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Triste Ensenada

Para Ver, Oír y Comer / Top News / 28/05/2018

SOMOSMASS99

 

Víctor Corona*

Lunes 28 de mayo de 2018

 

Todos los años sin la poesía de Huidobro; con la sección deportiva del periódico.

Óscar Ángel Reyes. Furia en abril.

 

¿Puede una ciudad, un pueblo, una vecindad, autonombrarse de alguna forma? Bella cenicienta del pacífico. Es curioso, pero la mayoría de sus pobladores, independientemente de su extracto social, parecen sentir un profundo orgullo sobre la ciudad. Hablan de sus amplias calles, del comportamiento vial, del mar, de la comida, de la tranquilidad, del valle y de la montaña. No parece haber mejor lugar para vivir. Supongo que en algún momento formé parte de ese discurso. Recuerdo mis primeros años de universitario, que me obligaron a dejar Ensenada por la terrible, salvaje y pecaminosa Tijuana. Estar allá era la infelicidad en estado puro. Volver a Ensenada, ya desde la carretera, era un elixir de vida. Una vuelta a la armonía. Claro, el barrio siempre fue el barrio. A mi parecer, triste, pobre y lejano a toda misericordia. Terregoso, olvidado, ruidoso. Un lugar de alegrías basadas en el exceso de alcohol, de sexo, de comida, o de cualquiera de las drogas baratas de moda. Mi barrio nunca fue mi barrio, pero aunque renegué de él hasta el cansancio, me ha seguido a cualquier rincón que terminé por aceptarlo.

Foto: Pixabay.

Me fui de Ensenada y durante muchos años la idea de volver me mantuvo vivo. Alerta. Primero Tijuana, después Guanajuato, Quebec, Donostia y finalmente Barcelona. No sé cómo me las arreglaba, pero cada año podía venir. A veces lo hacía sin traer ni un solo peso pero siempre había la forma de encontrar la diversión. Noches largas de aún más largas carcajadas escuchando las historias de los amigos de siempre. Pero poco a poco Ensenada se volvió en una ciudad a la que venía en búsqueda de una energía que, una vez recuperada, me sentía listo para marchar. Necesitaba volver a casa. Así pues, Ensenada dejó de ser, sin darme cuenta, aquel sitio al que llamaba origen.

Vuelvo después de quince años y la ciudad me parece dura, impenetrable. Todos me decían: ¡al final vuelves a casa! Yo pretendía contagiarme de esa alegría. Lo intento aún pero me cuesta. Es verdad que el mar es inmenso e impresiona. Que el viento pega directo a la cara y te hace sentir, de alguna forma, vigoroso. Algunas tardes me siento a observar el atardecer y pájaros; gaviotas y lobos marinos me recuerdan que formo parte de una naturaleza a veces ignorada. Pero también es cierto que los días se me hacen largos en una ciudad desmembrada, sin un centro social, sin parques, que crece de manera anárquica y que para moverse dentro de ella es inevitable el uso de un coche. Coches que transitan de forma caótica por calles abandonadas, oscuras, que son un auténtico peligro para ciclistas, perros, o simples caminantes. Y me toca readaptarme a muchas cosas, pero muchas. Tantas que hasta mi misma familia me desconoce. Vago, divago por estas calles áridas en busca de un lugar. A veces encuentro consuelo en la lectura, en las fotografías o en algunos viejos amigos. Encuentro consuelo también en el trabajo y en las horas de sueño que le arrebato a mi ansiedad, gracias a la química de los ansiolíticos.

En una de esas tardes en las que no sabía dónde meterme, dónde esconderme, dónde hacer que los días pasen rápido y que me dejen estar de vuelta con los míos, me encontré con un extraño (extraño por poco común) conocido que me dijo, hace unos meses, ser escritor. Siempre que alguien me hace esa afirmación tengo ciertas reticencias. Si las ciudades pueden autonombrarse bellas y cenicientas supongo que las personas también podemos colgarnos los títulos o categorías que queramos, ¿o no? Pero este hombre, al que siempre veía o leyendo o escribiendo, un buen día cumplió con su promesa y me dejó un libro que había escrito. Me dijo, es sobre tu barrio. Entonces pensé, otra vez, por más que me vaya el barrio se viene conmigo. Lo comencé a leer enseguida y apenas ahora lo pude acabar. No por falta de ganas, sino a veces por falta  de concentración.

Vista nocturna del malecón. Foto: Beau Hudspeth / Wikipedia.

No haré una crítica formal del texto. No pretendo hablar de lo bien o de lo mal que está escrito. Sólo quiero decir que estoy contento de haberme encontrado con él, con el texto y con su autor, (si es que los autores pueden llamarse dueños de su texto una vez que lo han escrito). Estoy contento porque en las páginas pude ver una cosa que hasta ahora caigo que es una constante de mis calles y de los seres que la rodean. Más allá de la pobreza, de la miseria y de la violencia, lo que no pueden tapar los kilos y kilos de polvo seco es la profunda tristeza del abandono. Un abandono tan recalcitrante que ahora mismo, después de haber viajado y crecido, me resulta fácil de ver pero que antes me era invisible.

Todavía recuerdo hoy una conversación con mi amigo Bernardo que debió pasar hace 17 años. Yo volvía feliz a Ensenada, después de sufrir cada minuto en Tijuana. Él no compartía mi estado de ánimo. Desde el techo de mi casa, entre cables y cables de luz, veíamos caer el día. Entre todos esos olores y canciones que describe tu libro, estimado Óscar, Bernardo me vio con cierta extrañeza y me dijo: No sé de qué te alegras. Yo lo único que veo en Ensenada es tristeza. Su amargura me hizo hacer muecas y supongo que bajé la mirada al suelo. Ahora que leo tu libro estoy seguro de una cosa. Creo que era el mes de abril y que estábamos en medio de toda su furia.


* Víctor Corona estudió Literatura Hispanoamericana en la Universidad de Guanajuato y el doctorado en la Universitat Autònoma de Barcelona, España. Actualmente es investigador en la Universitat de Lleida.

Foto de portada: Ensenadita.






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