SOMOSMASS99
Graciela Messina* / SomosMass99
Jueves 25 de septiembre de 2025
Viernes en la noche. Leo en la cama, experiencia que me lleva a viajar, en compañía de recuerdos y asociaciones dispersas, caprichosas, que llegan y se van. El día antes fue el taller de narrativa, un espacio de dar y recibir, que me dejó volando.
Entonces, sin ser invitada, arriba la escritura impetuosa, así nombrada por Elena Ferrante, esa escritura que no se convoca, y se va sin avisar, plena de experiencia, potente, opuesta a la escritura escolar. Con esta inspiración que se impone, garabateo unas notas sobre el temblor y las dejo estar, sin saber qué haré con ellas. Tampoco me pregunto por qué el temblor. Después, paso dos días entre citas con la narrativa: caminatas callejeras, encuentros con los libros y con las producciones del cine, el museo y el tianguis. La sensación de estar en casa, siempre.
El domingo en la noche retomo las notas, sin terminar de entender por qué escribí sobre el temblor. Al mismo tiempo, me llegan ideas, personajes, imágenes…primero las palabras recientes de Fernando Stivala en su taller, hablándonos sobre el temblor, luego reviso mentalmente su artículo, “Escuchar el temblor. Anotaciones en (la) tribu”, y el prólogo que me envió de un libro recién publicado, “El temblor de las ideas” (Diego Sztulwark). Esta constelación de relatos me lanza hacia “Temor y temblor”, (Kierkegaard), a imágenes de la Tempestad, inmortalizadas por el cine, a Kierkegaard lector de Shakespeare, quien a su vez recuperó historias bíblicas que remontan a Abraham. También arriba la figura de Héctor Fenoglio, amigo que trascendió, coordinador del taller de La Puerta (Buenos Aires), con su amor por Kierkegaard, que lo llevó a crear una Asociación dedicada a su estudio.
A partir de estas referencias juego con el vínculo entre el temblor y su opuesto, lo firme, con la relación entre un movimiento inquietante, dislocador, tan frágil como poderoso, versus lo fijo, la certeza, el sostén; veo la frontera entre dos territorios, el mar adentro y la tierra firme. ¿Quiénes tiemblan? El que tiene miedo, el que tiene frío, el enfermo, el consumido por la fiebre o una sustancia adictiva, el rendido de cansancio, el que sufre hambre, el que ve la muerte tan de cerca, los frágiles, las víctimas, el que regresa del campo de concentración o de la guerra, el que se va al exilio, el migrante, el que encabeza el éxodo. Ellos señalan una dirección, transitan por el temor, a veces llegan a otra tierra.
Mientras me sumerjo en estas reflexiones dispersas, el temblor me toma de la mano y me lleva… al terremoto, a ese momento donde el tiempo se suspende. Los recuerdos llegan desde un lugar que no estaba a la vista, un espacio de la memoria que se va abriendo, en la medida en que salen a la luz del día. Los recuerdos del 2017 son más nítidos que los del 85, las huellas de las huellas. Mi experiencia en estos terremotos está ahora ante mis ojos. El ruido, la corrida, el miedo, la sensación de que esta experiencia la vivo sola, ese rugido que no calla, el tiempo tan largo del temblor, las palabras que se susurran o se gritan, “está temblando”, el alivio, la explosión de solidaridad, la decisión de salir a la calle, la disposición a ayudar, junto con tantos otros, que de golpe nos hermanamos en torno a un objetivo común, perentorio, salvar la vida.
Con tantos años de vivir en países sísmicos, Venezuela, Chile y México, me tocó ser parte de dos de los grandes terremotos de América Latina… y la libré. Viví la angustia del instante, seguida de la presencia de una comunidad abierta a recibirme. Por el contrario, mi mundo en torno se dañó, en muchos niveles; salió a la luz que las 1600 costureras muertas en Ciudad de México en el 85 no pudieron salir porque trabajan encerradas, en condiciones de trabajo esclavo. Todavía hoy en Ciudad de México, permanecen terrenos baldíos donde no se ha vuelto a construir, donde la reparación no ha tenido lugar. Más fuerte aún fueron las transformaciones en las maneras de habitar y conocer; como a los terremotos se unió la pandemia, se aceleraron procesos de distanciamiento social, gentrificación, digitalización, aislamiento. En los intersticios, la comunidad, el pensar propio, las ganas de ser con el otro.
