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NOPALES Y HORTENSIAS
Carla Martínez*
Viernes 10 de mayo de 2019
“—Joven—le dijo—, hay algo que debes entender: hay dos Londres. Está Londres de Arriba, que es donde tú vivías, y luego está Londres de Abajo, el Lado Subterráneo, habitado por seres marginales. Ahora tú eres uno de esos seres marginales. Buenas noches”.
– Neil Gaiman, Neverwhere.
Acabo de terminar de leer un libro fantástico de un autor que adoro. El autor se llama Neil Gaiman y en general, es escritor y guionista de libros, cómics, series y películas fantásticas. Pero este libro que acabo de leer, aparte de tener una historia llena de magia y fantasía, tiene una metáfora muy interesante. El libro se llama Neverwhere (lo que podríamos traducir como un lugar en ninguna parte o algo así), y se trata de una historia que sucede en el Londres de Abajo. Dentro del libro, hay dos ciudades de Londres: la de arriba, la normal, la de la gente que trabaja, vive, toma el metro y se fija en no meter el pie en el agujero que queda entre el andén y el vagón del metro… Y está el otro Londres, el de abajo, el de la gente que “cayó entre las grietas” y llegó a vivir en un sitio de magia y peligro que se esconde en antiguos túneles y en las profundidades de la tierra.
Lo fabuloso es que las personas del Londres de Arriba son incapaces de ver a las del Londres de Abajo. Y si acaso las personas del Londres de Abajo se hacen notar, los londinenses normales los ven como pordioseros, mendigos, locos…
Esa división puede que sea menos mágica en nuestra sociedad, pero de que existe, existe. Y la gente del México de abajo resulta, por ejemplo, tan invisible para los mexicanos de arriba como sucede en el libro de Gaiman.
No es cuestión de hacer como el presidente y decir fifís y chairos… pero…
Resulta que estoy aprendiendo a manejar. Que tengo casi cuarenta años y sólo una vez en mi vida (antes de estas lecciones de manejo a la francesa), había intentado arrancar un coche.
Resulta que sí, que mi mamá tenía un coche (una Caribe viejita que todavía anda dando guerra, ahora le pertenece a mi hermana), pero que desde que yo me independicé y me fui de la casa materna (hace ya veinte años), mi vida ha sido un poco de saltimbanqui y ha habido muchas bajadas, caídas, y cambios y vueltas. Una se equivoca, atraviesa una puerta equivocada y a pesar de todas las buenas intenciones de tus papás y de tu vida, te caes a través de la grieta. Y pasas pobreza, hambre, miseria. Los errores se pagan caros en un país como el nuestro, en un mundo como el nuestro.
Ya no me sorprende que todos los franceses que viven por acá en mi pueblo bretón me vean como si fuera un alienígena porque no sé manejar. Acá en la Bretaña, que a pesar de sus zonas turísticas y sus bonitas ciudades, sigue siendo una zona con amplias áreas dedicadas a la explotación agropecuaria, el que no maneja no trabaja. No vive. Así que los papás siempre les pagan a sus hijos las clases de manejo desde los 16-17 años. Así que bueno, no es cómodo pero es normal que me miren así.
Lo que me parece sorprendente es la cantidad de conocidos mexicanos que me miran igual. Que me hacen comentarios tipo “cómo nunca manejaste en México”, “y tu coche en México, ¿quién lo manejaba?” y cosas así…
Claro que muchas de estas personas las conocí ya que había salido del agujero profundo de la pobreza. Pero aún así me sorprende que no se imaginen que en ese otro México, el de abajo, hay mucha gente que no sabe manejar. Que no sabe leer. Que no va al supermercado o al cine.
Ese otro México, ese otro mundo, existe.
Está ahí, con personas que muchas veces pasan por “invisibles” para los demás.
A veces, la vida te permite rebotar y regresar al mundo de “arriba” (o quizás de en medio, al de arriba creo que nunca he pertenecido ni perteneceré), pero la marca que deja en ti la pobreza, la muerte, la calle, la miseria, esa no se borra nunca.
Y salvo que hagas un esfuerzo por volverte ciego, sigues viendo a través de la grieta.
Y vives un poco de cada lado del mundo.
Y eres feliz cuando te compras una mesita de noche sencilla y de segunda mano.
Cuando le puedes poner una capa de pintura a tu casa.
Cuando te compras zapatos nuevos.
Y obviamente, cuando aprendes a meter quinta velocidad en un coche.
* Carla Martínez, además de contar historias como migrante internacional desde la Bretaña francesa, ha sido ghost writer durante años y actualmente redactora de contenido para una empresa española.
Imagen de portada: John Simitopoulos (@john_simitopoulos) / Unsplash.
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