SOMOSMASS99
Jatzibe Castro*
Viernes 4 de diciembre de 2020
Iniciaban los 80 y Rebeca sus veintes, cuando se presentó la oportunidad de un viaje recorriendo diez países de la Europa en un formato que se antojaba divertido: acampando. No lo había hecho, y su naturaleza aventurera lo contemplaba como interesante a la vez que un reto y un relax, especialmente porque acababa de vivir el retorno de vacaciones de su primer novio, con la noticia de que le había gustado otra chava, aunque insistía que a ella la quería.
Ésa primera vez que tienes novio, cuando te descubres junto a otro, con quien crees compartir intensidades, formas de querer y sentimientos que piensas van en paralelo, es cuando cuesta entender que no siempre sucede así, que la fidelidad es relativa y no se corresponde del todo con la capacidad de amar.
En ese entonces, aunque Rebeca quería a Eidan, y en un principio creyó que podría pasar por alto su desliz, valorando la sinceridad, no fue posible, así que terminaron y poco antes del viaje decidieron volver, aun con reservas, porque a ella le costaba aceptar los hechos sin recelo. El viaje la distrajo un poco del asunto y se despidieron, digamos, en buenos términos.
Inició el viaje, acompañada de su hermano y Norma, su amiga. Ambos seres entretenidos, ligeros, alegres, con quienes compartía el gusto por explorar lo nuevo. La primera parte de la aventura fue el vuelo, su primero transatlántico, en el que descubrieron que los cobertores y almohadas eran riquísimos, por lo que decidieron aceptarlos como un regalo útil para el trayecto. Rica comida, atención excelente, vuelo tan largo que parecía parte de los primeros días de viaje.
Los países que visitarían, además de los clásicos: Francia, Inglaterra, Italia y España, contemplaban una pisca nada desdeñable de Alemania, Luxemburgo, Holanda, Suiza, Bélgica y Mónaco. Era su primera vez en aquellas tierras de lo antiguo, descubrirían un mundo nuevo, la conquista al revés estaba a la vista, aunque nada que ver con el impacto a nivel planetario del otro descubrimiento, aquel encuentro marcaría sus individualidades.
Las condiciones, aún no claras, se fueron descubriendo desde la primera parada: cada cual con su bolsa de dormir, su estufa portátil -que luego sabrían como se usaba-, una casa de acampar a compartir y algunas herramientas más. Para Rebeca y sus acompañantes, que no habían acampado, eso de montar la casa con fierritos para enterrar y armarla fue nuevísimo y en principio dificilísimo. Poco a poco se harían diestros, de eso iba el viaje, además de una que otra sorpresa, trabajo, disciplina, añoranza de lo cómodo, mucha información, pasear lejos de sus lugares, un cotidiano diferente, mucha belleza e historia, otras culturas.
Algo que siempre valorarían de manera especial fue a su guía, Antonio, un médico español que conocía los pormenores históricos, culturales y prácticos de cada uno de los puntos que recorrieron, que además era un excelente ser humano, claro en sus planteamientos, exigente con el cumplimento de reglas y, por si algo le hiciera falta, sabio para enfrentar singularidades.
Aprendieron a usar la estufa portátil, montar la casa, dormir en bolsa sobre superficies rugosas, pedrosas, montañosas, planas pero heladas o demasiado cálidas, elegir qué comida comprar, entre las opciones: tipo baguet para preparar o para llevar y tipo comida rápida para hacer in situ. Pasaron calor y fío, conocieron baños con mecanismos desconocidos -jalar una cadena, hacer parados- y regaderas con agua helada. A esa edad, casi todo era divertido y lo que no, se convertiría en buen recuerdo.
Paso a paso, país por país, fueron conociendo lo principal en un promedio de un día y medio en cada uno, todo en el autocar que también era su morada, casi siempre nocturna, que los transportaba al siguiente destino. Así conocieron el paseo de la Castellana, el Museo del Prado, con Velázquez, El Bosco, el Greco, Tintoretto, entre tantos; el Palacio de Westminster y el Bing Ben, los canales de Ámsterdam y la magia de Brujas, la maravillosa plaza mayor de Bruselas, con sus deliciosas papas a la francesa, las mil Catedrales espectaculares que acabaron saturándoles, aunque no dejaron de sorprenderse con lo que representan, algunas de las más impresionantes fueron las de Burgos, Burdeos y Colonia en Alemania, las espectaculares montañas de Suiza, sus famosos relojes, aunque tuviera que dárseles cuerda, las calles y edificios magistrales de Mónaco y Luxemburgo, y su casinos aunque solo viables a sus ojos desde afuera, la maravillosa Torre Eiffel, hermosa desde los ojos de quien la mire, especial con su magia nocturna que proyecta hacia el subconsciente lo que ha vivido en sus 131 años de vida. En Italia conocieron Roma fueron a el Vaticano, se encantaron con las detalladas descripciones de Antonio de las bellas esculturas de Miguel Ángel, se sorprendieron de lo extraordinario y descomunal de las joyas expuestas y a la venta, se tomaron las típicas fotos deteniendo la torre de Pisa, se embobaron con la perfección del David y recorrieron fascinados las calles de la grandiosa Florencia.
