].

Entre noviembre de 1521 y enero de 1522,  bajo las órdenes de un hijo del gran Tlatoani Moctezuma Xocoyotzin, Pedro Moctezuma, ya bautizado, que gobernaba la ciudad, los vencidos mexicas (últimos indios enemigos a los que Cortés perdonó),  retiraron los cadáveres, repararon los acueductos y las calzadas al tiempo que Cortés entregaba solares, privilegios y otras mercedes a los europeos y a los nobles de México, estos nobles, junto con Pedro Moctezuma, organizaron el trabajo de 400 mil nativos para la construcción de la ciudad, con una traza española, en forma de tablero de ajedrez, los canales principales les sirvieron de apoyo para calles y manzanas.  Esa parte sería habitada por europeos, y nobles señores mexicas, los alrededores y Tlaltelolco por maceguales[7].

La noticia de la caída de Tenochtitlan conmovió hasta las entrañas a la región mesoamericana tributaria de los aztecas o que vivía con ellos en permanente estado de guerra. Algunos acudieron o enviaron a sus embajadores cargados con regalos, para afianzar la amistad y jurar vasallaje a un emperador que no conocían[8]. Otros se mantuvieron a la expectativa, y tomaron la decisión de defender su libertad recién adquirida, así, además de los indios aliados, hubo los indios amigos y los enemigos. Ya los españoles habían dado una muestra de su capacidad para la crueldad en Cholula y en la matanza del Templo Mayor.

Cortés que había vivido quince años en las Antillas y dos en México -desde 1519 hasta 1521, año de la caída de Tenochtitlan-, sabía que necesitaba consolidar sus alianzas para poder administrar y saquear un territorio tan grande, la victoria que se había logrado gracias a los indígenas, no podía afianzarse sin la ayuda de los Tlahtoque (grandes señores), que en los estados tributarios tenían sometidos a campesinos y artesanos, así que  envió a los pochtecas (grupo privilegiado que realizaba las funciones de comerciantes, embajadores y espías)  como mensajeros para que llevaran sus propuestas de amistad, sus promesas de ayuda y buenos tratos a quienes aceptaran jurar vasallaje al rey Carlos,  también se serviría de ellos para obtener información acerca de los territorios en los que penetraban.

Los pochteca,  al igual que sus señores, siguieron los usos y costumbres de Mesoamérica; como vencidos se asimilaron a los vencedores, les entregaron su poder, sin está forma de ser y hacer, la conquista y después la colonia sería inexplicable; pues en un principio Cortés sólo tenía bajo su mando una ruta de Veracruz a México y tres ciudades españolas, la Villa Rica de la Santa Veracruz, Segura de la Frontera (Tepeaca, Puebla) y Coyoacán, todas, perfectamente custodiadas por unos cuantos españoles y por los guerreros indios aliados. Tampoco contaba con ejércitos españoles, pues en ese tiempo, las comunidades castellanas se habían sublevado contra el rey Carlos I de España y V de Alemania, por el aumento de impuestos y los soldados estaban ocupados matando comuneros castellanos.

En cuanto se supo más o menos seguro, la crueldad de Cortés y sus huestes con aquéllos que presentaban resistencia y a los que vencían, no tuvo límites, los esclavizaban  marcándolos con hierros candentes y los sometían a trabajos forzados. En contraste, otorgaban grandes beneficios, incluso mayores a los que tenían antes de la irrupción española, a sus aliados.

Después de esclavizar a los guerreros que se le oponían, una de las primeras medidas de Cortés fue “colocar soberanos manejables a la cabeza de los  señoríos vencidos. Muchos señores habían muerto por la guerra o la viruela, había que ratificar a los nuevos señores”[9]. La segunda, era adueñarse de los tributos que los mexicas solían recibir, las listas y mapas se las había mostrado el mismísimo Moctezuma. Bernal Díaz relata que en los libros de la renta de Moctezuma miraban de donde le traían tributos en oro, la localización de las minas, cacao y ropa de mantas. De Oaxaca venía el oro, hacía allá dirigieron sus ambiciones, y hacia el norte, el sueño del dorado, la fuente de la eterna juventud y la ruta a la isla de las especias se afianzaban.

