SOMOSMASS99
Jatzibe Castro*
Jueves 4 de febrero de 2021
Un día de 1976 habría una fiesta en la casa de las cuatas, unas de las más importantes amigas de la infancia-adolescencia de Regina. Aquel día, cuando se preparaban para la gran noche, Regina estaba en el baño cuando vio un anillo junto a la llave del lavabo. Era de plata, más o menos de medio centímetro de ancho y dos milímetros de espesor, con huecos en forma de corazón en toda la circunferencia. Después de lavarse las manos se lo probó, le quedaba perfecto en el dedo medio de la mano derecha. Se enamoró de la joya, cuando salió del baño, sintiéndola suya, se encontró con Paty, una de las cuatas, y le preguntó: ¿de quién es este anillo?; es mío, me lo dio una tía que vino de España. ¡Regálamelo Paty! ¡No, ¡como crees!, me lo regalaron; pero estaba abandonado en el baño; se me olvidó; no sabes cómo me encantó, está precioso y me queda perfecto; pues a mí me aprieta un poco; ya vez, ándale, regálamelo, di que sí, me vas a hacer muy feliz, ¡no sabes cómo me gustó! Paty lo pensó un rato y al ver a Regina tan encantada con la joya, dijo: está bien, te lo regalo.
Regina quedó sorprendida con la decisión. Pensaba que, siendo tan especial, ella no hubiera querido deshacerse de aquella prenda, sin embargo, a su amiga, no le costó demasiado decidirse. Pensó: no sé si mi amiga es realmente desprendida, si me quiere mucho y como me vio tan encantada, o si es que le insistí tanto y ella andaba tan ocupada con lo de la fiesta, que no supo lo que hizo. El caso es que el anillo de corazones era suyo.
La fiesta fue un gran éxito, especialmente para Regina, quien disfrutó especialmente porque Bruno, el chavo que siempre le había gustado, se decidió por fin a acercársele. Bailaron toda la noche, con un encanto nuevo para Regina, con filosofía, química y hasta física cuántica.
Al día siguiente, después del ajetreo de la fiesta, Paty le dijo a Regina que mejor no le regalaba el anillo. ¡Oh no! ¿Cómo era posible que así tan fácil hubiera cambiado de parecer? ¡Ay no! Recuerda que el que da y quita con el diablo se desquita, amiga, no me lo quites. Ahí quedó la cosa, Paty honró su palabra.
Después del encantamiento, la relación con Bruno empezó a fluir, se veían un día sí y al otro también, y aunque tenían muchas actividades diferentes buscaban coincidir. Ella tomaba clases de ballet y él jugaba americano. Ella en la preparatoria, él ya en la carrera. Ella adolescente, él adulto joven y alocado. Sus familias eran convergentes en principios y rigurosidad, ellos fueron adaptando su vida en pareja y así como para ella fue cómodo traer el anillo, que no se quitaba ni para bañarse ni al dormir, sus vidas transcurrían como si se conocieran desde siempre. A Regina le era sencillo sentirlos en su vida, así como los huecos de los corazones dejaban ver su piel, Bruno era parte de su ser, tenerlos le daba una sensación de convergencia y pertenencia de ida y vuelta, que tenía que ver con mucho más que un simple ornamento y un amor fortuito.
Un día Regina y Bruno paseaban en el Paseo de la Reforma, la calle más bonita de la Ciudad de México, cerca del cine Diana. Estaban sentados en una de las bancas que se encuentran en el camellón que está entre la calle principal y la lateral. Platicaban despreocupados cuando se les acercaron unos chiquillos que no tenían ni 16 años , cada uno con una navaja en su mano: les dijeron que era un asalto. No eran agresivos, tal vez por eso Regina y Bruno no se asustaron, los vieron como niños jugando a los malos. Los ladronzuelos les pidieron sus pertenencias: a ella su reloj y se los dio, a él lo que trajera de valor monetario en su cartera y se los dio. Pero cuando se atrevieron a pedirle a ella su anillo de corazones, eso sí dolió. Sin más, les pidió que no se lo quitaran, dijo que era un objeto muy valioso para ella y, para su grata sorpresa, no insistieron.
Regina usó el anillo día y noche durante varios años hasta que se fue haciendo más delgado. La relación con Bruno perduró, aunque se fue haciendo tenue, la variedad, incremento y divergencia de sus actividades los fueron alejando, y aun sintiendo que la química, la física y la filosofía no variaban, sabían que algo sucedía.
Un mal día se dio cuenta que a su mano derecha le faltaba el anillo. Lo buscó por todos lados, removió todos los muebles de su recámara, vació los cajones e incluso el closet, revisó entre zapatos, libros y demás pertenencias, en sus bolsas, debajo de la alfombra, en cada rincón donde creía podría habérsele salido al estar manipulando algo, un día de esos en que se adelgazan las manos porque hace frío. Nada. El anillo de corazones había desaparecido. Por esos días Bruno le dio la noticia de que se iría al extranjero, tenía inquietudes y había decidido hacer un posgrado. La noticia caló hondo en Regina, sin embargo, como había intuido que algo no marchaba del todo bien, no tuvo más que aceptar la realidad y seguir adelante, no sin sentir profundo la pérdida del anillo y la partida de Bruno.
