SOMOSMASS99
Alfonso Díaz Rey*
Martes 14 de enero de 2025
«Revolución es sentido del momento histórico; es cambiar todo lo que debe ser cambiado […] es desafiar poderosas fuerzas dominantes dentro y fuera del ámbito social y nacional; es defender valores en los que se cree al precio de cualquier sacrificio […] es luchar por nuestros sueños de justicia para Cuba y para el mundo, que es la base de nuestro patriotismo, nuestro socialismo y nuestro internacionalismo».
– Fidel (1 de mayo de 2000).
Con el primer día del nuevo año el pueblo cubano celebró el 66 aniversario del triunfo de la fase armada de su Revolución y comenzó a transitar el año 67 de su proceso revolucionario.
Han transcurrido 66 años de amenazas, acciones subversivas, y ataques derivados de la obsesión imperialista de Estados Unidos por derrotar a la Revolución y retomar el control sobre la mayor de Las Antillas, como lo tuvieron hasta el 31 de diciembre de 1958.
Han sido, también, 66 años de resistencia y victorias ante el poderoso y brutal imperio del norte, la mayor potencia económica y militar del planeta, y de enormes costos y sacrificios del pueblo cubano por defender la construcción de un proyecto económico, político y social propio.
El triunfo revolucionario en Cuba se dio en plena Guerra Fría, en una época en la que el anticomunismo era la excusa para intervenir de las más variadas formas para desestabilizar y derrocar gobiernos que intentaran salirse del control que Estados Unidos, como potencia hegemónica, y los demás países imperialistas ejercían sobre lo que ellos mismos dieron en llamar el mundo libre.
Además de que constituyó un parteaguas en la vida de muchos pueblos de América Latina, Asia y África subyugados por el neocolonialismo, con la Revolución cubana se rompió el hegemonismo norteamericano en América Latina y el Caribe; se convirtió en ejemplo de lo que los pueblos pueden alcanzar por si mismos y sentó un precedente inaceptable para el imperio, motivo por el cual surgió esa enfermiza obsesión por derrocarla, que aún permanece, y es de esperarse que se agudice con Donald Trump en la presidencia de Estados Unidos.
En todo este tiempo los imperialistas yanquis han tratado de doblegar al pueblo cubano y para ello, desde el triunfo de la Revolución, han desplegado contra Cuba una guerra económica que se estableció como política oficial en febrero de 1962: el bloqueo económico comercial y financiero ─al que eufemísticamente llaman «embargo»─, el que apoyado por la gran maquinaria mediática, las tecnologías de la información y comunicación, la derecha internacional y un ejército de odiadores a sueldo, intentan, como planteaba en 1960 el entonces Vice Secretario de Estado Asistente para los Asuntos Interamericanos, Lester D. Mallory, en un memorándum secreto al Departamento de Estado: «[…] emplear […] todos los medios posibles para debilitar la vida económica de Cuba… una línea de acción que, siendo lo más habilidosa y discreta posible, logre los mayores avances en la privación a Cuba de dinero y suministros, para reducirle sus recursos financieros y los salarios reales, provocar hambre, desesperación y el derrocamiento del Gobierno».
Tal memorándum resume lo que en este tiempo ha sido la política norteamericana hacia la Revolución cubana, política que ha sido reforzada con leyes y acciones que agudizan el bloqueo y sus efectos, así como la utilización de métodos de guerra no convencional, en los que la desinformación tiene un papel relevante.
Muchas de esas leyes y acciones tienen efecto extraterritorial, lo que vulnera la soberanía de otros países, como las leyes Torricelli [1] y Helms Burton [2] ─ambas promulgadas en pleno periodo especial, tras la desaparición de la URSS y el campo socialista de Europa oriental─, o la unilateral e ilegal inclusión de Cuba en la lista de países patrocinadores del terrorismo, la cual obstaculiza operaciones financieras y comerciales con la isla y castiga a quienes las realicen.
Esa agresiva política contra la Revolución cubana se da en abierta violación al derecho internacional, los derechos humanos y a los principios de la Carta de las Naciones Unidas; atenta contra la paz, el desarrollo y la soberanía de los pueblos.
No obstante los enormes daños y las graves dificultades y carencias provocadas por la persistencia de esa genocida y criminal estrategia contra Cuba, la inmensa mayoría de ese pueblo apoya y defiende su Revolución y su proyecto social; resiste y enfrenta al enorme poderío del imperio con armas que este es incapaz de neutralizar: la dignidad, la verdad y su indoblegable voluntad y determinación de ser libre y soberano.
Vayan estas líneas con mi solidaridad para Cuba, su pueblo y su Revolución.
Notas:
[1] La Ley Torricelli, entre otros objetivos, «prohibir a los barcos que entren a puertos cubanos, con propósitos comerciales, tocar puertos de Estados Unidos o en sus posesiones durante los 180 días siguientes a la fecha de haber abandonado el puerto cubano», además de «prohibir el comercio de las subsidiarias de compañías de Estados Unidos establecidas en terceros países con Cuba». (https://www.ecured.cu/Ley_Torricelli).
[2] La Ley Helms Burton, «contempla la internacionalización del bloqueo; la negativa de créditos y ayuda financiera a países y organizaciones que favorezcan o promuevan la cooperación con Cuba, dificultando la inversión extranjera en la isla» (https://www.ecured.cu/Ley_Helms-Burton).
* Miembro del Frente Regional Ciudadano en Defensa de la Soberanía, en Salamanca, Guanajuato.
Imagen de portada: Al centro, Ernesto Che Guevara y Fidel Castro (de espaldas). | Foto: Redes Sociales.
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