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Alfonso Díaz Rey*
Viernes 19 de junio de 2020
«[…] un mundo mejor es posible; pero cuando se haya alcanzado un mundo mejor, que es posible, tenemos que seguir repitiendo: un mundo mejor es posible».
– Fidel
Se debate acerca de las formas de organización de la sociedad para evitar que impactos como los de la actual crisis se repitan en el futuro. Debates similares se han dado después de la devastación que produce la irrupción de ciertos fenómenos, en los que las propuestas que prevalecieron y las acciones que posteriormente se emprendieron obedecieron a la visión de las clases dominantes. De esa manera, en el mejor de los casos, las cosas siguieron igual.
Se reconoce de manera general la necesidad de cambios que conduzcan a condiciones que eviten o reduzcan al mínimo los efectos que producen determinadas contingencias en todos los aspectos de la vida, buscando con ello paliar o eliminar las contradicciones añejas o nuevas que están presentes o afloran y se agudizan con las contingencias.
Las posiciones que se asumen y las propuestas que se formulan representan generalmente intereses de clase, y en ellas se manifiestan las contradicciones existentes, lo que es normal en una sociedad dividida en clases.
En nuestro país puede observarse que, sin ser todas, sobresalen tres posiciones diferentes:
Una es la que asume la oligarquía junto a estratos de la alta, mediana, pequeña burguesía y aspirantes a pequeñoburgueses, la que anhela, mediante reformas cosméticas y gatopardianas, un retorno al estado de cosas previo al ascenso del nuevo gobierno resultante de la elección presidencial del 1 de julio de 2018.
Otra posición es la oficial, que desde un gobierno que se erige como antineoliberal, de carácter progresista; apuesta por una transformación dentro del mismo sistema político, económico y social. Sustento social lo tiene, principalmente, en los sectores de la población beneficiados por los programas asistenciales, estratos medios y trabajadores del campo y la ciudad, En términos generales, plantea que erradicando vicios como la corrupción y la impunidad, y mediante la asistencia a los sectores más empobrecidos, ello puede derivar en una sociedad justa.
Una tercera posición sería la que propone una transformación radical, estructural, de la sociedad mexicana. Un cambio que promueva y construya las condiciones necesarias para que todos los habitantes de este país vivan dignamente y en armonía. Entre quienes promueven este tipo de transformación podemos encontrar personas de estratos medios que desarrollan trabajo intelectual, profesionistas, estudiantes, miembros del magisterio, trabajadores industriales, integrantes de comunidades originarias y, en general, gente con posiciones de izquierda.
Los primeros, la oligarquía y sus aliados, ofrecen más de lo mismo que llevó al país prácticamente a la quiebra. Entre otras cosas, entregaron al capital financiero local y foráneo casi la totalidad de las riquezas, bienes y recursos que habían sido propiedad de la nación, sobre todo los estratégicos; aumentaron a niveles estratosféricos la deuda del país; redujeron los salarios reales e incrementaron la explotación de los trabajadores; vulneraron seriamente los derechos laborales y las organizaciones de los trabajadores; con reformas a las leyes, de carácter regresivo, lesionaron severamente la seguridad social; empobrecieron al pueblo y acrecentaron la desigualdad, la injusticia y la inseguridad; crearon las condiciones para la proliferación del crimen organizado, dentro y fuera del aparato del Estado. Todo ello en medio de un ambiente extremo de corrupción, impunidad y cinismo. A ello, con la mayor desfachatez, nos invitan a retornar.
Desde posiciones oficiales se promueve una transformación, la 4T, que aun cuando son loables y merecen apoyo y reconocimiento, la lucha contra la corrupción y la impunidad, y el esfuerzo que se despliega en la atención a los sectores sociales vulnerables (en ruta a un Estado benefactor), son insuficientes para corregir el desastre provocado por los neoliberales porque, de manera similar a las tres anteriores, se deja intacta la estructura del sistema y la posibilidad de que por alguna vía se reinstale en el control total del poder político, con todas sus lacras y funestas consecuencias, corregidas y aumentadas.
La posición que promueve un cambio de raíz, que establezca las condiciones para alcanzar una vida digna y en armonía con todos los factores y elementos del medioambiente es, seguramente, sensata y atractiva para la inmensa mayoría de los que vivimos en este país. Sin embargo, ese anhelo, aún compartido por amplios sectores del pueblo, encuentra serios obstáculos debido a protagonismos y posiciones sectarias, dogmáticas, oportunistas, que impiden la unidad necesaria para lograrlo; de lo que se aprovecha la derecha, que tiene bien claro lo que quiere y, además, los recursos para comprar voluntades de falsos dirigentes sociales y políticos.
No obstante los obstáculos, el anhelo por alcanzar una vida digna y en la mayor armonía con la naturaleza no es algo imposible de lograr. Será importante, de la manera más democrática posible, que como mexicanos, entre otras cosas, definamos qué áreas y sectores son estratégicos en nuestro país y, por tanto, propiedad irrenunciable de la nación; establecer reglas claras y justas para el papel y la participación del capital privado en los sectores económicos, estratégicos o no; impulsar nuevas formas de organización y participación de la sociedad en asuntos de la vida política, económica, social, cultural, etc.; establecer una nueva relación con la naturaleza para propiciar la armonía con las formas de producción y reproducción de nuestra existencia, su cuidado, preservación y, donde se requiera, restauración y; establecer nuevas relaciones de producción para erradicar la explotación, la desigualdad, la injusticia y la inequidad; hacia el exterior, reconstruir las relaciones internacionales para que tengan como eje el respeto a la igualdad, la soberanía y la autodeterminación de los pueblos y el impulso a la solidaridad y la cooperación entre ellos.
Algo que reviste suma importancia para realizar lo anterior sería, como hemos comentado en anteriores ocasiones, la necesidad de contar con una teoría que explique de la forma más específica posible el porqué de la situación del país y la necesidad de cambiarla; las formas, vías y etapas para superar tal situación y las fuerzas sociales capaces de lograrlo; además del despliegue de una lucha ideológica que proporcione una visión y comprensión propias de nuestra realidad, para poder transformarla en favor del pueblo.
La realidad solamente puede transformarse cuando se conoce. Y cuando hayamos logrado una real transformación en nuestro país, surgirá la necesidad de analizarla críticamente, para encontrar las maneras de mejorarla.
Habremos de tener presente que, invariablemente, en ejercicio de su poder, las oligarquías han impuesto sus intereses y privilegios por encima de los pueblos y preservado por todos los medios el sistema económico, político y social en el que han devenido sector hegemónico en casi todo el mundo. Cuando han sido desplazadas de ese poder o perdido parte de él, no dudan ni un instante en recurrir a todo tipo de formas ─violencia incluida─, medios y alianzas con el objetivo de restablecer el orden que necesitan, para recuperarlo. La historia lo confirma y México no es la excepción.
* Alfonso Díaz Rey es miembro del Frente Regional Ciudadano en Defensa de la Soberanía, en Salamanca, Guanajuato.
Foto de portada: Ryoji Iwata (@ryoji_iwata) / Unsplash.
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