Cortés ordenó que se reunieran en Coyoacán todos los principales de la comarca de México y todos los demás que buenamente pudiesen, para comunicarles que ya no tributarían a nadie más que al emperador de España y en su nombre a sus representantes “y se repartió la tierra en los españoles y cada uno se concertaba con el cacique, señor y principales del pueblo que le encomendaban qué tanto le había de dar cada ochenta días”[10].

Esto sucedía a la par que las epidemias y las hambrunas, iban mermando la población. Al disminuir el número de habitantes, la carga tributaria  se hacía muy pesada.

La diseminación de la viruela en México se inició el 30 de mayo de 1520 en Cempoala, cerca de Veracruz, al día siguiente de haber hecho prisionero Cortés a Pánfilo de Narváez. Durante la noche del asalto al campamento de éste, Gonzalo de Sandoval, uno de los capitanes de Cortés, dio con el aposento de los porteadores negros de Narváez, donde uno de ellos tenía viruela. De él se contagiaron los indígenas de Cempoala que luego con el trasiego de la guerra contaminaron a los tlaxcaltecas y al resto de los mexicanos […] Donde la viruela ocasionó mayor número de víctimas […]  fue en Tenochtitlán, hoy ciudad de México, cuando por el asedio de los españoles quedó convertida en un área epidemiológicamente confinada. La entrada a Tenochtitlan de un indio con viruela en septiembre de 1520, poco antes de que se cerrara el cerco, hizo que prendiera la enfermedad entre los sitiados, muriendo muchos jefes principales, entre ellos el rey Cuitlahuatzin a quien sucedió Cuauhtémoc[11].

Mientras las epidemias iban acabando con poblaciones enteras, entre ellas la de Cempoala, los indios conquistadores  avanzaban en la conquista, en la llamada Nueva España se fue estructurando una nobleza indígena con enormes privilegios, con grandes propiedades y encomiendas. Los señores de Las Indias se convirtieron en encomenderos, con pueblos sujetos a ellos.

Los españoles que participaron “en el proceso de exploración, descubrimiento, conquista y colonización de las Américas tenían la obligación de entregar a los oficiales reales reportes que iban dirigidos al rey”. Esos reportes se llamaban probanza de mérito. Su entrega significaba la posibilidad de conseguir compensaciones como títulos oficiales, privilegios y otros beneficios,

Al principio, las probanzas provenían de soldados españoles que pedían se les otorgaran pensiones, encomiendas y oficios en la administración colonial, pero al cabo de un tiempo los conquistadores negros comenzaron a exigir las mismas compensaciones que incluían la exención de tributo y el derecho a un lote de casa dentro de la traza de una ciudad colonial. 

Así mismo, la élite indígena y comunidades enteras (representadas por el cabildo), también entregaron sus peticiones, cuyo estilo era un híbrido entre una probanza española y una petición mesoamericana […] durante la segunda mitad del siglo XVI, varios grupos indígenas mandaron cartas reclamando derechos y privilegios basados en su participación en la Conquista. Como una manera de ofrecer mayores argumentos, en cada petición se hacía referencia al número de personas que habían estado involucradas en las expediciones militares (Restall, 1998; Wood, 2003; Sousa y Terraciano, 2003)[12].

Los invasores europeos dependieron totalmente de las redes indígenas de abastecimiento y apoyo, de la ayuda de los guerreros nativos, de los tamemes (cargadores),  cocineras, guías, espías e intérpretes locales, tan útiles como los guerreros indios. ¿Qué habrían hecho los europeos sin las provisiones de alimentos? Algo dice Bernal Díaz del hambre, pues no era fácil encontrar comida en un territorio ajeno, con una geografía difícil.

Los guías no sólo indicaban los caminos, también los limpiaban y le abrían paso a las expediciones. Así fue sobre todo en las incursiones hacia el sur, la de Cortés a las Hibueras; las de Pedro de Alvarado y Francisco de Montejo a Yucatán y Guatemala, pues las huestes  eran muy numerosas, cientos de europeos y africanos, millares de indios guerreros y auxiliares. El trabajo era arriesgado, “los mesoamericanos aliados que eran capturados por los nativos eran ejecutados o sacrificados ritualmente, como los conquistadores indígenas dejan claro en sus testimonios (AGI-J 291,1: 39v, 76r, 82v, 106v y muchos más)”[13].

