SOMOSMASS99
PERSIGUIENDO SOMBRAS
Raúl Muñiz Torres
Miércoles 22 de junio de 2016
Todos los días, en un crucero cercano a mi casa, veo a dos niñas que bajo el rayo del sol venden pequeñas bolsas de dulces, semillas, garapiñados y demás golosinas. Las veo sobre todo al mediodía y más tarde, del otro lado de ese mismo crucero; otra niña, casi adolescente, hace las mismas labores que las infantes de las doce horas.
Ignoro si las pequeñas son hermanas, si van a la escuela, pero cuando las veo pienso en una historia que solía proponerles a mis estudiantes de una Maestría en Educación para una materia que les impartía en una universidad local.
Es una historia incluida en el libro titulado, Pedagogía de la Igualdad, obra del educador argentino Pablo Gentili. Ahí, Gentili cuenta aquel día en que tuvo que ir de urgencia a una junta en la Universidad del Estado de Río de Janeiro en Brasil, país en el que vive desde hace más de 20 años.
Gentili narra la invitación que le hizo a Luiz Carlos, el pequeño hijo de un portero de un edificio cercano para que junto con Mateo, el hijo del profesor argentino, fueran a la Universidad y la conocieran en tanto él atendía la reunión a la que había sido llamado.
Conmueve la forma en que Gentili describe la escena: Luiz Carlos entró a su casa para cambiarse de ropa, tardaba en salir y la urgencia por llegar a la Universidad crecía. Cuando por fin apareció el niño, “iba vestido como para un bautismo: camisa blanca, pantalón largo azul marino, peinado fundido al cráneo y una sonrisa nerviosa que le iluminaba el rostro. La madre, con sus manos apoyadas en los hombros del niño, preguntó”:
-¿Es verdad que van a ir a la Universidad?
Pablo Gentili confiesa que la pregunta de la mamá de Luiz Carlos era mucho más difícil de lo que jamás hubiera imaginado. La razón la explica después en el desenlace desolador de la historia.
Cuenta el autor argentino que ya en las instalaciones de la Universidad, le dijo a Luiz Carlos que cuando fuera grande, iría a estudiar a ese lugar y ojalá fuera compañero de Mateo.
-No, yo acá no creo que venga- dijo casi en un susurro-. Mi papá ya me avisó que la Universidad no es para los pobres.
Gentili dice que la respuesta de Luiz Carlos lo petrificó porque, señala, “es difícil comprender los momentos en que se combinan las rupturas epistemológicas y epistemofílicas en un ser humano. Cuando esto ocurre, se produce la oportunidad de un aprendizaje extraordinario. Un aprendizaje que cala, hiere, penetra la piel. Invade y coloniza el cuerpo. Se vuelve inolvidable”.
Vuelvo entonces a las niñas que venden dulces y semillas en el crucero cercano a mi casa. Quizá ya sus padres les advirtieron, como el padre de Luiz Carlos lo hizo con él, que la escuela no es para ellas. La Universidad es una utopía que para ellas se asume en su concepto más puro: un ideal inalcanzable.
Las razones de su ausencia futura universitaria son muchas y entre ellas es que sus maestros y su gobierno se reparten hoy balas, culpas y sangre. Unos, con demandas justas pero con formas burdas y equivocadas; los otros, con la carga de ser un gobierno promotor del clientelismo y la complicidad, a lo largo de muchos años, con un magisterio sindical corrupto.
Está comprobado que una mala elección docente aunado a un gobierno ineficiente y corrupto, condenará a una población estudiantil de cualquier país con bajos niveles educativos, a varias décadas más de atraso.
¿Quién ganará en este nuevo oprobio entre gobierno y la CNTE? Nadie. Pero los derrotados, esos sí, están más que anunciados, son la niñez que espera en las aulas la resolución de un conflicto sempiterno que no empezó el domingo pasado, una lucha atroz que los condena desde ya al rezago educativo, a observar, como Luiz Carlos, la Universidad con la vista hacia arriba y muy lejana.
Pablo Gentili titula el capítulo en donde narra la historia de Luiz Carlos como “Una vergüenza menos, una libertad más”, en México traducimos a la inversa. Qué triste.
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