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Crónica de un desencanto masivo

Crónicas / Sociedad País / Top News / 22/02/2016

SOMOSMASS99

 

Pablo Martínez Zárate / Másde131

San Cristóbal de las Casas, Chis. / Domingo 21 de febrero de 2016

 

INTERNET SAN CRISTOBAL (4)Los peregrinos de las comunidades indígenas de todo el estado bajaban de los vehículos vestidos en trajes tradicionales.

Salimos al umbral de las cinco de la mañana de las oficinas de la ONG que nos dio refugio. La niebla embelesía el paisaje de San Cristóbal de las Casas, el frío tensaba los músculos, la emoción por lo que estábamos por presenciar nos incitaba a apretar el paso. No era una mañana cualquiera. La agitación que envolvía al mítico poblado de altura era un susurro perpetuo flotando sobre el centro histórico, taxis discurrían por la madrugada, personas iban de sus hoteles en dirección al punto de encuentro, jóvenes voluntarios con playeras del estado de Chiapas descansaban en torno a las vallas que cercaban las avenidas principales, vendedores madrugadores ofrecían comida, bebidas calientes, souvenirs religiosos a los cientos de miles que nos sumábamos a las hileras humanas que desde el día anterior se estiraban.

El acceso sería a las seis, supuestamente. Al llegar al final de la fila que nos correspondía según nuestros boletos —Acceso 3—, nos encontrábamos a un kilómetro de la puerta de entrada. Debían ser ya cientos de miles en la zona. Camiones y camionetas de redilas seguían llegando al cruce de las dos avenidas, donde un cuerpo de seguridad cortaba la circulación en ambos sentidos. Los peregrinos provenientes de comunidades indígenas de todo el estado bajaban de los vehículos vestidos en trajes tradicionales, se adentraban en la madrugada llenándola de color. Habían también viajeros de Centroamérica y del resto de la república, al ojo vigía de policías y militares que estaban ahí para resguardar un supuesto orden (que más bien era imperceptible).

La fila crecía por segundo. Grupos enteros corriendo hasta al final, un solo lugar representaba ya una pequeña victoria, un par de pasos más cerca del sitio donde sucedería el gran evento. México es el segundo país del mundo con mayor población católica, detrás de Brasil. La visita del Papa siempre es un suceso muy esperado, del que se cuelgan los poderosos para continuar su opresión, los oprimidos para ensanchar, si no recuperar, la esperanza. Un evento así levanta los ánimos, más en tiempos como los que corren, tiempos en los que la sangre mancilla los paisajes de todas las latitudes del territorio nacional. Francisco llegó como una figura polémica, protagonista de giros notables en el discurso papal, con la promesa además de denunciar la corrupción, la violencia, dar aliento a los menos favorecidos, incansablemente pisoteados. A Chiapas llegó además con la misión de tender un puente con los pueblos originarios, reivindicar sus modos de vida en lo que prometía ser una misa única en la historia.

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“Pues no, hay miles con boleto y no todos van a entrar, ya hay mucha gente adentro».

A las seis de la mañana la ringlera del Acceso 3 ya había dado la vuelta sobre la misma calle donde estábamos, regresado hasta el cruce con la avenida de camellón y continuado sobre esta. Con la multitud, el frío también incrementaba. Algunos cantaban La Guadalupana para espantarlo, otros rezaban el rosario. Las mujeres tsotsiles, tseltales, choles, chamulas, paraban bien juntitas unas con otras, pechos contra espaldas, en un gesto que sobre algo de calor, brindaba soporte y descanso. Muchas seguro llevaban viajando toda la noche.

El reloj avanzaba, la fila no. Si acaso un par de pasos cuando algún grupo o individuo abandonaba su lugar. En una de mis rondas de documentación, aproveché para cuestionar a los responsables de los cuerpos de seguridad instalados en el cruce. “¿Ya abrieron?” “No”, dice uno. “Sí”, dice otro. “¿Por qué no avanzamos, entonces?” “Están entrando muy lentamente.” “Pues deberíamos de avanzar igual, lento pero seguro, ¿no?” “Sea paciente, hay quien llegó desde las cinco de la mañana, incluso antes.” “Sí, nosotros entre ellos, y seguimos muy lejos de la entrada, seguro habrá quien durmió aquí, ¿vamos a entrar?” “Sea paciente.” Regresé con mi grupo. No quería alejarme demasiado, con la fe de que la fila se movería pronto.