Venecia fue de lo mejor del viaje, ciudad fascinante con sus canales y callejuelas llenas de imágenes dignas de un buen fotógrafo y de muchos no tan buenos, que deparaba más sorpresas de las que Rebeca hubiera imaginado. Cuando llegaron al camping, aún había luz de tarde, Antonio organizó todo premeditadamente para que la primera impresión de la plaza de San Marcos fuera nocturna, igual que la de la Torre Eiffel y la Gran Plaza de Bruselas, lo que les mostró que la oscuridad permite apreciar la luz en todo su esplendor, un principio de vida que se aprende con los años.
Salieron del camping ya con el cielo lleno de estrellas, el vaporetto los llevó cual metro en la urbanidad, de estación en estación, hasta llegar a la Plaza di San Marcos. Cuando llegaron al gran escenario, lleno de edificios luminosos que, sin verse, se adivinaban y permitían la proyección de la imagen majestuosa que llegaba a sus pupilas, se pasmaron, como bien sabía el buen Antonio, y todo fue maravillarse al pasear sintiendo en las entrañas el ambiente: brillantez, conglomerado, degustación, escucha, motivos para todos los sentidos en un espacio acotado que se antojaba perene. Era demasiada algarabía, puesta ahí para detonar la sensibilidad de aquellos adolescentes que entraban a la adultez privilegiados.
Rebeca y sus compañeros, a los que se había sumado Juanpe, un españolito encantador, alto y delgado, ojazos verdes, labios delgados, sonrisa amplia y franca, habían contratado un paseo en góndola, que incluía, por default, una gran garrafa de vino, que fueron degustando al transitar por aquellos canales de ensueño y la presencia esporádica y penetrante de música italiana que consumaba el hechizo del momento.
Fue en ese escenario que Rebeca y Juanpe, dejaron fluir la energía que los había conectado desde los primeros días de viaje, sus ansias de disfrutar a cada instante, su deseo de sentarse juntos, su capacidad de observar, pensar, expresar y compartir impresiones, además de reír mucho y acompañarse con silencios y en momentos de descanso. No obstante, Rebeca recordaba al amor que había dejado y no se atrevía a dar libertar a aquel fluir de emociones inesperadas. Recordaba su sentir al enterarse del desliz confesado, por lo que se debatía entre soltar y apaciguar sus vibraciones.
Durante el trayecto en la góndola, los cuatro amigos habían disfrutado cantando, riendo, observando, saboreando intensamente cada momento. Cuando terminó, la euforia era tal, que continuaron felices hasta llegar al punto de encuentro con Antonio. Más, como el cuerpo es cuerpo, y las necesidades, reales, Rebeca debía ir al baño urgentemente por lo que pidió a Antonio que la esperaran unos minutos. Juanpe se ofreció a acompañarla y Antonio ofreció esperarles diez minutos que se hicieron cortos en la búsqueda del objetivo. Fueron y regresaron lo más rápido que pudieron y aun así rebasaron el límite. El grupo había partido.
Tomaron el siguiente vaporetto, y emprendieron la aventura más emocionante de todo el viaje. Durante el trayecto dejaron libres sus emociones y deseos y se brindaron los besos más románticos que ambos habían recibido, delataron sus percepciones y pensamientos desde el inicio del viaje y se dejaron envolver por el ambiente cálido del verano veneciano. Cuando llegaron a la última estación, se enteraron que el último un autobús que debía llevarlos al camping había salido hacía unos minutos, por lo que no les quedó más remedio que empezar la caminata hacia su destino, que les habían dicho sería más o menos de una hora. Fueron momentos de ensueño, tomados de las manos, en medio de sembradíos en pleno apogeo, la estrecha carretera de doble sentido, con la luna llena y las estrellas alumbrándoles, eran los más felices, sin importarles la distancia, el tiempo, e incluso la reprendida de Antonio, disfrutaron esa noche que no olvidarían el resto de sus vidas.
Cuando eres joven privilegiado, sientes la libertad a flor de piel y el mundo te sonríe, también hay que aprender. En ese entonces, Rebeca comprendió que hay momentos de gozo que te regala la vida, con personas con las que te conectas y conectas, recordó lo que le había dicho Eidan: ella fue un momento, a ti te quiero. A ella Juanpe le encantó, mas no dejaba de extrañar a Eidan. Una cosa no quita la otra. ¿Controversial? Sí. Verdad también.
* Jatzibe Castro es pintora y escritora.
Instagram: Jatzibe_Castro
Web: [email protected]
Imagen de portada: Casa Iglesia Plaza de San Marco, Italia. | Foto: Google.
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