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Sucesos que partieron el tiempo social de México

Diálogo País / Top News / 02/10/2019

SOMOSMASS99

 

José Antonio Bueno Saucillo*

Miércoles 2 de octubre de 2019

 

En octubre de 1968 la memoria histórica de México giró en ciento ochenta grados, al impulso de la digna manifestación de rebeldía de la juventud mexicana. Con el paralelismo de movimientos juveniles en otros países.

Después de cincuenta y un años, grandes cantidades de documentos se han escrito, muchos esfuerzos de investigación, interpretación y divulgación han quedado como registro de esos acontecimientos que finalmente han sido los que marcaron a esa generación y su herencia a las subsiguientes.

Estudiantes de la UNAM durante una manifestación en Ciudad Universitaria (1968). | Foto: Watch and Think.

Definitivamente no es sólo echar mano de la memoria y de los documentos escritos al respecto, tampoco de resucitar social y eventualmente a los luchadores vivos de ese tiempo, ya viejos, los que gritaron «ú-ne-te  pue-blo», «ho-ci-cón, ho-ci-cón», y prestarles ahora, después de cincuenta y un años, una silla de algún auditorio, sala de conferencias o una modesta mesa de algún colectivo social para regodearse en sus relatos y ellos acudan a sus recuerdos para pensar que sirvieron para algo, y que sus esfuerzos no fueron del todo en vano, ahora que sufren más que nadie el embate del neoliberalismo y el estado de putrefacción de la política de izquierda y derecha, ya que ellos son capaces de distinguir claramente los contrastes político/económicos de hace medio siglo y el presente.

No basta ni bastará con el recuerdo íntimo o grandilocuente acompañado de un coctel limosna, de lo que sucedió, mientras no se tenga el sustento digno de un presente en donde la militancia de «izquierda» sea congruente con la lucha de sus antecesores.

Lo más cercano de un recuento trágico son aproximadamente cuatrocientos muertos y centenares de desaparecidos; lo emblemático es la ruptura de la inercia social de conformismo forzado implementado por el Estado priista para con el pueblo mediante la mala aplicación de las leyes y la represión del ejército; las voces agitadas de los jóvenes estudiantes hablaron, gritaron por el pueblo, por los héroes caídos, se recordó con desesperación el cruel asesinato de Rubén Jaramillo, estaba fresca la muerte del Che, se trasladaron acá a los místicos socialistas orientales, el libro rojo de Mao fue removido de los estantes, la lucha heroica de los vietnamitas nos prestó a su Ho, en la construcción de símbolos de lucha se cubrieron las bardas con demandas; seis fundamentales.

Dice Elena Poniatowska que algo se perdió irremediablemente en 1968, pero algo se ganó.

Parte de las cabezas de lucha reivindicativa en México habían sido asesinadas, otras estaban en la cárcel, otras andaban por la sierra, y su cuerpo se encontraba en las calles, en las aulas, en las fábricas, en el campo, en la vida misma… ese cuerpo gritaba y ponía sus líneas, «pintaba su raya» de los asesinos, represores, y se enfrentaba de pecho haciendo suya el arma de la rebeldía popular.

Todos ellos valientes.

Estudiantes y militares en el Zócalo de la Ciudad de México en 1968. | Foto: Watch and Think.

En medio de estos balances, Elena Poniatowska nos hace una descripción como parte de su reflexión del movimiento, preguntándose ¿qué hizo el movimiento estudiantil de 1968?

En primer lugar rompió la imagen oficial de México. Nuestra imagen era lustrosa, azul cielo, prometedora. Antes que nada éramos distintos al resto de América Latina, orgullosamente mexicanos. Todos los países más al sur, miraban hacia nosotros, el portavoz continental.

La Revolución Mexicana era la precursora, la hermana mayor interrumpida de otras revoluciones. A partir de 1939 la gran familia revolucionaria emprendió el despegue; el águila sentada sobre el nopal emprendería el vuelo y dominaría el cielo de todo el continente.

En esta frase denota el inicio de la etapa priista que gobernó al país hasta el año 2000, que llegó el PAN para traicionar al pueblo e incluso a su ideario político fundacional.

Partiendo de esta descripción podemos fincar la imagen internacional de la política.

El sistema de control político era férreo, oculto, mañoso, de traición, muerte, tortura y desapariciones.

Ahí estaban la guerrillas, los aniquilamientos masivos, las desapariciones, los cimientos de lo que sería después la Liga 23 de septiembre, las organizaciones urbanas de varios perfiles de nacionalismo, socialismo, comunismo.

Todos estos brotes de organizaciones clandestinas en altos porcentajes ¿podrían ser fruto de un México de viñetas de buena vida, convivencia y estabilidad económica plena, como lo esparcía la prensa y los medios electrónicos controlados por el gobierno represor a voluntad de las pandillas de ladrones impunes emanados según ellos de la nueva raza de la Revolución Mexicana?

No. Desde luego, rotundamente no.

