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Vuelta al Estado benefactor

Diálogo País / Top News / 24/04/2020

SOMOSMASS99

 

Alfonso Díaz Rey*

Viernes 24 de abril de 2020

 

En estos tiempos de crisis civilizatoria, a la que se suman una sanitaria, otra económica y una interminable crisis ambiental, cuyos efectos sinérgicos han provocado a escala mundial una situación en extremo grave, surge la añoranza de épocas pasadas en las que parecía que el capitalismo funcionaba. Nos presentaban un estilo de vida, el (norte) americano, como el modelo a alcanzar para ser felices. Eran tiempos del Estado benefactor.

Y «funcionaba». Pero solamente para quienes a nivel interno o internacional, vivían a expensas del trabajo y las carencias de otros, en un contexto de desarrollo y relaciones de intercambio comercial sumamente desiguales y aun de despojo de las riquezas naturales de regiones y países.

Se añoran, entre otras cosas, altos niveles de empleo, mayor poder adquisitivo de los salarios, avances sociales y laborales; los que sin duda, sin ser algo extraordinario, existieron; pero también estaban presentes la desigualdad, la inequidad y la injusticia.

El Estado benefactor fue la respuesta del capitalismo a los efectos de una grave crisis económica (la Gran Depresión), que detonó una década después del fin de la Primera Guerra Mundial, cuando se vivía la confrontación con el naciente socialismo y se gestaban las condiciones para el estallido de la Segunda Guerra Mundial.

En muchos países el Estado tuvo que salir al rescate de un capitalismo rehén de sus leyes y contradicciones, rescate que implicó la intervención estatal en las más variadas áreas de la economía y la vida, lo que significó cierto tipo de «concesiones» a los trabajadores, que se reflejaron en algunas conquistas laborales y sociales. Todo ello bajo la principal característica del sistema: la desigualdad.

La Segunda Guerra Mundial fue para países como Estados Unidos y otros, alejados geográficamente del área del conflicto bélico, una especie de aliciente para sus economías, sobre todo por la enorme destrucción material producida por la guerra, la cual de alguna manera debía reponerse; situación que se reflejó en el mantenimiento de los niveles de empleo y de aparente bonanza para el sistema capitalista.

También, el esfuerzo para recuperarse de la devastación de la guerra en los países capitalistas europeos y en Japón, con los Estados nacionales como rectores de la economía, y con la «ayuda» del capital norteamericano, demandó altos niveles de empleo, y también permitió ciertas concesiones a los trabajadores, lo que, con una enorme ofensiva ideológica, se reflejó en tiempos de una relativa bonanza y paz social. Tal situación fue aprovechada por los apologistas del sistema para proclamar su superioridad. Repetimos: en un contexto de desarrollo y relaciones de intercambio comercial sumamente desiguales y aun de despojo de las riquezas naturales de regiones y países; además, con la presencia continua de conflictos bélicos regionales, en los que casi invariablemente Estados Unidos estuvo de alguna manera involucrado.

Sin embargo, nuevamente, las contradicciones propias del sistema hicieron caer la tasa de ganancia y la imposición del neoliberalismo fue la solución para recuperarla.

Ello significó el control de la actividad económica por la iniciativa privada, la privatización de bienes y servicios estatales y aun nacionales, y un retroceso en cuanto a las conquistas sociales y laborales para la inmensa mayoría de los trabajadores. Todo bajo la premisa de que el mercado se encargaría de equilibrar, regular y resolver los problemas de cualquier tipo que surgieran. La desaparición de la Unión Soviética y la caída del campo socialista del este de Europa crearon una falsa ilusión en las élites y centros de poder del capital, al grado que sus apologistas decretaron el Fin de la Historia.

Cuando la crisis revela nuevamente los límites, carencias, irracionalidad e incapacidad del sistema capitalista, ahora en su versión neoliberal, surge la añoranzas por anteriores formas de enfrentar los problemas que hoy tienen los dueños del capital, además de la exigencia de que se implementen acciones para su rescate, acciones que siempre han trasladado el costo y peso de las crisis a los pueblos y preparado condiciones para un nuevo ciclo de más y mayores problemas.