En 1981, fue por primera vez a Europa. Tocaba pasear en Toledo, España, en donde parte del itinerario de aquel día era a ir a conocer la Catedral. Javier, el guía, les contaba de lo maravillosa que era esa iglesia y les repetía que solo podrían entrar si la vestimenta era la apropiada. Regina y Norma, compañeras de viaje, a más de la tercera parte del recorrido, estaban un poco hartas de entrar a tanta casa de Dios. No era que no les gustara conocer esas construcciones majestuosas llenas de historia, arte y misticismo, pero a esas alturas les parecía excesivo. Hacía mucho calor e ir a la iglesia significaba que tendrían que vestirse con más recato. No estuvieron dispuestas. Le comentaron a Javier que caminarían por las calles de la ciudad mientras ellos entraban a la Catedral, y así lo hicieron.
Paseando por las calles de Toledo y viendo escaparates, se encontraron con un local tétrico, con la cantera de las paredes exteriores oscura de cochambre. Tenía dos vitrinas, una a cada lado de la puerta, mismas que solamente estaban iluminadas por la luz del exterior. Apenas se podían apreciar los objetos que estaban exhibidos sobre telas café triste. Era una joyería y ahí, entre joyeles, Regina descubrió un anillo de corazones idéntico al suyo. No lo podía creer ¡era exactamente igual!
Sintió que todo lo que había pasado desde aquel día en que se dio cuenta que había perdido su preciado anillo, hasta ese momento en que se encontró frente a ese local, a miles de kilómetros de su casa, había sucedido con el fin de que encontrara esa alhaja que, estaba segura, era un objeto especial en su vida.
Trataron de entrar a la joyería, pero estaba cerrada. ¡Noooo, no podía ser! Fue susto de un rato corto, ya que se dieron cuenta que había una campana que, supusieron, debían tocar para que las atendieran. Así lo hicieron y al poco rato vieron aparecer a la mujer que les abrió, tan tétrica como el local, vestía ropa vieja, de color oscuro y desteñido, como de guardar un luto largo y doloroso, estaba pálida y demacrada. No se veía demasiado vieja, más bien, no parecía haber pasado de los cuarenta años, sin embargo, aparecía como si el tiempo y la tristeza le hubieran penetrado la piel y el alma, o que hubiera salido del más allá, presentándose ante ellas por sortilegio y destino. El lugar era tan lúgubre por dentro como por fuera. Tendría, por lo mucho, tres metros a lo ancho y tres de fondo. La estantería interior, que separaba a la dependienta de los clientes era de madera oscura, con el barniz reseco y las joyas descuidadamente botadas sobre paños oscuros.
La dependienta, después de darles paso, dijo entre dientes que era hora de descanso, pero estaba la campana por si a alguien quería entrar. Cuando preguntó qué se les ofrecía, Regina comentó que quería ver el anillo de corazones: ¡Ah, ese anillo!, tiene mucho tiempo con nosotros, esperen un minuto, voy por la llave para abrir la vitrina. Se volvió dándoles la espalda y se metió haciendo un lado la cortina negra que permitía el paso al cuarto del fondo. Casi de inmediato salió con la llave y abrió la vitrina para sacar la pieza que puso en seguida en la palma de la mano de Regina. Al ver su cara llena de contento, se dibujó en la suya una mueca de extrañeza y gusto, a pesar de la amargura que proyectaba su figura.
El anillo embonaba, con la misma exactitud que el otro, en el dedo de en medio de la mano derecha de Regina, quien preguntó por el precio y se alegró al conocerlo: costaba cien pesetas, y como en ese entonces daban cuatro pesetas por un peso, estaba al alcance de sus posibilidades, aunque, si hubiera costado más, seguramente no habría dudado en adquirirlo. Se enteraron que el joyero creador y vendedor había hecho dos, uno se había vendido hacía años a una clienta española que viajaría a México, el otro era el que esperaba a Regina.
La vendedora comentó que lo daba a ese precio porque realmente pensaba que ya nunca se vendería. Era tanta la felicidad de Regina que le contó la historia de su otro anillo y cómo, después de usarlo mucho tiempo, se le había perdido: ¡ah! Pues, mire que coincidencia, usted lo encontró y yo lo vendí. Aunque la dependienta hizo la plática como respuesta al entusiasmo de Regina, no lo mostró, simplemente atendía el negocio, se ganaba unas pesetas y seguramente volvería a descansar y a vivir una vida que, por su apariencia y la del local, se antojaba triste, solitaria y falta de sentido.
Ya afuera Regina y Norma confirmaron que realmente el lugar estaba de susto. Fue entonces que reaccionaron y sintieron miedo. Al voltear por última vez y ver la joyería tan desolada, como si estuviera en medio de un pueblo fantasma, se alejaron más pronto que tarde. Era como si se hubiera abierto un portal en el tiempo que le permitiera entrar a otra dimensión para encontrar lo que andaba buscando sin buscar, pensó Regina.
Cuando Regina regresó a México muy feliz con su anillo, se quedó pasmada al ver a Bruno en la sala de espera del aeropuerto, con un ramo de tulipanes de colores en las manos.
* Jatzibe Castro es pintora y escritora.
Instagram: Jatzibe_Castro
Foto de portada proporcionada por Jatzibe Castro.
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