Más que nada, la conformación de organizaciones clandestinas en el campo, la ciudad y las montañas, las luchas sindicales de los médicos, maestros y ferrocarrileros; era la confirmación de los padecimientos de los mexicanos contradiciendo la imagen y los discursos de los gobernantes mexicanos.

Luego entonces, el movimiento estudiantil era una bofetada retardada que los estudiantes le estaban dando al sistema político mexicano.

Lo que aparentemente comenzó como un pleito entre estudiantes terminó siendo el burdo pretexto de un gobierno asesino y cobarde que no pudo aislar su psicosis de una conspiración comunista, aun cuando costara la muerte de su pueblo.

Cólera y miedo en un coctel de muerte.

Un gobierno candil de la calle no podía darse el lujo de opacar el magno espectáculo de unos Juegos Olímpicos que representaban bonos de prebendas hacia el resto del mundo, principalmente de Estados Unidos que ya tenían rato con las manos metidas hasta los codos vía la Agencia Central de Inteligencia (ahora se sabe que el propio Díaz Ordaz trabajaba para la CIA) como en muchas partes del mundo.

El mundo estaba convulsionado, los jóvenes de Roma, Praga, Varsovia, Montevideo, Buenos Aires, Sao Paulo, Tokio, Berlín, París, Stanford, Harvard, Berkeley, miembros de las más altas instituciones de formación cultural, de las universidades, estaban tomando las calles, la década de los sesenta estaba siendo marcada por las juventudes.

Señala Sergio Aguayo que sólo en la década de los sesenta hubo alrededor de cincuenta revueltas sociales. Los niveles de inconformidad eran enormes, marcados por la brutal represión policíaca:

México era un país rigurosamente controlado. Quienes deseábamos participar en la vida pública teníamos que hacerlo en alguna institución dirigida por el gobierno, sumarnos a los escasos partidos y movimientos independientes o atrincherados en la autonomía de grupos marginales.

El pliego de peticiones era simple pero fundamental, fruto de discusiones interminables en los espacios de la UNAM y el POLI, donde el fondo y las estrategias eran el objetivo y Revueltas una especie de gurú infalible.

Demetrio y Campa estaban en la cárcel… Heberto afuera, correteado entre tinacos y baldíos, y después dando el grito en Ciudad Universitaria; dicen que el «hocicón» nunca se lo perdonó, fue como ofender a Dios.

El primer punto del Pliego era la libertad de los presos políticos.

¿Presos políticos en un país de tarjeta postal? Si las Olimpiadas por su importancia deportiva serían utilizadas para afianzar esa imagen, sirvieron para todo lo contrario.

El DOG sabía que su gobierno y su partido estaban en entredicho y bañó de sangre la Plaza de las Tres Culturas.

México seguiría haciendo su historia, pero de otro modo, con la conciencia de que siempre se puede levantar el caído y tomar veredas mejores; ciertamente, la Plaza de las Tres Culturas se pintó de rojo, pero la mancha de la sangre se esparció por todo el territorio nacional, y lo rebasó.

Las intenciones públicas de los jóvenes sesenteros del mundo lo cambió. Los panoramas a partir de ahí fueron diferentes… ya tenían luz.

A partir de ahí no se podrían hacer los mismos juicios, no eran ya los mismos elementos.

Actualmente no se puede apreciar que a partir de ahí se haya fortalecido la izquierda, incluso si existe una izquierda o sólo sea una denominación hueca, una pose, o peor aún, que se trate de una izquierda autoconstruida con los vicios y estrategias de la derecha.

Distando mucho de un artículo, un ensayo u otra pieza académicamente estructurada, éste es un recordatorio con rasgos generales de lo que sucedió, en lo cual creemos que se ganó y que se perdió.

Estudiantes honran a los héroes de la Masacre de 1968 en la Ciudad de México. | Foto: David Bacon / SomosMass99.

Un reconocimiento a todos los que anónimamente perdieron la vida, a los torturados, a los que se salvaron de la muerte y del cautiverio, a los que han investigado, escrito, hablado, hecho películas, obras de teatro, a los que murieron después sin dejar de luchar y a los nuevos que han hecho de esta memoria su motivación en su trabajo social y forma de vida.

A los formadores de la memoria escrita real, como José Revueltas, Elena Poniatowska, Paco Taibo II, Carlos Monsiváis, Octavio Paz, Heberto Castillo, Eduardo del Río, Humberto Musacchio, Pedro Salmerón Sanginés, José Reveles, Paco Pérez Arce, Fabricio Mejía Madrid… y tantos, tantos, tantos.

¡Dos de Octubre no se olvida!


* Esta es una colaboración del Colectivo Miguel Hidalgo de Celaya, Guanajuato, al que pertenece el autor.

Foto de portada: desInformémonos.






Luis López




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1 Comentario

el 07/10/2019

Felicitación, reconocimiento y demás al colectivo Miguel Hidalgo y Toño



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