Es así que se escuchan voces de apologistas del neoliberalismo que ahora plantean reformas para que retorne la intervención estatal en la economía, posición totalmente opuesta a lo que desde hace 40 años han manifestado.[1] Esa posición no es privativa de ambientes conservadores. También en algunos círculos que se autodenominan de «izquierda» o «progresistas» se escuchan propuestas o reclamos parecidos.

El Estado benefactor tuvo su momento histórico. Mostró sus límites e incapacidad al no poder detener la caída de la tasa de ganancia del capital, lo que se expresó en una profunda crisis que inició en los últimos años de la década de los sesenta del pasado siglo y que, con manifestaciones diferentes, perdura hasta nuestros días.

Los problemas ocasionados por la caída de la tasa de ganancia ─que, además, es una ley del sistema─, fueron los que incubaron una añeja doctrina económica, el neoliberalismo, la que para no exacerbar contradicciones de carácter social se mantuvo al acecho, en espera del momento adecuado para imponerse, lo que ocurre durante los gobiernos de Ronald Reagan, en Estados Unidos (1981-1989), y Margaret Thatcher, en Inglaterra (1979-1990), no sin antes haber experimentado en Chile, durante la dictadura de Augusto Pinochet (1973-1990).

Pensar en el retorno del Estado benefactor es un anacronismo. La devastación económica, política, social, cultural y ambiental que ha dejado el capitalismo, incrementada por el neoliberalismo, ha modificado las condiciones geopolíticas y sociales, de manera que ahora son diferentes. Los pueblos han avanzado en niveles de conciencia y organización que, sin ser los óptimos, representan un serio obstáculo para el retorno de un capitalismo que más temprano que tarde volverá a reclamar todas las ventajas para los dueños del capital.

Las crisis, sobre todo la actual, nos han mostrado que bajo el capitalismo los pueblos no tenemos futuro. Volver al Estado benefactor sería repetir la historia, con más de lo mismo, pero más perjudicial.

Como pueblos nos conviene, con vistas a un futuro promisorio, hacer el esfuerzo en busca de la unidad e intentar establecer las bases para construir una nueva sociedad y un mundo mejor. Ello es posible.

[1] En un reciente editorial el diario británico Financial Times expresaba, entre otras cosas: “Los gobiernos deben aceptar un rol más activo en la economía”. “La redistribución estará de nuevo en la agenda; los privilegios de los patrones y ricos, en cuestionamiento”.., “para exigir un sacrificio colectivo se debe ofrecer un contrato social que beneficie a todos” (La Jornada Lunes 6 de abril de 2020, p. 26).


* Alfonso Díaz Rey es miembro del Frente Regional Ciudadano en Defensa de la Soberanía, en Salamanca, Guanajuato.

Foto de portada: Hennie Stander (@henniestander) / Unsplash.






Luis López




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1 Comentario

el 25/04/2020

Excelente artículo. Efectivamente, el Estado benefactor respondió a una coyuntura económica y política específica: una profunda crisis económica y el reto que los países socialistas -con sus aciertos y limitaciones- representaban. Que se le invoque ahora para que funcione como un respirador artificial para el capitalismo es inaceptable.

Por otra parte, la disyuntiva histórica actual parece ser el autoritarismo, apoyado en movimientos neofascistas y apuntando al colapso climático o un cambio radical de nuestra forma de vida.

Esta última opción reclama una organización política de amplia convergencia. En nuestro caso, desde el zapatismo hasta la 4T. Lograrla implica superar sectarismos a la vez que abandonar concepciones «desarrollistas».

Sin embargo, hay puntos finos donde se requiere un análisis y un debate más puntuales. Por ejemplo, a política social de la 4T. ¿Son pertinentes los programas que se han puesto en marcha? Si lo son en el corto plazo y para superar la miseria en que viven muchas familias o la tentación que el crimen organizado representa para los jóvenes cuyas perspectivas de vida son desalentadoras, ¿hasta dónde llevarlos y qué cambios graduales hacer para reorientarlos hacia enfoques autogestivos? ¿Es válido rehabilitar las refinerías para evitar la dependencia de combustibles importados? ¿Cómo impulsar simultáneamente las energías no contaminantes?

En fin, muchos elementos que deben aclararse para construir un programa que dé cabida a todas las fuerzas capaces de imponerse al aparato del sistema que nos amenaza con exterminar a todos.



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