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¿Y si la educación en la escuela fuera una trampa? / I

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SOMOSMASS99

 

Esther Sanginés García*

Miércoles 7 de octubre de 2020

 

Para la mayoría de los seres humanos, el derecho a aprender se ve restringido por la obligación de asistir a la escuela.

– Ivan Illich.

 

El proceso de escolarización

Todas y todos, niñas, niños, jóvenes ¡a la escuela! Preescolar, primaria, secundaria y media superior son obligatorias. ¡Cuánto se ha caminado para llegar a ello!

El proceso de convencer a los padres de familia para que mandaran a los niños a la escuela no fue sencillo. En 1960 me tocó ver por primera vez a un campesino llorar ante la presidenta municipal de Ozuluama, Veracruz, porque no quería que sus hijos fueran a la escuela; si iban ¿quién le ayudaría con las labores del campo? Era la época de sembrar la milpa. Doña Sarita escuchó atentamente y después le dijo que no podía permitirse la ausencia de los niños, que era un delito, que podía hablar con el maestro para que le dejara una tarea especial un día de la semana y además aprovechara los sábados para que sus hijos le ayudaran. La presidenta, Sara García Iglesias, me compartió: “Esto que presenciaste sucede todos los días, la resistencia a mandar a los niños a la escuela es feroz y tienen algo de razón, han visto que algunos chicos muy listos que siguen estudiando se van del campo a la ciudad”. Suspiró, “tú que estás chiquilla piensa: ¿cómo podemos lograr que los chicos que estudian, amen el campo y su trabajo?”. La pregunta se quedó revoloteando en el aire y en la conciencia.

Al terminar la década de los años sesenta, cuando trabajaba en brigadas de promoción agropecuaria que organizaba la Secretaría de Educación Pública, me tocó convivir con madres y padres de familia de distintos estados del país, pude presenciar sus quejas, había un reclamo permanente: “Cuando se van a la escuela ya no quieren trabajar en el campo”.

La escuela rompía la estructura de la familia campesina y artesanal como lugar de formación de los niños y de aprendizaje del oficio. Las niñas y niños, primero unas horas, después más y más, se alejaban del seno de la familia para recibir la enseñanza que pretendía el aprendizaje estandarizado, al mismo ritmo y al mismo tiempo, que los niños que compartían el ciclo escolar, se criticaba que esto era planeado desde las oficinas centrales, oficinas que en un principio estaban en nuestro país. 

Con todos los aciertos de los primeros años de la Secretaría de Educación Pública, hubo grandes errores. Uno de ellos, muy importante, fue tratar de occidentalizar a los niños de los pueblos originarios; otro, que viene de los años cuarenta, fue urbanizar al país, dejar atrás el México rural, y después de los años ochenta, introducir un programa por competencias desde preescolar, primaria y secundaria. Entrar en contradicciones tan absurdas como sugerir la educación a partir de los intereses del niño, mientras se evaluaba a los maestros con pruebas estandarizadas que privilegiaban la comprensión lectora, incluidas la velocidad y fluidez, sobre el gusto por la lectura, y la metacognición matemática en lugar de la comprensión de la aritmética y sus funciones, al tiempo que los aprendizajes fundamentales sobre la epopeya de la historia, las luchas por la libertad, por los derechos y obligaciones de hombres y mujeres, la literatura, el civismo, se dejaban de lado. 

El intento de convertir a los jóvenes estudiantes en técnicos competentes para la industria fue simultáneo al proceso de degradar el concepto de calidad para traducirlo a mediciones cuantitativas. No estaría mal que algunos jóvenes fueran técnicos competentes, si esa fuera su opción y si no hubieran eliminado o restado importancia en los programas a las humanidades: la historia, la filosofía, la ética y las ciencias sociales. No olvidemos que esto sucedía al mismo tiempo que las decisiones sobre educación dejaban de tomarse en nuestro país.