Salió el sol sobre la niebla, un halo argentino caía sobre los asistentes. La masa seguía sin avanzar. Uno de los del grupo recibió un mensaje de amigos suyos que ya habían entrado. Algo no estaba bien. Había un hombre con megáfono pidiendo que todos se alinearan, pues avanzaríamos pronto. Nada. O no tenía información confiable o simplemente buscaba calmar los ánimos, anticipar el desastre.

Volví al punto de control. “¿No han abierto?” “Sí, desde las seis de la mañana”. Pasaban de las ocho, tres horas en el mismo lugar. “¿Cómo es posible que nadie camine?” “Se estarán metiendo más adelante”, respondió el militar. “¿Cómo? ¿Ustedes no hacen nada?” “No, nosotros estamos aquí sólo por seguridad, no tenemos nada que ver con el acceso.” Efectivamente. Incluso había un grupo de federales en la esquina sobre una camioneta, indiferentes a la falta de organización, como si fueran espectadores gozosos de una espera incierta y agonizante. “Todos nosotros tenemos boletos, dice Acceso 3, ¿ésta es la fila para el Acceso 3, qué no?” “Sí, es que están dejando pasar a los de allá hasta adelante, en las puertas, aunque no traigan boletos, porque llegaron temprano.” “¿Pero el boleto es necesario para entrar, no?”. “Pues no, hay miles con boleto y no todos van a entrar, ya hay mucha gente adentro”. Discutí un poco con los oficiales. Expresé mis inquietudes sobre la cantidad de personas formadas desde temprano, sobre los recursos que habían gastado para venir hasta San Cristóbal y lo mucho que representaba para la mayoría escuchar las palabras del Papa, recibir su bendición. Parecía una mala broma. Mi esfuerzo, sobra decir, fue inútil.

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En cualquiera de los dos casos, el de la incompetencia o la estulticia, había algo de verdadera crueldad en la situación.

“Hay muchas probabilidades de que no entremos”, dije al equipo. “¿Cómo? ¿Qué te dijeron?” Nada, no me habían compartido ningún dato valioso, realmente. La más joven, reportera por parte de la radio universitaria, salió disparada con el cometido de averiguar lo que sucedía en las entradas. Mi compañero de cámara la siguió. Al cabo de diez, tal vez veinte minutos, recibimos noticias. Cerca de las cuatro entradas mucha gente se metía, grupos enteros corrían a aglomerarse en las inmediaciones de los puntos de acceso. En nuestro lugar de espera, nada de esto se veía reflejado. Todo seguía inmóvil, salvo los ánimos de la gente. En un punto, la fila avanzó de golpe, quienes descansaban a un costado pasaron de un salto a sus puestos, solamente para toparse con un alto total después de unos veinte o treinta pasos. Quedamos a un costado de un camión foráneo que expelía un hedor a orines, el cual no hacía otra cosa que acuciar la desesperación en todos nosotros. Urgía tomar una decisión. Pasaban de las ocho treinta. Dejamos atrás a cuatro mujeres que estaban en nuestro grupo (dos de la ONG que nos dio asilo, así como la madre de una de ellas y su amiga, quienes venían desde Jalisco para ver al Papa). Ellas no estaban en la misma posición que nosotros, que viajamos de la capital para cubrir el evento (dos de la radio, tres desde el audiovisual). Por esta razón, no podíamos quedarnos a llorar la ineptitud y el desinterés del gobierno: teníamos que sacar la nota.