¿Y cómo se entendían? Además de Jerónimo de Aguilar y de Doña Marina, hubo españoles que aprendieron náhuatl, como el padre Tecto, franciscano flamenco que acompañó a Cortés en su viaje a las Hibueras. Posteriormente, las élites indígenas que estudiaron en Texcoco o en Santa Cruz de Tlaltelolco, que eran bilingües y biculturales, fungieron como  intérpretes y como intermediarios culturales; lo mismo sucedió entre los mayas “–como es el caso de Gaspar Antonio Chi–. No obstante, en el periodo intermedio ‘para individuos obligados al servicio, los requerimientos para la sobrevivencia eran flexibilidad, juventud, un intelecto agudo y mucha buena suerte’ (Karttunen, 2000:215)”[14].

Después de 1521, los ejércitos de indios amigos seguían superando decenas de miles, a pesar  de las epidemias y de la cantidad de muertos durante la guerra contra los mexicas. Era normal que los europeos emprendieran sus expediciones hacia cualquier parte de Mesoamérica acompañados de miles de nahuas del centro de México u otros guerreros indígenas, después hacía el norte y también hacía el sur, hay testimonios de mexicas y mayas que auxiliaron a Pizarro en la conquista del Perú. Al igual que los invasores españoles, los conquistadores mesoamericanos, en sus probanzas de mérito, se refieren a los sufrimientos de la guerra y las bajas de esas expediciones con datos que confirman que las victorias se obtuvieron a su costa.

En casi todos los Altepetl donde había tlahtoques y una profunda división de clases sociales, la clase dominante buscó la alianza, los “reyes” o “príncipes” como les dieron en llamar los europeos, pactaron. La dominación española aprovechó la experiencia y los conocimientos de la nobleza indígena y, para tenerlos como incondicionales, les reconoció un estatus superior al de los macehuales. Así otorgó una serie de privilegios a los privilegiados de antes de la invasión:

Concedió a los indígenas tierras y encomiendas [esto último es un misterio legal, pues las encomiendas eran para cristianizar y debían entregarse a cristianos viejos…] les atribuyó rentas, les otorgó la excepción en el pago de tributos,  en algunos casos les asignó tributarios; [… los confirmo] como caciques y gobernadores en sus localidades. Pudieron, asimismo, vestirse como españoles, portar armas y montar a caballo -privilegios nunca concedidos a los hombres del pueblo–; algunos de ellos recibieron del rey escudos de armas, […], acceso a centros educativos donde aprendieron lo esencial de la cultura europea. 

La posesión de la tierra cambió, hubo tierras para el rey Carlos y sus descendientes, para los conquistadores, para la iglesia con cada una de sus órdenes religiosas y clero secular, para los nobles indígenas y para las comunidades de indios. Las tierras menos afectadas fueron las pertenecientes a las comunidades (Calpullis o sus equivalentes), las tierras que habían pertenecido a los jueces, o al templo, las que se destinaban para sostener las guerras o las emergencias, se distribuyeron entre los españoles. Los indios nobles que no eran los Señores o caciques, que ocuparon cargos administrativos de alcaldes o regidores, participaban del tributo como pago de sus servicios en la burocracia colonial como funcionarios menores y disfrutaron de los servicios personales de los indios, los cuales fueron sometidos por caciques y principales a una explotación mayor a la anterior a la llegada de los españoles “en 1565, Antonio Cortés, cacique [indio] de Tacuba, pidió la autorización para hacer trabajar en sus tierras a los indígenas de esa localidad. Se le autorizó a hacerlo, pero los indígenas que ocupara debían recibir un salario […]”[15].  La institución del mayorazgo:

[…] que designaba al hijo mayor de la familia como el único heredero de los títulos de nobleza y las tierras que pertenecían a su padre, fue implantado en la Nueva España no solamente entre los miembros del grupo español, sino también entre los indígenas. […] al dejar fuera de la sucesión a la gran mayoría de los miembros de la familia, provocaba, casi inmediatamente, bien la dependencia económica de los hermanos y sus familias respecto del hermano mayor, con el empobrecimiento que implicaba para este último tal carga, […] en otros casos, la miseria de aquellos que no habían tenido el derecho de heredar algo de la fortuna paterna[16].

