SOMOSMASS99
José Antonio Bueno Saucillo*
Miércoles 27 de marzo de 2019
Alguna vez Eduardo Galeano expresó del Che Guevara que éste tenía la costumbre de volver a nacer constantemente, era un Nacedor.
Creo que con Don Miguel Hidalgo pasa lo mismo, los dos son seres imperecederos por su obra de vida, su compromiso con ella, y con sus semejantes.
Desde niño, desde las primeras letras, tuve la idea de que ese señor era el “Padre de la Patria”, por cierto, ni siquiera sabía aún qué es la Patria, y que ésta tenía un padre, ni por qué.
Ante la evocación de “Padre de la Patria” siempre se me figuraba la imagen del anciano calvo, de cabello cano y medio largo, vestido de negro, con un estandarte de la Virgen de Guadalupe en mano.
La Virgen de Guadalupe era una imagen infaltable en toda casa de mi barrio al menos y, a poco, me di cuenta que su presencia era omnipresente en todo el país.
En mi casa familiar había pocos libros pero muy bonitos, la mayoría magníficamente ilustrados con grabados de Gustave Doré y otros ilustradores anónimos buenísimos; recuerdo el Juanito Mexicano, De los Apeninos a los Andes, el Tesoro del saber, y recuerdo varios álbumes de ésos a los que se les pegaban estampitas. Yo me entretenía coleccionándolas mediante el trueque con mis amigos; así me familiaricé con la imagen de Miguel Hidalgo. Luego, lo que contenían los textos de primaria, los de historia en la secundaria, y así… Pero fue hasta hace relativamente poco tiempo que supe más de él, cuando leí y escuché a Paco Taibo II, Pedro Salmerón Sanginés, Luis Fernando Granados y otros.
Comencé a experimentar asombro, un asombro apasionante ante todos esos datos que me roban el interés y que me hacen pensar que durante muchos años había mantenido un registro histórico débil de la conformación de mi Patria y que ahora me he estado desmodorrando, despertando ante la presencia real de ese mexicano, que era una rara mezcla de religioso, rebelde, ilustrado, con un juicio Luterano hacia la institución representante de su fe, y una potente presencia que había sido raquitizada por quienes la fueron construyendo expresamente como un mensaje ideológico a modo.
Si la estructura de la Nación apenas estaba en ciernes, muchos de los hombres y mujeres necesarios para conformarla deberían haber tenido alguna visión de Estado.
A los gobernantes nunca les han convenido los ejemplos que prendan como modelos de conductas revolucionarias. Porque eso era él, un revolucionario de sus circunstancias, un revolucionario ante el conformismo del sojuzgado, del conquistado.
La raquítica imagen que tenía del Padre de la Patria se comenzó a modificar, a magnificar; esa nueva imagen crecía ante mis ojos como un gran globo al que le estuvieran inyectando aire o gas helio.
No es que antes no haya leído respecto a él, pero nunca me pareció muy significativo lo que decían de Hidalgo, y siempre lo mismo; claro, me quedé hasta entonces con la imagen de las estatuas y las figuritas de los álbumes. Hidalgo rompiendo cadenas, Hidalgo con una antorcha, Hidalgo tocando la campana, Hidalgo enseñando alfarería.
Los autores que he referido no repiten lo ya mucho abundado sobre su persona, sino que desmitifican aquella figura que era más el fruto de una imaginería timorata propia para generar una veneración a ultranza, sino que desmenuzan la época, el territorio, sus hombres y sus actos; ante aquello que siempre nos había sido ofrecido en conclusiones, generalidades. Ellos nos ofrecen inteligentemente los motivos, y las reacciones a esos motivos, los actos de las masas populares de laboríos, mulatos e indios que comenzaron a brotar a borbotones en la zona de El Bajío, inicialmente.
Con ello bosquejan y le van dando solidez al ser humano dentro de la sotana, el sabio detrás del estandarte, el luchador que habla siete lenguas, que traduce a Moliere, el que traza inteligentemente la larga ruta de lucha nacional, a partir de una iglesia de Dolores, que libera los presos a su paso y junto con ello evoca la diferencia entre la justicia de los peninsulares y la justicia de los naturales.
Desde luego, la justicia de trescientos años de colonia de España en comparativo con el anhelo centenario de libertad e independencia de los naturales de México y muchas partes de América, de la Latinoamérica que fue a partir de la expansión de los imperios europeos.
Esos y muchísimos datos magníficamente documentados de lo que sucedió en aquellos años en que gobernaba una entidad simbiótica, cruel; la de la espada y la cruz.
Otra de las cuestiones muy importantes que movieron mi concepto de Don Miguel, es la reconstrucción que del ser humano hacen estos historiadores, rompen el molde visual paternalista de la imagen del cura protector y le devuelven la personalidad que ciertamente debió haber tenido…¿de dónde la rebeldía y el valor para iniciar una revolución de parte de un abuelo cobijado bajo la fe religiosa de los santos y las vírgenes, apoyador de Fernando VII de España?
iClaro que no!
Luego entonces, la Revolución de Independencia no debió de ser iniciada por un cura timorato y paternal, sino por un sacerdote rebelde, lector de los revolucionarios franceses, promotor de empresas de asistencia social, de oficios tan variados como bien adquiridos y aplicados en beneficio de sus compatriotas. Del sacerdote que tenía su fe, pero no renegaba de su naturaleza de género maniatada por el celibato, sino al contrario; y del hombre con la visión panorámica de águila, que contemplaba con amplitud el escenario de una nación en forja a pesar de estar bajo el yugo del imperio español.
Sable a la cintura y pistola, además inteligente para concebir que estratégicamente la consecución de la revuelta podría ser soportada inicialmente por la fe hacia una virgen, acudiendo a la maternidad, a la morena heredera de Tonantzin, la primera madre de los naturales de la altiplanicie mexicana.
Ese seguramente era el modelo acertado para comenzar el proceso de cimentación de la mexicanidad iniciando con la supresión del tributo, aboliendo las castas y la esclavitud.
Se necesita al hombre real, con virtudes y defectos, el intelecto suficiente y documentado, como bien lo han hecho ya los historiadores mencionados y otros muchos; la visión política y su fuerza incontenible… ¡Un hacedor de la Patria!
El rescate de la obra de Hidalgo desde fundamentos reales, se le debía a la historia nacional. Y ahora se le da, como una contribución en efectivo al acervo de la memoria de la Patria.
La gran historiadora Patricia Galeana ofrece al lector la amplia gama de características que poseía, nos ofrece su visión del Hidalgo hombre, sagaz, perspicaz, valeroso, comprometido con su dios, pero no con su institución, con los alcances de Estadista que poseía y que se muestran fehacientemente en la serie de recomendaciones que le hace al Generalísimo José María Morelos y Pavón antes de que éste escribiera los “Sentimientos de la Nación”.
Sólo esperemos que las rectificaciones, las nuevas y valiosas contribuciones de todos estos genuinos historiadores se incorporen pronto a los textos de los programas educativos para que la niñez esté conociendo a los héroes reales que forjaron nuestra Patria de manera genuina, y que desmitifiquen las imágenes que han construido los gobiernos desde hace doscientos años en su beneficio.
Efectivamente… un Nacedor.
* Esta es una colaboración del Colectivo Miguel Hidalgo de Celaya, Guanajuato, al que pertenece el autor.
Imagen de portada: Historia y Biografía.
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