La jornada escolar va aumentando con la edad, primero tres horas (si es que los niños no asisten a la guardería donde pueden permanecer una jornada de ocho horas y a veces más), luego cuatro, cinco; en la secundaria ya son seis horas diarias, de lunes a viernes y eso en México, porque en países como Japón, la permanencia puede ser mucho mayor. En la escuela se exige que todos estén sentados, quietos (excepto en la hora del recreo y en educación física), atendiendo a lo que dice el profesor, aprendiendo a leer, escribir, contar, y sobre todo a disciplinarse; no por gusto propio, los niños prefieren jugar al aire libre o, en nuestros días, sobre estimularse con el celular u otro aparato electrónico. ¿Es esto lo mejor? Veamos primero la crítica y en un siguiente artículo, sus posibilidades.

La educación que se da en la mayor parte de las escuelas (hay muy buenas excepciones), ha sido muy criticada porque es autoritaria y vertical, las decisiones caminan en una sola dirección, de arriba hacia abajo; desde la Secretaría de Educación Pública van pasando a las subsecretarías, las direcciones, las delegaciones. Los planes, programas o modelos educativos, llegan a las partes más bajas del organigrama, los supervisores, los directores, los maestros y en el último escalón, en la base, a los alumnos. Las condiciones de vida y de trabajo, tan distintas en cada centro escolar y en cada aula, se miden con el mismo rasero. Algunos jornaleros agrícolas y pescadores con los que he podido compartir experiencias consideran que fuera de leer, escribir y contar, lo que se aprende en la escuela es inútil para la vida real. Y resulta que entonces son los aprendizajes memorísticos, como la forma y el sonido de las letras, de los números, de los nombres, de los afectos, del respeto a las normas éticas, son los indispensables ¡Viva la memoria!

Entre préstamo y préstamo, fobaproas y deudas, los gobiernos de México dijeron que sí a la OCDE

Si los que diseñaron los planes y programas para las escuelas no consideraron las diferencias entre los niños de la ciudad, del campo, o de diferentes colonias, tampoco sus necesidades, la situación se volvió más terrible a partir de la década de los años ochenta, sobre todo después de que el presidente Miguel de la Madrid entrara en tratos con el Banco Mundial para recibir un primer préstamo leonino en el cual hipoteca la educación y acepta una propuesta de “Reforma Educativa”, que se caracteriza por el abandono a la educación pública y un proceso disfrazado de privatización; a partir de ese momento la educación fue considerada como una mercancía[1] y los educandos como clientes

Si cuando se generaron las reglas de la escuela se pretendió que todos los estudiantes fueran iguales y aprendieran a un mismo ritmo, estos problemas se agudizaron con la Reforma Educativa del período de Miguel de la Madrid y posteriormente con la estandarización internacional, establecida por la Organización (que dice ser) para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE). Esa aparente cooperación del Banco Mundial o de la OCDE se realiza con base en los intereses y los valores de los países imperialistas. Esos valores son el éxito individual, el progreso material y la competencia. Lo que hay atrás es la idea de que todos los países deben ser capitalistas y, por eso, lo que con ese tipo de educación en la escuela se logra es que las desigualdades sean cada vez mayores.

Los representantes del gobierno de México y del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación asumieron que los mejores países del mundo eran Inglaterra, Francia, Alemania o los Estados Unidos y que con una educación que desarrollara el esfuerzo individual y la competencia, todos podríamos a la larga tener las mismas condiciones de vida que había en aquellos países. Por supuesto, condiciones idealizadas que no veían la situación real de obreros, migrantes y lo que ellos llaman “basura blanca”. ¿Dónde estaba el sindicato? La alta jerarquía disfrutando beneficios personales, lo mismo Carlos Jongitud Barrios que Elba Esther Gordillo o Juan Díaz de la Torre. En la base, entre un 20 y un 30% de los maestros luchando por la educación, por los alumnos, por el magisterio. Los demás o permanecieron indiferentes o bien gozaban de “los privilegios” de ser incondicionales. Gracias a esa minoría las consecuencias de la reforma educativa no fueron más graves.

