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Vivencias y realidades en la adopción

Diálogo Estado / Gaudencio Rodríguez Juárez / Top News / 11/10/2018

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©Gaudencio Rodríguez Juárez*

Jueves 11 de octubre de 2018

 

En la actualidad los padres que tienen un mínimo de información conocen la importancia que para su hijo o hija tiene saber acerca de su adopción. No ocultarle la realidad es una premisa que cada vez goza de mayor respaldo, pues conocer su pasado, saber acerca de su origen, es su derecho y una de sus necesidades de desarrollo humano.

No obstante, las preguntas muchas veces giran alrededor del cómo, cuándo y de qué manera decírselo. Aún cuando las recomendaciones generales pueden encontrarse con relativa facilidad en internet y alguno que otro libro, su puesta en marcha se complica debido al temor a lastimar al hijo al platicarle algunos datos difíciles de su pasado.

Justo esto es lo que estimula a muchos adoptantes a preferir no saber acerca de la historia del niño o niña que están por ahijar, situación que en ocasiones se amalgama con las fallas y deficiencias técnicas de los procesos de adopción que aún subsisten, por ejemplo cuando los y las profesionales responsables de compartir toda la información del niño a los adoptantes no lo hacen, todo con tal de evitarles el trago amargo al darles a conocer el arranque difícil que el niño tuvo en la vida. Y es que no debemos perder de vista que si existe la adopción es porque antes hubo una desvinculación de sus progenitores que terminan por ceder voluntariamente a su hijo ante la imposibilidad de poderlo cuidar; en otras ocasiones fue el maltrato lo que llevó a la autoridad a separar al niño o a la niña de sus agresores.

También existen casos donde las personas que gestionan la adopción simplemente no tienen mucho que contar sobre el pasado del niño más allá de un par de datos que explican por qué la adopción es la alternativa para dicho niño.

Existen muchos casos donde la adopción se realizó de manera directa, es decir, la progenitora cedió directamente a su hijo a unos adoptantes. Sin embargo, al no recibir apoyo ni asesoría sobre las especificidades de la adopción, terminan por ocultarle al niño su historia. Acaso por ignorar la importancia que tal cosa tiene para el niño, acaso por ansiedades y fantasías catastróficas que rondaban en la cabeza de los adoptantes.

El hecho de que el niño haya sufrido un arranque en su vida caracterizado por las pérdidas y la adversidad no significa que su futuro esté condenado al fracaso, a la infelicidad, a la disfuncionalidad. Los dados no están marcados, como en ocasiones plantean algunas posturas psicológicas deterministas. Mientras estamos en la vida el juego no termina, los seres humanos nos seguimos construyendo y reconstruyendo.

No es el evento adverso el que genera la fractura o el trauma en el psiquismo, en la personalidad, sino la imposibilidad de poder vivirlo, expresarlo y resignificarlo con la ayuda de los otros: cuando hablamos de niños y niñas, con la ayuda de los padres, tutores y demás adultos que participan en su educación y crianza.

¿Quién no ha tenido una pérdida, una experiencia difícil en la infancia? De la adversidad nadie se salva, ni el niño más cuidado y deseado. La adversidad es parte de la vida. El reto es aprender y adquirir la fuerza para enfrentarla, aprender de ella, darle un sentido y salir más fortalecidos; a esto se le llama resiliencia y es lo que toda madre y todo padre (biológico o adoptivo) debemos fomentar con los hijos e hijas.

¿Cómo, cuándo, de qué manera hablarle de su pasado al hijo adoptivo? No existen respuestas universales, pues cada hijo es único, lo mismo que sus circunstancias y sus padres. Se trata de preguntas que urgen respuestas para que los adoptantes puedan acompañar a través de la vida a su hijo proporcionándole la información que él vaya requiriendo de la manera que resulte en fortaleza para su personalidad. Es un tema, pues, en el que hay que capacitarse para, llegado el momento, desplegar la actitud que el hijo requiera.


* Psicólogo / [email protected]

Foto de portada: Pixabay.






Luis López




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