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Urge reformar el sistema de salud

Diálogo País / Top News / 22/05/2019

SOMOSMASS99

 

Agustín Ramírez Agundis*

Miércoles 22 de mayo de 2019

 

Durante el sexenio anterior fueron muchas las reformas dizque estructurales que se aprobaron y pusieron en práctica. Todas ellas opuestas al interés de la mayoría de los mexicanos y la mayor parte de ellas fallidas. Haciendo un breve recuento está la reforma educativa que para nada tocaba el tema de la educación en México y consistía fundamentalmente en hostigar a los maestros a través de una serie de mecanismos de evaluación que muy poco o nada tenían que ver con la práctica de los profesores en el aula y su situación concreta. Luego viene la reforma energética cuyo propósito, oculto detrás de un rosario de mentiras, en el fondo era acabar con Pemex y con la CFE a través de un proceso paulatino de empequeñecimiento y endeudamiento para dejar el campo libre a las empresas privadas de cada uno de esos dos ramos. En seguida está la reforma de las telecomunicaciones, cuyo objetivo expreso consistía en reducir los precios de los servicios de telefonía, tanto fija como móvil, y los del Internet, así como ampliar la cobertura para atender a las poblaciones pequeñas alejadas de las grandes ciudades, sólo que en un estudio internacional llevado a cabo entre octubre y noviembre de 2018, México se ubicó en el lugar 146 de entre 230 países estudiados con relación al precio por gigabyte de datos móviles y es bien sabido que la cobertura de Internet y telefonía móvil está muy lejos de ser medianamente aceptable en función de los estándares internacionales. Por último, dejando de lado otras, está la reforma laboral, publicitada como una medida para incrementar la oferta de trabajo, alentar la productividad de las empresas y elevar la competitividad del país, con los resultados tan conocidos por los trabajadores en cuanto a deterioro salarial, incremento de la informalidad, una rotación de personal muy grande y pérdida de derechos debido a la contratación a través de intermediarios, el famoso outsourcing.

Muchas de las medidas generadas con base en esas reformas ya se están echando atrás en un proceso que inició apenas tomó posesión el gobierno federal actual. Otras continúan y habrá que sufrirlas por un tiempo más, ojalá no sea tan prolongado. Claro está, bien lo dice López Obrador, palabras más, palabras menos, “tenemos que echar a andar a ese elefante reumático que es el gobierno, que camine”. Formalmente se están generando las bases para realizar los cambios, pero éstos no ocurrirán de inmediato. Hablando un poco en términos físicos, no sólo es echar a andar al elefante, más bien primero hay que detenerlo para que no se continúe moviendo con la errónea orientación en la que lo venía haciendo, y entonces sí, posteriormente, comenzarlo a impulsar en el sentido correcto, a eso se le llama inercia.

Hay un terreno en el cual es urgente realizar una reforma que deberá ser muy profunda y cuidadosa, me refiero a la reforma al sistema de salud. Este es un tema del cual se puede hablar mucho en función de las experiencias, buenas y malas, de las estrategias seguidas en otros países. Los objetivos fundamentales de una reforma en este ámbito, para nuestro caso, deben ser de largo plazo con base en la educación para modificar muchos de los hábitos de nuestra vida, de manera que ésta sea más sana y saludable. Sin embargo, es inaplazable tomar acciones de inmediato, las personas enfermas no pueden esperar, necesitan atención oportuna y de calidad. Desde luego hace falta dinero, las instituciones públicas del ramo operan con una notoria escasez de recursos, los pacientes son muchos y la infraestructura física y los recursos humanos son insuficientes. Sin embargo, hay acciones que se pueden llevar a cabo a través de una operación más eficiente para utilizar al máximo lo que se tiene.

Cito dos ejemplos de ineficiencia que conocí recientemente, uno que viví directamente y otro del que tuve conocimiento a través de una nueva plataforma gubernamental en Internet.

Mi caso particular. Acudí a una cita en la clínica del ISSSTE en Celaya. El proceso me lo sé bastante bien. Primero la toma de datos por parte de una enfermera, bastante diligente por cierto, presión arterial, el peso y la estatura, anotados en la cartilla de control. Segundo, la consulta ante el médico, esta vez acompañado todo el tiempo por dos jóvenes, seguramente estudiantes de medicina, realizando frecuentemente comentarios entre ellos respecto a mi caso. Tercero, receta en mano, acudir a la farmacia para recibir los medicamentos, haciendo votos a todos los santos de la devoción para que los fármacos estén disponibles. Pues allí fue donde la puerca torció el rabo. Resulta que ahora ya no es necesario hacer fila para ser atendido en la farmacia, en vez de eso se debe tomar un turno y esperar a que el numerito correspondiente aparezca en una pantalla situada exprofeso. Me tocó el turno número 300 y en ese momento estaban atendiendo al número 130, es decir sólo faltaban 170 personas antes que yo. Hice las cuentas: cinco minutos por cada persona, 850 minutos en total, divididos entre dos empleadas presentes, 425 minutos, algo así como siete horas. Como que no, ¿verdad? Tenía que regresar a trabajar (y aunque no lo tuviera que hacer). Subí y pedí hablar con el director de la clínica, se encontraba ausente; me pidieron que esperara a un licenciado para tratar el asunto con él. Tardó y preferí hablar con una mujer que amablemente me aconsejo que fuera el fin de semana, ya que en sábado y domingo casi no hay gente. Esto fue el martes, así que decidí seguir la sugerencia y acudí el sábado. Efectivamente, aquello estaba desolado, así que sólo tuve que esperar a que la empleada de la farmacia se decidiera a atenderme, pues andaba acomodando medicamentos en los anaqueles. Lo que me llevé fue parte de la medicina y, obviamente, una regañada. Sólo una parte pues el resto estaba agotado, tengo que regresar el siguiente jueves para “ver si llega”. La regañada porque las recetas sólo tienen vigencia de 72 horas y como ya era sábado pues ya habían pasado 96. Digo obviamente una regañada porque ése es el estilo de muchas de las empleadas administrativas del ISSSTE, tratan a los pacientes como si éstos fueran a pedir un favor y no como lo que en realidad son, es decir quienes aportan, de una u otra manera, los recursos con los cuales se cubre el sueldo de empleados y personal médico.

El otro caso lo conocí a través de Internet, específicamente por medio de una plataforma que ha puesto el gobierno federal a nuestro alcance para poder conocer el salario de todos los trabajadores que reciben un sueldo proveniente del erario público, se llama Nómina transparente. Curioseando, me encontré con que en la nómina del Centro Regional de Alta Especialidad de Chiapas aparecen 22 personas con el puesto de «operador de calderas en hospital» y 32 personas con el puesto de «técnico operador de calderas en hospital». Es decir, 54 personas para atender las calderas. Como que ese hospital debe tener muchas calderas, ¿o no? También se puede constatar que hay 25 personas con puesto de subdirector en diferentes áreas, como que son muchos subdirectores, digo yo.

En verdad, a los servicios de salud se les debe asignar una de las mayores prioridades en la tarea gubernamental, en todos los niveles. Hacen falta recursos económicos, es necesario reorientar el gasto público hacia ese sector. También es urgente modificar la organización, la planeación y operación de clínicas y hospitales de modo que sean más eficientes y menos burocráticos. En este terreno los cambios no pueden esperar.


* Esta es una colaboración del Colectivo Miguel Hidalgo de Celaya, Guanajuato, al que pertenece el autor.

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Foto de portada (ilustrativa): Hush Naidoo (@hush52) / Unsplash.






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