A paso redoblado cortamos camino por calles traseras. Nos reencontramos después de varias cuadras con la fila, para este punto ya bien definida, un feligrés tras otro, todos de la mano para evitar que alguien se metiera. Avanzaban, y avanzaban a paso veloz, inclusive con pequeños trotes cada cierta distancia. ¿Cómo era posible? ¿Dónde se había perdido la continuidad? El encargado del equipo de la radio recibió un mensaje: los dos que tomaron ventaja ya estaban dentro. O nos metíamos en la fila o nos quedaríamos fuera de la misa. Un viaje de días (visitamos Bachajón y Chilón antes para realizar un par de entrevistas), arruinado no por una mala, sino nula organización. ¿O sería que estaba todo planeado, a fin de que esos cientos de miles de feligreses frustrados permanecieran en las calles, consolados con ver al Papamóvil pasar como un sueño fugaz delante de ellos, escena favorable para el pensamiento simplón y circense del gobierno? En cualquiera de los dos casos, el de la incompetencia o la estulticia, había algo de verdadera crueldad en la situación.

No había tiempo para pensar. Meternos en la fila o quedarnos fuera. Le encomendé la canallada a la productora, pequeña y ágil. Helicópteros de las Fuerzas Armadas, del Estado de México, otros sin insignias, un par de Presidencia, sobrevolaban la zona previo a su aterrizaje al lado del campo deportivo donde tuvo lugar el encuentro religioso. Cuando uno de ellos dio varias vueltas sobre donde estábamos formados, los creyentes en la fila comenzaron a ondear sus banderas y clamar la llegada del Papa Francisco. La distracción duró poco, la fila avanzaba rápido.

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Mientras, en las primeras filas, la familia del gobernador y otros afortunados, bien bañaditos y desayunados, quitados de la pena.

Pasamos una puerta, ya cerrada. Llegamos al Acceso 3, también bloqueado. Sólo quedaba la última puerta abierta, un grupo de unos veinte llegó corriendo sin respetar la fila, la señora delante nuestro se detuvo a reclamar y la línea se rompió por completo, la masa se disolvió en una estampida humana desplazándose con dirección a la entrada; hombres, mujeres, niños, ancianos, todos arrastrábamos las piernas como pudiéramos, yo sacando cámaras entre la masa enardecida, gritándole a la productora que ahí iba detrás de ellos, que tenía que filmar aquello, sin perderlos de vista, seguimos desbocados hasta cruzar la primera barrera donde los del comité de organización y de seguridad sólo miraban, entre risas nerviosas, a los que desfilábamos delante suyo. Pasando este primer punto de no-control, bajamos un poco el paso para tomar un respiro.

La segunda barrera consistía de una serie de detectores de metal, unos veinte, que resonaban al cruce descontrolado de los asistentes. Los policías ahí instaurados si acaso quitaban palos de las banderas, ni verificaban boletos, ni abrían bultos o mochilas. Los arcos chirriaban a nuestro paso desenfrenado, los rostros denotaban confusión, aunque en su mayoría alivio: después de todo habíamos logrado entrar, habíamos vencido la ignominia del gobierno estatal.

Avanzamos como ganado por unos doscientos metros, a la derecha una cerca de púas, a la izquierda un canal artificial. Cruzamos por un puente estrecho que se alzaba sobre el canal para ingresar a la esquina noroeste, la más distante del templete, junto a una de las zonas de baños. Desde ahí logré filmar la llegada del Santo Padre, que serpenteó la muchedumbre sobre el Papamóvil antes de llegar al altar donde daría la Santa Misa, rematado detrás por una escenografía más bien fea que evocaba la catedral de San Cristóbal. Después de su llegada, propusimos seguir a los tantos otros que estaban pasándose por debajo de las púas en busca de un lugar mejor. Seguí con lo que me tenía ahí —filmar—, sin lograr deshacerme del todo de la imagen de las decenas de miles, tal vez cientos de miles de peregrinos que quedaron fuera, todos aquellos que no sólo perdían la ilusión, sino también muchas horas, energía, dinero que no para pocos había representado un sacrificio.

Mientras tanto, en las primeras filas, la familia del gobernador y otros afortunados, bien bañaditos y desayunados, quitados de la pena, disfrutaban de una ceremonia dedicada a todos esos pueblos recios que tanto asquito les dan, prestando seguramente oídos sordos a la homilía, donde esa holgura definitoria de su estilo de vida era destrozada por las palabras de un Bergoglio cansado, a quien le era imposible luchar contra esa hidra grotesca que es la clase poderosa de este infierno mexicano.






Luis López




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