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©Gaudencio Rodríguez Juárez*
Jueves 12 de julio de 2018
Un padre joven me preguntó: “Ahora que las mujeres han salido del hogar para dedicarse al trabajo remunerado, ¿qué debemos hacer los hombres? Ellas tienen el instinto maternal, ¿cómo suplir su ausencia?”
Me pareció muy interesante el cuestionamiento, por su contenido, intención, planteamiento y por la preocupación hacia los hijos.
Al respecto, primero vale aclarar que no existe un instinto maternal, por lo menos no como circula en el discurso social, el cual sugiere que es algo totalmente innato, una pauta hereditaria de comportamiento, algo que pertenece a la naturaleza de las mujeres y que las habilita para vincularse y criar adecuadamente a los hijos.
Lo que existe es una predisposición a la vinculación, a la ternura que se activa alrededor del parto y nacimiento, estimulada por la oxitocina, hormona asociada con la capacidad de cuidar y procurar buenos tratos a las crías.
Pero la biología no alcanza por sí sola para que aflore el amor, la ternura, los cuidados y la crianza materna adecuada. Para ello hacen falta otros componentes, por ejemplo, haber vivido una infancia con buen trato y cuidados adecuados, así como contar con las habilidades para la crianza y las condiciones y medios logísticos necesarios para dicho ejercicio.
En las últimas décadas las mujeres han generado cambios significativos en los roles de género, lo cual ha permitido que muchas hayan podido dar el paso del ámbito privado o doméstico al público.
¿Qué debemos hacer los hombres ante estos cambios? Dar el paso consecuente. Es decir, equilibrar nuestra participación entre el espacio público y el privado. Tenemos las habilidades para hacerlo, y si no, podemos adquirirlas con relativa facilidad. ¿Por qué con relativa facilidad? Porque tal vez no tendremos la explosión de oxitocina consecuencia de un acto biológico sino que tendremos que hacer un esfuerzo propositivo para que haga su aparición a través del contacto estimulante y afectuoso con los hijos durante la convivencia y el juego constante y cotidiano, además de que contamos con muchos atributos humanos, por ejemplo, la inteligencia, sensibilidad y la capacidad deseante.
Contamos con suficiente potencialidad para el cuidado y vinculación de los/as hijos/as gracias a que en nuestra piel llevamos la experiencia de haber sido hijos, razón por la cual, en nuestro cuerpo permanece la vivencia del maternaje y paternaje proporcionado por nuestros padres/madres y/o cuidadores/as y esa memoria sensorial se activa cuando decidimos hacerla de papás.
Pero ojo, hacerla de padre no es lo mismo que hacerla de progenitor solamente. Dar la vida (ser progenitor) no significa ser padre. La paternidad es un rol, una actividad constante y concreta, fruto de la voluntad de jugar dicho papel; significa que en la sociedad existen hombres que dieron vida a los/as hijos/as pero que nunca la hicieron de padres, y hay otros que la hicieron de padres sin haber dado vida (como los adoptivos o los tutores).
El acceso de los hombres al ámbito privado para participar de la crianza de los/as hijos/as no ha de ser para suplir a la madre. No es posible. La paternidad es diferente que la maternidad porque el hombre es diferente a la mujer. Por eso un rol no puede suplir al otro.
Hay que entrarle a la crianza por otra razón, porque es algo que nos debemos a nosotros mismos. Significa la recuperación de un espacio del que hace tiempo el sistema de producción expulsó a los hombres y estos accedieron sin chistar, perdiendo con ello, la posibilidad de contactarse con una de las experiencias humanas que cuando se desea, resulta una de las más íntimas, más humanas, más gratificantes, más trascendentes, más enriquecedora, más edificantes: la relación padre-hijo/a.
* Psicólogo / [email protected]
Foto de portada: Pixabay.
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