Ciudad de México, Roma Sur, 2017, el terremoto me encuentra al mediodía, escribiendo, demorándome por la terquedad de dejar el texto archivado; cuesta caminar, el piso se siente para arriba, salgo como trepando, en un tiempo lento, la calle llena de gente. En el atardecer, cuando regresa el wifi, llega el mensaje angustiado de un amigo cercano: “perdí la casa…”; sin dudar, salgo para allá, ya está oscuro, no hay luz en las calles, no siento miedo, me alumbro con el celular, en una caravana improvisada, con una vecina amiga y otro desconocido que se ofrece a ir con nosotras; el edificio se ve bombardeado, sus habitantes siguen parados en la vereda de enfrente mirando estupefactos; abrazo a mi amigo, sin palabras; y sigo la ronda, hay varias destrozos a la vista, polvo en las calles, llego a La Condesa, me pongo en una cola a sacar escombros y luego en otra, cerca de Viaducto; está el silencio que se impone, pero el entusiasmo y el compromiso llena el aire, muchas chicas, muchachos, familias, gente de todas las edades, todos somos uno. Regreso a casa horas después y las réplicas pesan menos, algo cambió en la ciudad, en el mundo.
Santiago, Chile, 1985, el terremoto me agarra en la Reina Alta, en bicicleta, demorada por esas buenas coincidencias, conversando en un jardín, un suelo que se mueve como si fuera de papel, igual que la casa, que se ve de cuento de hadas, amigas tomadas de la mano, como haciendo una ronda para no caer, los perros entre las piernas; por un pelo me salvo de haber bajado por una calle empinada, en la bici, que me hubiera llevado casi seguro a una caída fuerte y solitaria. En la noche ya en casa, las réplicas, la ciudad oscura y silenciosa.
Estos recuerdos se hicieron presentes junto con la idea del temblor como forma anarquista del pensamiento, una dislocación, una resistencia, un deseo que se mueve buscando la irrupción y el cambio, lo otro, la puerta. Stivala nos invita a atravesar, a explorar el temblor, en vez de negarlo, nos conmina a “la firmeza de insistir en pensar sobre lo que nos hace temblar” (2025). El temblor me lleva a pensar en el balbuceo, un modo de hablar reivindicado por el feminismo; no olvidé un congreso feminista en los ochenta en Santiago, donde se reconocía el balbuceo femenino, en contraste con el lenguaje categórico, intrusivo, del saber masculino dominante. Entonces entendí mi miedo al otro, al varón, en la infancia y la adolescencia, mi afonía que iba y venía durante el secundario, mi temor a hablar, ya en la universidad, en las asambleas o en las clases, dominadas por los compañeros, las palabras que no salían, la garganta seca, esas experiencias que había sentido como personales, cuando eran parte de la trama patriarcal.
Desde este presente, comprendo que el temblor y la angustia son peldaños para crecer, que se pueden atravesar y del otro lado está esperando una experiencia de mayor firmeza y generosidad. Aún más, en un mundo donde lo comunitario se reduce, el autoritarismo crece, las jaulas invisibles se multiplican, el estupor nos envuelve y la tristeza se hace política y no sólo una emoción individual, donde Gaza está presente como un tono triste que enmarca toda la vida cotidiana, animarse a recorrer el temblor puede ser una manera de crear un nosotros, un puente entre la desesperación y el lenguaje. Una manera de que el lenguaje pare al neoliberalismo, dice Stivala. En esta manera de pensar, las cosas son como son, “ni resignación ni optimismo, ni esperanza, ni convencimiento (…) temblar para pensar” (Stivala, 2025). Siento el temblor como una forma de perseverar en la confianza, de decir no a las múltiples manifestaciones de la banalidad, el olvido y la crueldad, disfrazadas de civilización. El temblor que Kierkegaard aborda desde la pasión, como “genuinamente humana”, en particular la fe, junto con una crítica radical a las religiones y la reivindicación de la tarea generacional de entenderse los unos a los otros.
