SOMOSMASS99
Jatzibe Castro*
Miércoles 3 de marzo de 2021
Anoche soñé que regresaba, regresaba de la muerte y me reintegraba a la vida de antes. Bueno no la de antes, porque después de algunos años, la vida de quienes me habían rodeado, había cambiado. Fue fuerte y turbador, primero conocer que se podía volver, después los trámites y luego saberme otra vez acá.
Un día llegué así sin más y, al presentarme dije: aquí estoy de nuevo. No sabía qué hacer ante el pasmo absoluto de mis conocidos, sin embargo, sentía necesidad de comunicarme con ellos, por lo que decidí hablar, lo que usualmente no hacía con tanta apertura antes de mi partida. Solía ser hermético, prefería mantener mis cosas en la cómoda habitación de mis pensamientos, prefería deliberar conmigo mismo y ante la insistencia de los demás por saber de mí, me encerraba aún más y, muchas veces, me quedaba sin palabras.
Ahora era diferente, quería reintegrarme, no sabía si podría hacerlo, no sabía cómo me recibirían, si nos hallaríamos cómodos quienes juntos habíamos sido felices, no sabía si ellos, a quienes mi partida había dejado desolados, se habían acostumbrado a mi ausencia corpórea, aunque en ocasiones, unos más y otros menos, me extrañaran. Ahora, hablaría, comunicaría el porqué de mi partida y mi regreso, y lo que pasó en el más allá. Por ello reuní a mis personas importantes, para quienes yo también lo era y hablé:
Decidí partir, porque, aunque no lo crean, fue una decisión propia. Ante la situación que vivía, tenía varias alternativas: seguir luchando, enfrentar día a día aquellos tratamientos que minaban mi fuerza y valor, me hacían sentir dolor infinito, y lo peor, vivir el dolor que les causaba mi situación; o, dejarme fluir hacia lo que tocara en aquel momento… ganó la última opción.
A veces quienes tenemos fama, porque nos la hemos forjado, de ser fuertes, triunfadores y con alta autoestima, somos quienes más difícil la tenemos cuando nos ataca una enfermedad que además de no entender, nos carcome por dentro, nos va invadiendo sin que nos percatemos del todo, hasta el momento en que, por recomendaciones médicas, empieza la guerra. Por un lado, los combatientes farmacológicos, que desgraciadamente no siempre se pueden teledirigir, y por otro, el enemigo atroz, que lucha con todo su poder contra sus contrincantes y casi siempre gana. Y nosotros, quienes somos materia y alma, yacemos como el terreno en el que se libra la batalla, de la que solamente se transparenta el dolor, la paulatina fatiga, la fulminante ansia al sentir cómo se nos acaban las fuerzas, la tenacidad, las ganas de luchar.
En ese tiempo, cuando me vencía el cansancio y dormía día y noche, me encontraba en mis sueños llenos de caminos tortuosos, en los que vislumbraba el dolor y la tiniebla, y donde difícilmente veía luz. Esos sueños se fueron convirtiendo en verdades que acompañaban mi día a día, a la vez que la gente me decía: todo va a estar bien, ánimo, tú puedes, eres fuerte y valeroso, yo estoy contigo… En verdad que reconocía las buenas intenciones, el amor y la fe en mí y en todos los dioses, ángeles y arcángeles en los que suele creerse, a quienes me encomendaban y en quienes quería creer, sin embargo, en lo más profundo de mi ser, aunque conscientemente no lo quería reconocer, supe que la batalla estaba perdida, que era inminente la partida.
Durante esos últimos días de existencia en este plano, pasé por los túneles de la duda, el miedo, la angustia y además el del dolor físico que, aunque era de lo peor, no se comparaba con el del dolor emocional, porque ver y sentir el sufrimiento de los amores de la vida, la gente con la que crecí, me formé y con quienes compartía lo mejor de la vida, eso era lo más duro de la partida.
En aquellos sueños premonitorios también había uno que otro túnel con luz y alegrías, aunque algo veladas por el sufrimiento, reveladoras de que algo increíble estaba cerca de suceder. En esos túneles encontré imágenes de los instantes más luminosos de mi existencia, eran como ráfagas a la vez rápidas y profundas, que me hacían ratificar lo tanto que había valido la pena mi vida con ustedes y, a la vez, tener una sensación intuitiva de que algo me esperaba en el futuro cercano, algo que no era ni la nada ni el final, final.
La entrada a los túneles, de tinieblas o de luz, era absolutamente inevitable, primero en sueños, en la inconsciencia, pero mientras más se acercaba el momento, cada vez más en consciencia, aunque en la total incomprensión, porque nunca te preparan para eso.
Fue como si los túneles me absorbieran más allá de mi voluntad y con todo lo confuso que resultaba la experiencia, entendí que fue mi forma de andar por la vida lo que me arrastró hasta ellos, lo claro y lo oscuro de mi proceder. Cómo me costó trabajo entenderlo, especialmente respecto a lo oscuro. Casi siempre echamos la culpa de nuestras miserias al mundo. No es fácil entender que son resultado de nuestros tropezones, que suceden porque no somos capaces de fijarnos conscientemente dónde pisamos, cuál es el espacio hacia dónde va nuestro siguiente paso, con quien nos cruzamos y qué actitud tenemos ante eso, que palabras decimos o si es mejor callar.
Los trayectos en los pasadizos me hicieron pensar en mi actuar, en ellos veía, como si estuviera en una sala de cine, las cosas que me taladraban el alma. Hechos de los que no me siento orgulloso, historias que dejé inconclusas por falta de valor y decisión, momentos en que me exasperé y dije cosas duras, con rabia, sin pensar, sin percatarme del daño que hacía, o bien, silencios largos que los demás no esperaban de mí, en los que guardé mis sentimientos, mis pensamientos y algunas verdades que se volvieron martirio.
Hubo una vez en que entré a un túnel impactante, lleno de sombras y fugas de energía, veía cómo la luz se me escapaba cuando por fin identificaba su existencia y me acercaba con la intención de alcanzarla. Ese túnel, el de la inquina que tiene por dentro bifurcaciones que te llevan por sinuosos caminos que a la vez se vuelven a separar, son como laberintos insondables que no solo te pierden, sino que te van acabando de tal forma que quisieras desaparecer, tener el poder de evadirte de esa realidad que taladra tu existencia, pero es imposible, solo queda estar ahí, y enfrentarlo.
En esas condiciones, las peores conocidas para mí, cuando sentía desfallecer y más allá de la evasión tan deseada e imposible de asir, hubo una veta diminuta que brilló frente a mí, se comunicó con el último resquicio de mi entender y me hizo ver que la manera de salir de aquella encrucijada era retroceder, y por retroceder, aceptar, y por aceptar reconocer, y por reconocer comprender que me había equivocado, que hubo veces en que lo mejor hubiera sido ser humilde y pedir indulto ante el mal que, queriendo o sin querer, había causado.

El difícil adiós.
El paso por los túneles con luces y sombras fueron el preámbulo de mi partida. Lo que siguió fue más sencillo , un largo camino, no sin bifurcaciones y necesidad de decisión, con diferentes intensidades de luminiscencias y oscuridades que me alumbraban o confundían antes de continuar el camino, que seguí por inercia, percatándome de a poco, que estaba ya del otro lado, que había arribado a la siguiente existencia.
Continuará…
* Jatzibe Castro es pintora y escritora.
Instagram: Jatzibe_Castro
Fotos de portada e interiores: Jatzibe Castro.
Imagen de portada: Túneles ambivalentes.
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