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Un niño no puede defenderse solito

Diálogo Estado / Gaudencio Rodríguez Juárez / Top News / 18/01/2018

SOMOSMASS99

 

©Gaudencio Rodríguez Juárez*

Jueves 18 de enero de 2018

 

Dedicado a mis colegas facilitadoras de Disciplina Positiva

 

Mucha gente se pregunta qué hacer cuando se es testigo del maltrato propinado a un niño (la palabra se refiere también a las niñas). La verdad es que no existe una medida única. Cada situación es diferente. La acción estará determinada por las características, recursos y condiciones de la tríada: el agresor, el agredido y el testigo, así como por las circunstancias del acto: lugar, hora, intensidad…

Lo que no debería ser una opción es la inacción, la indiferencia, la pasividad. “Un niño no se puede defender solito”, dijo una colega, “por eso necesita que los testigos actuemos en su favor”, completé la frase.

La pasividad del testigo agrava la situación. ¿Por qué? Porque desde el punto de vista del agresor, su acto queda impune y legitimado, avalado —aun cuando esta no sea la intención del testigo—, por lo tanto, presto para su práctica recurrente, lo cual aumenta su poder —de por sí enorme— ante el niño. Desde el punto de vista de este, su valía cae aún más al percatarse que no es digno de auxilio, su miedo aumenta al percatarse que no habrá alguien en la sociedad que lo defienda, con lo que la naturalización de la violencia será su única alternativa para la sobrevivencia.

Son muchos los factores que inhiben al testigo. Los que más he escuchado en mis andares en la prevención del maltrato contra los niños son: el miedo a la reacción del agresor, la duda sobre si debe intervenir o no, el temor de que después le vaya peor al niño, evitar problemas cuando se trata de vecinos, la creencia de que los asuntos parentales/marentales son del orden de lo privado y nadie debe meterse, la concepción del niño como objeto de propiedad de los padres y no como sujeto con derechos.

Definitivamente, salir de la pasividad y tomar una medida en pro del niño, tiene sus riesgos. Los cuales disminuyen significativamente cuanto partimos de dos principios —que se retroalimentan uno al otro—:

1) En general, los padres que maltratan a sus hijos no son individuos desalmados o sociópatas, sino sujetos cuyos recursos para manejar la situación se vieron agotados; suele tratarse de personas que perdieron el control en ese momento debido a la suma de factores estresantes, ante lo cual su cerebro reflexivo y el primitivo se desconectaron; o sea, son personas que en ese momento necesitan apoyo de la comunidad, no crítica, ni juicios, tampoco reprimendas.

2) Suele tratarse de personas cuya conceptualización de la educación y la disciplina, incluyen medidas rudas, fáciles, arbitrarias, rápidas, tales como los golpes, jalones, humillaciones. Estos contenidos en su mente quedan desatados ante la aparición del estrés y se ponen en marcha sin control alguno. Es decir, el estrés permite que emerja la creencia previa sobre la educación y la disciplina, pues un padre o una madre que no tiene tales medidas como recurso, aun estresado, no recurre a ellas.

Con base a lo anterior, lo que me ha funcionado como testigo de estos actos, ha sido el acercarme con una postura empática, respetuosa y solidaria para proporcionar ayuda: ceder el turno en la fila, cargar las pertenencias de la persona, etcétera.

Cuando los ánimos están sumamente desbordados, el riesgo de que la furia se vuelva contra el testigo activo aumenta. En estos casos me he acercado con un pretexto totalmente neutral: pedirle la hora, preguntarle por algún domicilio o establecimiento, cualquier cosa que le saque por unos segundos de la situación, segundos suficientes para que su cabeza se enfríe, para que sus cerebros (reflexivo y primitivo) se conecten para, acto seguido, buscar juntos una alternativa. Normalmente el mero diálogo resulta suficiente, pues permite que también el niño se desconecte de la situación, conecte sus respectivos cerebros y con ello recupere la relación ahora con dos adultos (agresor y testigo) que interactúan, que dialogan.

Imagina que todos los testigos nos tornamos proactivos y solidarios. Las madres y los padres no se sentirían solos en una labor altamente compleja y pesada como lo es la crianza y sus hijos se sentirían importantes, parte de un colectivo. Manos a la obra.


* Psicólogo / [email protected]

Foto de portada: Pixabay.






Luis López




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