SOMOSMASS99
ÚLTIMO PISO
Gwenn-Aëlle Folange Téry*
Lunes 20 de agosto de 2018
UMBRA
Cordero de Dios:
¿Hacia dónde debo ir?
El asfalto no revela los secretos del miserable;
no hay semáforo que susurre
verdes o amarillos atajos para la angustia,
y el conejo en la luna
llora en sintonía con la rabia.
Oí decir al procurador que una bala,
hizo su nido en el cráneo de una inocencia
y le van brotando mil versiones
a los hombres de la ley
y tus ángeles andan por ahí con chaleco antibalas
y también están tratando de entender
el origen de tanto mal
y también quisieran irse.
A veces siento que somos aquellos a los que
la voz les fue extirpada con pólvora.
Cordero de Dios:
No.
No.
NO.
Tiene que ser mentira.
Cordero de Dios:
Ya es medianoche,
¿tú también estás llorando?.
Cordero de Dios:
Nos dijeron que los sueños se cumplen,
pero los ancestros no mencionaron
el alumbramiento de las pesadillas.
Cordero de Dios:
Los diablos están en la tierra,
usan traje y corbata,
hacen como que buscan
y como que encuentran
y como que les duele
y como que consuelan
y las excusas les huelen a mierda…
Se están burlando
de todos.
Cordero de Dios:
¿En dónde sepultaron a nuestros hijos?
– De José N. Méndez
Poeta contemporáneo mexicano
De Dioses y humanos
Soy una mujer violenta. A veces se me nota, en la mirada.
Pero ya no en los actos y ya poco en las palabras.
Fui de las que golpean, cachetadas en general, de las que podían pisar fuerte algún pie estúpido y gritar cosas terriblemente dolorosas para quien las oía.
Sé que no me crees. Sé que piensas que soy de las que se creen mucho al teclear barbaridades a toda velocidad pero que serían incapaces de defenderse en una agresión física.
Para empezar era fuerte, mucho. Podía levantar cualquier cosa y una vez, lanzar tabicones por encima de una barda, nomás porque me estorbaban. Podía levantar a alguien chaparrito con una sola mano, y pegarle con la otra. No es broma, ni caricatura. Es. Pregúntenle al chaparro en cuestión.
La última vez que golpeé a alguien, con ganas de lastimar, fue por ahí del 2003.
La última vez que le grité a alguien, en vivo y con ganas de lastimar, fue en el 2008.
Por escrito todavía soy bastante antipática a veces. Y violenta, sí. La intención es raramente lastimar, pero parece que sí lo hago.
Dos veces en mi vida tuve ganas, casi irresistibles, de matar a alguien.
La primera no lo hice, porque estaba tan enfurecida que habría sido sangriento el ataque. Con coche o con mi machete, el que guardo cerca de la cama por si entra un ladrón. Y la verdad me dio asco. Asco la sangre que no había derramado aún. Asco tocar a la persona en cuestión.
Asco. Asco. Asco.
La segunda vez, me detuvieron las consecuencias. La ley. Ir a la cárcel. Dejar a los hijos, chicos todavía. Convivir con otras asesinas. Me dio miedo.
Esas dos personas siguen vivas, creo, y no supieron.
Pero yo sí.
Y hoy que José me manda su poema, me estremezco.
Porque lee la misma violencia que yo alrededor nuestro, aunque él hable de sacos y corbatas, y yo de mí.
Porque entiendo la violencia, porque la siento dentro de mí. Porque sería tan fácil actuar. Ser como son tantos.
Intento entender.
Si no les detiene el miedo a las consecuencias, ¿es porque no las hay? ¿Es porque la ley no se aplica, o no a todos ni de la misma manera? ¿Porque tienen amenazados a presidentes municipales, a gobernadores y tal vez, hasta a diputados, senadores y presidencia, léase a los de traje y corbata? –Cordero de Dios– ¿O porque esos mismos, al ponerse el saco o los zapatos de tacón, son iguales? ¿Porque nadie les pega en la punta de los dedos con una regla?