Domingo 21 de septiembre, me pongo a leer La Jornada, sin terminar de entender por qué aparecen tantos testimonios de los terremotos de 1985 y 2017. Entonces y sólo entonces comprendo que el viernes en que empecé a escribir sobre el temblor fue de nuevo 19 de septiembre. En este marco, escribir no fue una decisión consciente, sino volver a vivir, el eco de acontecimientos que me empujaron a hacer, en el lenguaje, el camino del temblor al terremoto y de allí al redescubrimiento siempre gozoso de la
solidaridad. El taller de narrativa del día antes creó las condiciones. Allí empezó a germinar una comunidad de narradores, que se preguntaban, entre otras cuestiones, para qué narrar. De mi parte, comparto con Kértesz que narramos para buscar el sentido de la vida que nos toca, para dar testimonio… ¿de qué? De qué el Holocausto sigue estando en el presente, de que nunca se ha ido. Los barracones del Lager han tomado otra forma, más complaciente pero igualmente brutalizadora, pero en nosotros, en muchos de nosotros, el dolor nos ha hecho más humanos. Kértesz afirma que sus libros no hubieran sido los mismos, si no hubiera vivido Auschwitz en su adolescencia y después la experiencia del estalinismo, en la sociedad húngara concentracionaria. “Los lazos que nos unen”, película maravillosa, juega al claro oscuro al afirmar el valor inestimable de los vínculos entre diferentes, con “cualquiera”, con el compañero inesperado, con el que golpea sorpresivamente la puerta a medianoche; también la película deja vislumbrar que la vida va preparando los lazos, que ellos son los que nos eligen, antes que ser resultado de nuestros planes conscientes; en este territorio que está naciendo, percibo que todos tenemos la posibilidad de ser parte de los oficios del lazo, de aquellos que cuidan y construyen lo común, aún a contramano. Docentes y no docentes, ciudadanos de a pie, todas, todos.
En México empieza el otoño este 21 de septiembre, anunciando un nuevo comienzo. Todavía en septiembre la gente se acuerda del terremoto, y surge el temor de que vuelva a pasar. 21 de septiembre, día de la primavera en el hemisferio sur, en Argentina, día del estudiante. En ese país, donde mi tocó nacer, donde la tierra casi nunca tiembla, son los humanos los responsables de las grandes devastaciones que se han sucedido sin parar, desde la colonia. Al mismo tiempo, la primavera sigue llegando año a año, como promesa de que el día sigue a la noche y al frío del invierno y que las almas se encuentran, como Papageno y su amada, en La flauta mágica, donde impera la alegría hecha narrativa sonora. Stivala regresa para traer a la memoria que para Kafka el libro es un martillo que permite salir del mar congelado en el que estamos. Coincide con Annie Ernaux, para quien la escritura es el cuchillo, el dispositivo penetrante que permite entender y denunciar, en un ejercicio que moldea nuestro cáliz y transforma el mundo. Queda claro el papel emancipador de la narrativa, siempre en el comienzo, en había una vez, en la disposición a “hay que ir más allá, hay que ir más allá (…) porque me juego en ello el sentido de mi existencia” (Kierkegaard, 2010:212).
Reviso el texto, comprendo que fue posible escribirlo desde la lectura, la participación en talleres, y los encuentros con los otros, la mirada entre la realidad y yo, atenta a veces y otras distraída. Entiendo, en la escritura, cómo una experiencia llevó a la otra, los recuerdos llegaron en tropel y un relato invitó a otro.
Las palabras que titulan el libro de Sztulwark, “El Temblor de las ideas. Buscar una salida donde no la hay”, quedan flotando en el aire. De mi parte, siento que estamos arribando a las tierras altas de las pasiones alegres. Spinoza nos guiña el ojo. Colorín colorado, este cuento ha terminado.
Libros, sujetos y talleres con los que dialogué:
– Annie Ernaux. (2023). La escritura como un cuchillo. Cabaret Voltaire.
– Elena Ferrante. (2022). En los márgenes. Lumen.
– Héctor Fenoglio, (2020-2022), coordinador del taller de filosofía y psicoanálisis, modalidad virtual, La Puerta, Buenos Aires, Argentina
– Graciela Frigerio, Daniel Korinfeld, Carmen Rodríguez (2024). Trabajar en las instituciones: los oficios del lazo. NOVEDUC.
– Imre Kértsz. (2007). La lengua exilada. Taurus.
– Soren Kierkegaard (2010). Temor y temblor. Fontamara.
– Graciela Messina. Taller de narrativa. El arte de reinventarse, taller virtual 2025, desde ciudad de México, México.
– Fernando Stivala (2025). Escuchar el temblor. Anotaciones en (la) tribu, en revista Lobo suelto, 6 de septiembre del 2025.
– Fernando Stivala. Taller Spinoza, Clínica de las pasiones, año 2025, taller modalidad mixta, desde Buenos Aires, Argentina.
– Diego Sztulwark. (2025). El Temblor de las ideas. Buscar una salida donde no la hay. Ariel.
* Graciela Messina es docente e investigadora, y escritora.
Imagen de portada: Estragos del terremoto del 19 de septiembre de 1985 en la Ciudad de México. | Foto: Wikimedia Commons.
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