Así, algunos hijos y nietos de conquistadores fueron empobreciéndose de tal manera que en tres generaciones su situación era similar a la de mestizos y castas que se iban formando. Como contraparte la nobleza indígena ostentaba su poder:  “Era común que los indios caciques se hicieran pintar en un retrato. En algunos, se aprovechaba la ocasión para hacer manifiesta su participación en la conquista de México, lo que redundaba en el reconocimiento de sus derechos por parte de la corona española”. La revista arqueología nos presenta el retrato del indio cacique de Querétaro, don Nicolás de San Luis Montañés, con vestidos europeos y “sólo ellos tenían derecho por privilegio real, pero además usaban otras prendas que evocaban el pasado prehispánico en el que también sólo las clases dirigentes podían usar determinados atuendos”[17].

Y la desigualdad fue creando abismos insalvables “La Nueva España se organizó en dos repúblicas, cada una con sus derechos y privilegios. La clase dirigente del mundo prehispánico se equiparó jurídicamente a la nobleza castellana. No obstante, se crearon instituciones americanas como el cacicazgo… se impuso la tradición del mayorazgo”[18]. La estructura de clases y castas que hicieron decir a Humboldt que la Nueva España era la sociedad más desigual que había conocido se había echado a andar.


[1] Como propone llamar Jaime Montel, en lugar de la noche triste a la derrota de los españoles. Montel Jaime, México: El inicio (1521-1534). México, Joaquín Mortiz, 2005.

[2] “En un documento de Xochimilco se afirma que 12 mil xochimilcas participaron en el sitio de Tenochtitlan y que dos mil 500 acompañaron a Pedro de Alvarado a Guatemala y Honduras”,  “la contribución de Cempoala a los aliados podría estimarse en un impresionante ejército de ocho mil hombres, que más tarde, cuando se estableció la Nueva Alianza, se empequeñecería al lado de la contribución de soldados de Tlaxcala” Oudijk, Michel y Mathew Restall, La conquista indígena de Mesoamérica. El caso de Gonzalo Mazatzin Moctezuma. Coedición Secretaría de Cultura del Estado de Puebla, Universidad de las Américas Puebla, Instituto Nacional de Antropología e Historia, Puebla, 2008, p. 21.

[3] Oudijk, Michel y Mathew, Restall, op. cit., p. 47

[4] Navarrete Federico, ¿Quién conquistó México? Nuevas respuestas a una vieja pregunta, Conferencia impartida por Federico Navarrete el 3 de abril en el marco del ciclo de conferencias El Historiador frente a la Historia 2019. 1519: el encuentro de dos mundos. Homenaje a Miguel León-Portilla. https://www.youtube.com/watch?v=zFy7VOV8SdM.

[5] Oudijk y Restall, op. cit. p. 31

[6] Todos estos datos podemos encontrarlos, en las Fuentes hispánicas, y también en las fuentes indígenas.

[7] Ver además de Mathew Restall a Jaime Montel.

[8] Montel, op.cit. p.11

[9] Montel, op.cit. p

[10] Ibidem. pp. 11-13

[11] Guerra Francisco, Origen de las epidemias en la conquista de América, Quinto centenario, núm. 14. Edil. Univ. Complutense. Madrid, 1988, pp. 48-49.  file:///C:/Users/Pedro/Downloads/1737-Texto%20del%20art%C3%ADculo-1824-1-10-20110526.PDF

[12] Oudijk y Restall, op.cit. p.21

[13] Idem.

[14] Oudijk y Restall, op.cit, p29.

[15] Romero Galván, José Rubén,  La nobleza indígena en la época colonial. Privilegios económicos, Históricas digital,  Instituto de Investigaciones históricas, UNAM, México, 2003, disponible en Disponible en: http://www.historicas.unam.mx/publicaciones/publicadigital/libros/419/privilegios_perdidos.html

[16] Idem.

[17] Menegus Boremann Margarita, La transformación de los derechos y privilegios de la nobleza indígena en la época colonial en Arqueología Mexicana, Editorial Raíces, disponible en: https://arqueologiamexicana.mx/mexico-antiguo/la-transformacion-de-los-derechos-y-privilegios-de-la-nobleza-indigena-en-la-epoca.

[18] Idem.


* Esta es una colaboración del Colectivo Miguel Hidalgo de Celaya, Guanajuato, al que pertenece la autora.

Imagen de portada: Encuentro de Moctezuma II y Hernán Cortés. Fray Diego Durán, Historia de las Indias de Nueva España e islas de Tierra Firme, t.I, cap. LXXIII. | Foto: Arqueología Mexicana.






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