¿Porque su mamá no les deja de hablar cuando llegan chorreando sangre ajena?
¿Por qué su mujer, su esposo, no dice nada al recibir joyas y relojes?
¿Si no hay consecuencias funestas, por qué no dejarse ir, – Cordero de Dios– y matar para obtener lo que les antoja?
Matar al chavo de la tiendita porque no vende lo que quieren ni como lo quieren. Y luego, sacarle los ojos. Enterrarlos en algún terreno baldío, o dárselos al perro, que coma rico, que los haga tronar bajo sus dientes. No sé cómo suena un ojo al estallar, pero sí he oído fauces de perro cerrarse de golpe sobre algún hueso.
Cordero de Dios…
O violar a la niña que pasa frente a ellos en la calle. Oír sus gritos y recordarlos con satisfacción a la hora de hacer el amor con quienes sean sus parejas. Digo, porque con la pareja no es violación, es amor. Cordero de Dios. Pero se vale cerrar los ojos y pensar en otras piernas, y en sangre, y en dolor, caray qué chicas son las vulvas de niña, y gritar también, nomás porque sí y porque ya se vinieron.
Y es claro que el asco al tocar piel y calor de otro no les detiene.
Asco se ha de sentir al abrir panzas blandas y al sacar los intestinos, llenos de alimento procesándose, llámese caca, traigan al perro, se necesitan sus fauces.

Asco al despellejar una cara, al verter ácido sobre dos piernas aún calientes, de calor vital, al descubrir el hedor que despide la carne al crepitar en un tambo.
Asco al llenar un piso de sangre, la fiesta se acabó, o al romper vidrios y abrir portezuelas a balazos.
Cor – de – ro – de – Dios
Entiendo la violencia.
Pienso que el ser humano es violento, que así es el animal que camina erguido.
Desde tiempos inmemoriales, se ha defendido de fieras y de intrusos. Y ha atacado fieras e intrusos.
Desde el famoso mamut del Museo de Antropología, hasta los campos de la muerte de la Segunda Guerra Mundial, pasando por los bárbaros jugando pelota con bebés o por los príncipes contemplando batallas desde una colina tranquila.
El olor a pólvora nos seduce, – Cordero de D—s-, las ganas de ver sangre también, no me digas que no, mientras no seamos ni responsables ni quienes sangran.
“Frena, déjame ver quién chocó… Los vecinos se están peleando, déjame oír… Se están agarrando a putazos, quiero ver.”
Tal vez, en ciertos tiempos y en ciertos lugares, las guerras y enfrentamientos hayan servido para dar espacio a esa violencia interna. Ya matados o torturados los enemigos, no era tan fuerte el impulso por dañar a otros. El hambre de poder, de poseer se saciaba en los saqueos, y en las violaciones. Tal vez, si mandáramos a los narcos a vivir a Siria, se les quitara el sadismo, o lo externarían menos. O los mataría una bomba, de ésas que nadie mandó, nadie supo.
Tal vez.
Luego, no estamos ayudando, nosotros como sociedad, tú y yo, sí.
¿Cuánta película gringa de violencia vemos en nuestro país? ¿Cuánta serie enalteciendo a los narcos? ¿Cuántas series en las que la sangre artificial se ve muy real?
¿No es esto ponernos una coraza de dureza e indiferencia hacia la violencia real, la de nuestras calles y casa? No digo que se nos dé la imitación, no lo veo por ahí. Lo veo como una corteza que nos va creciendo encima y nos impide ver la barbarie que vivimos, bajando su estatus al de eventos cotidianos. C-r-d-r- de Dios Onda el que come tanto chile que ya nada le sabe, se le duerme el paladar, se nos duerme la conciencia…
Y entonces además de violencia, se abre la puerta al sadismo durmiente.
