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Jatzibe Castro*
Miércoles 6 de noviembre de 2024
Sucedió… al fin
Fue poco a poco como se fue reduciendo el consumo irracional. Empezaron los blúmeres y al observarlos, inteligentes, sus hijos los siguieron. La generación de los millennials (Y) y los centennials (Z) tardaron algo más, sin embargo, dejaron de consumir algunos productos, como la televisión abierta y las pantallas que la transmitían. En cambio, se enajenaban por medio de internet, aunque también se informaban y creaban comunidades insurrectas que construían el cambio.
Las clases medias que sintieron la reducción de sus ingresos, se vieron en la necesidad de modificar sus patrones de gasto. Las clases aún menos favorecidas empezaron a buscar opciones para adquirir los bienes más necesarios asistiendo a, o creando mercados aún más accesibles. Las clases altas y las de la cima del poder económico, empezaron a priorizar su desembolso, aunque no dejaban de ser los principales consumidores de los productos más caros y exclusivos.
Como consecuencia, las grandes cadenas de supermercados y las tiendas departamentales eran cada vez menos visitadas y aunque ofrecieran periodos de ofertas largos y cada vez más seguido, las ventas disminuían año con año. Ante esta situación y con la intención de no perder los privilegios de las utilidades, los empresarios bajaban la calidad de sus productos y en menor medida sus precios, sin percatarse de que los intereses y las inteligencias colectivas tenían otros medios para atender sus necesidades, a la vez que asumían que muchos de los productos que antes adquirían sin cuestionarse el precio, no eran realmente necesarios.
Las multitudes juveniles hicieron cuentas respecto a la asistencia a eventos que resultaban onerosos, ya que, aunque eran espacios de desfogue y evasión, las ganancias exorbitantes de empresarios y artistas, que resultaban cada vez más obvias e inaceptables, empezaron a ser motivo de la búsqueda de nuevas maneras de acceder a los contenidos que interesaban. La industria del cine, fue uno de los activos culturales que enfureció a sus asiduos seguidores, ya que era más caro consumir los alimentos acostumbrados, que comprar el boleto para disfrutar un rato de buen cine, o regular, o malo, pero al fin, el principal objeto del deseo de goce o distracción.
Las mujeres pudientes o medianamente pudientes, que antaño fueron las principales consumidoras de moda, cosméticos, accesorios y demás superficialidades, fueron aprendiendo a ser más selectivas, a reducir sus gastos sin variar la versatilidad de sus estilos. Se dieron cuenta que el buen gusto, la elegancia o su apariencia no necesariamente está relacionada con el monto de la inversión.
Las poblaciones que por lo general no contaban con recursos para adquirir mercancías superfluas, aún cuando también eran bombardeadas por la publicidad que dirigía su potencial hacia diferentes audiencias, no variaron en mucho su consumo, por lo regular el hostigamiento comercial solía crear expectativas imposibles de alcanzar y más bien generaba más traumas y hasta violencias de diferentes tipos, que la genuina posibilidad de acceder a lo inasequible.
En todo este asunto mucho tuvo que ver aquel suceso que paralizó al mundo durante más de un año. La pandemia de 2020 detuvo procesos de producción, disminuyó ventas de artículos superfluos, hizo que las familia priorizaran, hizo que las empresas se avivaran y renovaran e hizo surgir o empoderar opciones que aprovecharon los avances tecnológicos e incluso los potenciaran, para hacer llegar hasta cualquier rincón, millones de productos, más o menos necesarios a precios más bajos. Las compras en línea y por catálogo que, durante la pandemia fueron el medio de adquisición posible, llegaron para quedarse. Los diferentes comercios aprendieron a invertir en tecnología para vender también en línea con costos menores.
Los medios de comunicación y las redes sociales que inundaban de comerciales los espacios, abusaron tanto que fueron fastidiando a los consumidores, en principio a los más conscientes y poco a poco el hartazgo se fue extendiendo y cada vez fueron más los que buscaban la manera de reducir el ruido que los promocionales hacían en su cotidiano. La gente se daba cuenta de que los programas de televisión o por aplicaciones asincrónicas, que habían dejado de anunciar y tenían contentos a los consumidores, empezaron a meterlos de nuevo. Era la manera de seguir generando necesidad de compra. Ante eso, las audiencias se enfurecían, ya que, aunque habían pagado, entre otras cosas, para evitar los funestos comerciales, los volvían a sufrir en los momentos más emocionantes de las series, películas o programas de análisis u opinión que solían disfrutar. Unos bajaban el volumen, como habían hecho antes con el agresión mercantil en la televisión comercial, otros además, cerraban los ojos mientras se promocionaba la venta de todo tipo de productos. Algunos más hacían que las bocinas inteligentes en las que escuchaban música, información y análisis, se silenciaran mientras sucedían los comerciales. Otros, volvían a pagar para evitar los anuncios, aunque les pareciera injusto y abusivo.
El caso fue que el comercio de miles de productos fue perdiendo fuerza y con ello generando que los empresarios, al darse cuenta de que una de las razones de la reducción de sus utilidades era la concienciación de la gente, fueron modificando sus expectativas de ganancia y aprendiendo a producir mercancías adecuadas al cambio de mentalidad de la población. Aunque hubiera parecido imposible, se fue generando consciencia también entre los sectores industriales, sobre la importancia de no ser tan avasalladores. La riqueza monetaria que había sido su principal objetivo, se fue transformando al adquirir conciencia sobre las diferencias tan abismales que hacían daño a la salud socioeconómica de las sociedades.
Los adultos mayores, cada vez más mayores, que conservaban condiciones saludables gracias al cambio de hábitos que fueron adoptando, no podían creer que sucedía lo que muchas veces imaginaron y desearon. Las brechas socioeconómicas que antaño se iban agrandando, ahora se reducían, a la vez que el incremento en los índices de contaminación que había hecho tanto daño al clima mundial, cambiaba su tendencia favorablemente. Por fin la consciencia humana en torno a la importancia de cuidar nuestro hábitat para preservar las condiciones más adecuadas para la vida en armonía, había logrado la transformación anhelada.
Iniciaba el año 2070 cuando por fin la humanidad se regocijaba de los cambios que hicieron posible revertir los pronósticos catastróficos que la amenazaban a principios de siglo.
* Jatzibe Castro es pintora y escritora.
Twitter: JatzibeCM
Instagram: Jatzibe_Castro
Imagen: Gerd Altmann / Pixabay. | Intervención por Jatzibe Castro.

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