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©Gaudencio Rodríguez Juárez*
Jueves 30 de marzo de 2017
En pleno siglo 21 la adopción continúa cargada de prejuicios, mitos y malas prácticas. A pesar de los avances en las disciplinas relacionadas con ésta, es decir, psicología, pediatría, psicoanálisis, neurociencias, pedagogía, derecho…, el desconocimiento del tema por parte de los y las integrantes de la sociedad sigue siendo significativo.
La desinformación en el tema conduce a malas prácticas aun de los y las profesionales; comparto algunos ejemplos recurrentes y urgentes a erradicar:
– La sugerencia del ginecólogo a la paciente con dificultades para procrear que “adopte y verá que después se embarazará”.
– El abogado que aún hoy recomienda “ahorrarse el juicio de la adopción” recurriendo al registro directo del niño a través de algún conocido del Registro Civil, eludiendo el correspondiente juicio civil.
– La maestra que etiqueta al niño que fue adoptado y le achaca los problemas de aprendizaje a la adopción per se.
– El psicólogo que de manera prejuiciosa considera que todas las niñas y niños que fueron adoptados tendrán trastornos de personalidad, aprendizaje o conducta.
– La vecina o el vecino que hace preguntas o comentarios impertinentes o prejuiciosos sobre la historia del niño en presencia de éste.
Es verdad que como sociedad mexicana hemos avanzado en el tema. No obstante, falta mucho por hacer para que las prácticas de relación humana con las personas implicadas en la adopción sean incluyentes.
Otros ejemplos cotidianos compartidos por mi comunidad Facebook.com/GaudencioRJ, a los que agrego mi respectivo comentario en aras de desmitifica:
– “¡Quién sabe qué genes traerá ese niño!”. Como si los padres biológicos supiéramos el resultado de la mezcla de nuestros genes.
– “Si los hijos de sangre a veces son malagradecidos, imagínate uno que no es tuyo”. En primer lugar, ni los biológicos ni los adoptivos son de sus padres. Las niñas y los niños no son propiedad de nadie, sino responsabilidad de sus padres y de todos los adultos que les rodean. En segundo lugar, la gratitud no viene en la sangre, sino que se introyecta a través de las identificaciones que el niño hace de los adultos que le rodean. Es decir, la gratitud es un resultado de la educación y del ejemplo que recibe de sus figuras de autoridad, nada tiene que ver con ser adoptivo, biológico, tutelado, acogido, apadrinado… En resumen, que los hijos sean agradecidos tiene más que ver con los padres que con los hijos. Estos hacen lo que ven, reproducen lo que aprenden, son reflejo de sus padres, educadores y de la sociedad donde crecen.
– “Ocultarle al hijo adoptivo la información sobre su origen y en cambio socializarla con todo mundo”. Suele suceder que cuando los padres no saben qué hacer con este tema, la ansiedad los rebasa y en algunos casos terminan por hablar el punto con familiares, amigos, docentes y demás personas cercanas al niño, mas no con éste, lo cual genera una atmósfera de ambigüedad, secreto y tensión para el niño, más aún cuando deviene en escenas imprudentes, tales como, hablar del origen del niño pensando que él no se encuentra presente, obturando el tema al darse cuenta de su presencia.
– “Si con los hijos propios se corre riesgos, no digamos con uno adoptado”. Lo propio de la vida son los riesgos. Y la parentalidad, al ser una actividad humana, viva, implica riesgos. Sería mejor que quien no desee asumirlos mejor no tenga hijos (ni biológicos, ni adoptivos, ni por ningún otro medio).
Uno de los miedos universales de los humanos es a lo desconocido. Como sociedad aún desconocemos muchas cosas sobre las implicaciones de la adopción, lo cual genera ignorancia, ansiedades y temores que traen como consecuencia malas prácticas de intervención y relación humana.
Como sociedad necesitamos acabar con la discriminación y prejuicios derivados de dicha ansiedad provocada por el desconocimiento en el tema.
Los hijos adoptivos no son un misterio, no en términos peyorativos, simplemente son niños por conocer.
*Psicólogo / [email protected]
Foto de portada: Pixabay.
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