Algunos años antes de que México firmara los acuerdos con la OCDE ya había una crítica muy sustentada hacia la educación en la escuela; fue en la década de los años sesenta cuando más se cuestionaron los contenidos y sus formas como espacios de dominación del orden capitalista (o mejor, del desorden capitalista); tal vez el más combativo haya sido Ivan Illich[2], quien desde Cuernavaca hizo estudios profundos sobre las consecuencias nefastas de la educación escolarizada; Illich critica y condena al sistema escolar y a las escuelas, “para la mayoría de los seres humanos, el derecho a aprender se ve restringido por la obligación de asistir a la escuela”[3]

Los argumentos de Iván Illich

Es interesante reflexionar sobre algunos de los argumentos que expone en su libro La Sociedad Desescolarizada. Afirma en él que “Al alumno se le ‘escolariza’… para confundir enseñanza con saber, promoción al curso siguiente con educación, diploma con competencia, y fluidez con capacidad para decir algo nuevo. A su imaginación se le ‘escolariza’ para que acepte servicio en vez de valor. Se confunde el tratamiento médico tomándolo por cuidado de la salud, el trabajo social por mejoramiento de la vida comunitaria, la protección policial por tranquilidad, el equilibrio militar por seguridad nacional, la mezquina lucha cotidiana por trabajo productivo. La salud, el saber, la dignidad, la independencia y el quehacer creativo quedan definidos como poco más que el desempeño de las instituciones que afirman servir a estos fines, y su mejoramiento se hace dependiente de la asignación de mayores recursos a la administración de hospitales, escuelas y demás organismos correspondientes”[4].

¿Enseñanza es saber? Me parece que sólo en una mínima parte. El saber tiene que ver con el deseo, con la experiencia, con la vivencia. Si el alumno no es un aprendiente, si no hace suyos los contenidos que se “enseñan” en la escuela, no hay ningún aprovechamiento y encontramos niños de cuarto, quinto y sexto de primaria que no saben escribir, o que pueden dibujar algunas letras pero no tienen significado para ellos[5]. Si esos alumnos tienen maestros más preocupados por conseguir beneficios personales que por la educación, van pasando de año, acreditando grados y desperdiciando su vida que podría ser mucho más bella fuera del aula escolar. Estos alumnos con rezago (entre un 20 y 25% de cada grupo escolar, según testimonio de maestrantes de la UPN Celaya) terminan sexto grado y pasan a la secundaria general, o cursan la telesecundaria y tal vez algunos lleguen al videobachillerato y apenas aprendieron a sumar y a escribir su nombre[6]. Y eso ¿para qué? Para entrar al mundo del progreso, al paraíso ficticio ofrecido por el neo-liberalismo. 

Un fragmento del prólogo escrito por Erich Fromm para el libro de Iván Illich titulado Alternativas es bastante ilustrativo: “El concepto moderno de progreso, que significa el principio del constante aumento de la producción, del consumo, del ahorro de tiempo, de la maximización de la eficiencia y ganancias, del cálculo de todas las actividades económicas sin tomar en cuenta sus efectos sobre la calidad de la vida y el desarrollo del hombre; el dogma de que el aumento del consumo conduce a la felicidad del hombre, de que el manejo de las empresas a gran escala debe ser por necesidad burocrático y alienado; el que el objeto de la vida es tener (y usar), en lugar de ser; el que la razón reside en el intelecto y está divorciada de la vida afectiva; el que lo más nuevo es siempre mejor que lo más viejo; el que el radicalismo es la negación de la tradición; el que lo contrario de ley y orden es la falta de estructuras. En pocas palabras, el que las ideas y categorías que han surgido durante el desarrollo de la ciencia moderna y la industrialización son superiores a todas aquellas de culturas anteriores, e indispensables para el progreso de la raza humana”[7]. Es la gran mentira del capitalismo.

