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José Antonio Bueno Saucillo*
Miércoles 4 de octubre de 2017

Heberto Castillo en uno de los mitines del movimiento estudiantil de 1968 en la explanada de CU de la UNAM. | Foto: Fundación Heberto Castillo.
Hace algunos días, tuve oportunidad de ver y escuchar en YouTube a los historiadores Paco Ignacio Taibo II y Pedro Salmerón Sanginés en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México haciendo la presentación de un libro; en la sesión de preguntas, alguien le preguntó a Pedro Salmerón cuál era la base de su proyecto como persona y como historiador, Pedro contestó: “Encontrar la historia de la gente, porque cuando la gente asume su vida y se mete a la Historia, puede cambiarla, puede tomar el destino en sus manos” y “Tratar de decir la verdad siempre.”
La verdad siempre… La verdad siempre… algo así había escuchado… o leído…
En 1984 leí un libro que en ese tiempo me impactó: “Si te agarran, te van a matar”, fue escrito por el Ing. Estructurista Heberto Castillo Martínez, Maestro en la Universidad Nacional Autónoma de México, el Instituto Politécnico Nacional y Presidente del Partido Mexicano de los Trabajadores (PMT), yo militaba en ese Partido.
En quince relatos sobre sus motivaciones políticas, travesías de lucha y aspiraciones de vida, Heberto me dejaba bien claro un rumbo…, un rumbo que no hemos logrado construir los mexicanos hasta la fecha, pero que muchos estamos empeñados en hacerlo.
Esos quince relatos estaban enlazados precisamente por la verdad, desde: “Mejor la verdad” hasta “¿Quiere café?”, pasando por “Tierra o papel”, “La captura”, “Si te agarran, te van a matar” y otros más…
Leerlo, resultó ser un deleite comprometedor. Desde la presentación, Heberto nos deja claro que su compromiso con la vida y con su Patria era buscar la verdad colectiva en beneficio del pueblo, de los trabajadores, para transformar la realidad a su favor y que el ejercicio de gobierno también fuera de propiedad social.
Además alertaba: “cada silencio de los protagonistas de los hechos trascendentales de hoy, es una oportunidad para que los mentirosos del mañana escriban una historia falsa”
En ese sentido, no es que Heberto Castillo haya sido adivino, sino que estaba siendo objetivo, basado en lo que había vivido y los propósitos que se había planteado (tenía entonces 55 años de edad).
A partir de su primer relato: “mejor la verdad”, nos plantea la validez incuestionable de la verdad, cuando asume su responsabilidad en una falla técnica que sufren unos tensores en el basamento de un techo cascarón monumental que estaba construyendo para el Centro Asturiano en la Ciudad de México; el techo se cae.
Después de que todos los implicados en el proyecto se desmarcan, él asume que es responsable y los Asturianos capitalistas que le habían contratado, lejos de penalizarlo, le felicitan por su valor civil… La verdad.
En 1962 recorre el país con el General Lázaro Cárdenas del Río y constatan juntos que, tristemente, el decreto de tierras (1938) que había extendido en favor de los campesinos de muchas regiones del país, había quedado sólo en el papel (15 millones de hectáreas), Cárdenas lloró… Verdad.
Participa en varios movimientos reivindicativos: el movimiento médico, el magisterial, el ferrocarrilero; en 1968 apoya el movimiento estudiantil que ya daba tintes de un gran movimiento social; el 15 de septiembre de ese año da “el grito de independencia” en la UNAM ante una multitud imbuida en ánimo de rebeldía; Gustavo Díaz Ordaz nunca se lo perdonaría, pues el discurso de Heberto esa noche había estado repleto de verdades incuestionables en contra del régimen priista y muy descriptivo en el rumbo que debía tomar el pueblo para conquistar sus derechos. A partir de ahí se inicia una persecución perruna, el objeto…, desaparecerlo. Es apresado y recluido en Lecumberri, en la crujía M, la de los presos políticos, acusado de:
Incitación a la rebelión, sedición, asociación delictuosa, daños a las vías generales de comunicación, daños en propiedad ajena, robo, acopio de armas, lesiones a agentes de la autoridad y homicidio (todo falso).
Días después, el 2 de octubre, en la Plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco, el Ejército mexicano por órdenes de Gustavo Díaz Ordaz masacra a una muchedumbre principalmente de estudiantes que realizaban una manifestación pacífica en contra del régimen. Van tras él… huye, huye…; varios días se mimetiza en los techos, entre tinacos y montones de escombros…a la deriva; el General Cárdenas lo localiza y advierte: “si te agarran te van a matar, tienes que salir del país…”. Claro…no se va…
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Es de notar que sus actividades políticas durante los primeros años de los sesenta no habían configurado delito, hasta 1968… es decir, en ese entonces, como hasta la fecha, el delito existe hasta que lo decide el gobierno y viceversa.
Cuando sale de la cárcel en 1971 inicia un recorrido nacional como integrante del Comité Nacional de Auscultación y Coordinación, que había fundado junto con personajes prominentes de la intelectualidad y el activismo político: Luis Villoro, Octavio Paz, Carlos Fuentes, Demetrio Vallejo, César del Ángel, Luis Tomás Cabeza de Vaca y otros; su objetivo era observar las condiciones de miseria y la intencionalidad de organización de los sectores marginales y de trabajadores, poner las bases organizativas mediante Comités de Base para construir a partir de allí el Partido Mexicano de los Trabajadores en 1974.
En 1971 se muestra interesado en conocer “la verdad” exculpatoria de Alfonso Martínez Domínguez, aparente (según él mismo) culpable de la matanza del Jueves de Corpus (10 de junio de 1971): la confesión que le hace Alfonso Martínez Domínguez es la acusación directa a Luis Echeverría Álvarez sobre los sucesos del Jueves de Corpus: “Él dio las órdenes directamente a los halcones y luego me ordenó (a costa de mi vida) que me hiciera responsable; así mataba dos pájaros de un tiro: les daba un escarmiento a ustedes y se deshacía de mí, políticamente”.
Haber escuchado a Martínez Domínguez le costó a Heberto muchas críticas, soportó un fuego cruzado de “propios y extraños”…en la búsqueda de la verdad.
Un relato significativamente tierno y pletórico de humanidad, es el que vive Heberto en San Cristóbal de las Casas, Chiapas, en donde encuentra una encarnación viva del pueblo de México, una niña indígena harapienta, apretando cariñosamente entre sus brazos un pequeño bulto envuelto en su rebozo: un pedazo de ladrillo. Tal como el pueblo alberga sus esperanzas.
Con un alto costo, siempre dispuesto a pagar… esgrimiendo la verdad … se declara culpable de criticar al gobierno, de poner todo su esfuerzo de vida por desenmascarar a los ladrones que corrompen la práctica de la política, de intentar dotar al pueblo de un instrumento de liberación. Valiente… una valentía necesaria… sin duda… aún ahora.
Curiosamente también Pedro Salmerón y Paco Taibo II van contra los falsificadores de la historia…
* Esta es una colaboración del Colectivo Miguel Hidalgo de Celaya, Guanajuato, al que pertenece el autor.
Imagen de Portada: Heberto Castillo al estampar su firma para el nacimiento del PRD. Es 1989. | Foto: Eloy Valtierra / Cuartoscuro.
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