Y esa concepción del mundo se inocula como un virus en las escuelas, de tal modo que a veces se da la contradicción terrible que puede sintetizarse en esta forma: en muchos casos a mayor escolaridad, menor conciencia política y social.

Pero hoy estamos en un momento en que la pandemia nos muestra que esa idea de progreso no sirve para actualizar las potencialidades del ser humano. Quiero recuperar aquí la voz de una gran maestra, Jadzia Gorenc:

Parece que, finalmente, esa estructura de la clase que por años nos han impuesto en los cursos como lo óptimo y que teníamos que usarlo a raja tabla, termina por hacer rígido el encuentro en el aula, estropea la espontaneidad que se requiere para educar −que va más allá de los contenidos−. Ya puestos así, en las sesiones virtuales, en los programas, evidencian que es aburridísimo y tedioso el aprendizaje. La sorpresa provoca más interés y no se aprende sino a través del interés. 

¡Ya ven cómo permitir que la lógica empresarial −cuantitativa, objetivizante, controladora, competitiva− se haya metido en la escuela fue el mayor de los desatinos![8]

Un par de preguntas inquietantes

Si la escuela no lo logra:

¿Cómo puede un niño contactar con la riqueza de conocimientos que ha ido adquiriendo la humanidad? 

¿Cómo puede hacerse para que la salud, el saber, la dignidad, la independencia y el hacer creativo no queden definidos a partir del desempeño de las instituciones que afirman servir a estos fines? 

En una próxima entrega seguiré con esta reflexión, si pueden mandarme críticas, ideas, comentarios, me encantará recibirlos.


Notas:

[1] Este proceso puede verse con toda claridad en la excelente tesis de: González Ledesma Miguel Alejandro, Neoliberalismo y educación superior en México, tesis, Facultad de Filosofía y Letras, UNAM, 2010

[2] Ivan Illich (Viena 1926, Bremen diciembre 2002), aunque nació en Austria y murió en Alemania, él se consideraba mexicano, así que digo, fue un gran pedagogo y ensayista mexicano (los mexicanos nacemos donde nos da la gana), tuvo estudios universitarios y varios grados como físico, historiador, filósofo, sus estudios doctorales y sus títulos le permitieron conocer bien a las escuelas por dentro. En los años sesenta en Cuernavaca fundó el Centro Intercultural de Documentación (CIDOC), que operó hasta 1976. De todas sus obras aquí me voy a referir principalmente a La Sociedad desescolarizada que puede encontrarse en la red, y a su folleto sobre la Convivencialidad. Su tesis más importante es que la escuela no es apta para la sociedad actual, pues no se adecua a las necesidades profundas, reales, de los seres humanos y del mundo actual, la escuela en la práctica promueve la desigualdad, la competencia, y la educación se ha convertido en una mercancía que certifica conocimientos aparentemente necesarios. Los egresados en su mayoría carecen de valores éticos.

[3] Ivan Illich, La sociedad desescolarizada (México, 1985), www.mundolibertario.org/archivos/documentos/IvnIllich_lasociedaddesescolarizada.pdf, s/p

[4] Idem.

[5] Testimonios de maestros de primaria, estudiantes de las maestrías que ofrece la Universidad Pedagógica Nacional.

[6] Según testimonios de estudiantes de la maestría en innovación en la escuela que dan clases en videobachilleratos.

[7] Hornedo, Braulio, Ivan Illich. Hacia una sociedad convivencial, Cuernavaca (México), verano de 2002. http://habitat.aq.upm.es/boletin/n 

[8] Gorenc López Jadzia, de su muro en Facebook.


* Esta es una colaboración del Colectivo Miguel Hidalgo de Celaya, Guanajuato, al que pertenece la autora.

[email protected]

Foto de portada: Kyo Azuma (@tokyo_boy) / Unsplash.






Luis López




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1 Comentario

el 07/10/2020

Muy buena reflexión!
La creatividad y la innovación es ahora más importante que siempre. Que iluminen a los maestros que si quieren propiciar y estimular el aprendizaje.



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