También, el barniz que se nos echa encima desde que tenemos conciencia, por padres, abuelos y padrinos, y que luego vamos puliendo nosotros, No digas eso, No pienses así, Cállate, Deja pasar, Sonríe aunque quieras morder, Sonríe aunque quieras llorar, Sonríe aunque dientes ya no tengas…
Desde que nacemos nos enseñan cómo ajustar nuestro ser para encajar en la sociedad. Nos enseñan que la diferencia es mala, nos enseñan a hablar así o asado, a saludar, a pensar como borreguito, a no ser nosotros. Cordero de dios. No hay escape para el vapor que se acumula en nuestro interior. Vivir en sociedad nos pone una capa muy gruesa de civilidad, y entiendo que cuando tronamos, la explosión sea máxima.
Y que le abramos la puerta al sadismo, más, queremos más, siempre, más zapatos, más comida, más viajes, más lana, más sexo, más drogas, más placer, más sangre, más sangre, más sangre.
Surge a borbotones de nuestras ganas de sentir algo. Agarramos con las dos manos al que vamos a matar, queremos sentir su miedo y nuestro poder. Por eso el cuchillo se encaja tantas veces, por eso castráramos a los hombres y violamos a las mujeres, por eso descabezamos al tipo de al lado, por eso tiramos cuerpos a media calle. Porque queremos. Porque podemos.
Somos Dios, decidimos de la vida o muerte de otros, de todos.
Dioses, con mayúscula y en plural.
El cordero pierde.

Y nos hemos acostumbrado, -cuánta coraza llevamos encima, con razón nos ahogamos-, nos hemos acostumbrado a no voltear a ver al mendigo en la calle, a la señora de mil años vendiendo sus tortillas hechas a mano afuerita del tianguis, adentro no se puede señito, hay que pagar. Nos hemos acostumbrado al listado de muertos que sale en la tele, al de desaparecidos y a los nuevos habitantes de nuestros semáforos, los hondureños o guatemaltecos, intentando llegar a la frontera.
Si a mí ya no me duelen como antes, ¿qué va a sentir un sicario, un narco, un señor harto de la señora, un chavo que quiere tenises nuevos o una adolescente que sólo respira si se siente amada…?
La sangre ajena, la de los noticieros no nos llena tanto de horror como antes. Aunque la rabia sigue, no se trata de indiferencia, sino de algo como acostumbramiento. Como el rollo de la rana que le van calentando el agua de a poquitos, y luego acaba siendo platillo principal en la mesa del narco mayor.
Tal vez, claro, sea un modo de protegerse. No se puede, no se debe vivir con tanto pinche miedo.
Pero para algunos, pienso que es como irle poniendo más y más teflón a la consciencia, al asco, al respeto de la ley… O a la no-consciencia, al no-asco, al no… A la impunidad.
Entiendo esa parte de Si puedo, ¿por qué me aguanto?
Pero el sadismo no me cuadra. Lo imagino pero no lo comprendo. Porque se matan entre desconocidos. Por manda o por deber, por trabajo pues. No hay odio acumulado o miedo, vamos, no hay pretexto para hacer sufrir al pronto occiso.
Si yo hubiera matado a esas dos personas, no creo que habría sido sádica. Asco, repito, asco.
O tal vez no quiera creerlo. Tan buena que soy, ¿verdad?
Somos inteligentes. Una de las razas más inteligentes del planeta según los estudiosos del hecho. Y claro, al ser tan listos, no se nos ocurre nada más matar por comer, matar por defendernos, o matar por sobrevivirle al Otro.
No, matamos por gusto. Y entonces regresa lo de la sacada de ojos, que no te voy a repetir.
soiD-or-ed-roC
Aunque yo no veo a los delfines comerse los unos a los otros, ni tajar largas lonchas de carne en el vientre de sus parejas.
O son realmente más inteligentes que nosotros, o no tienen tele.
Y me quedo corta.
Porque no soy socióloga, ni psicóloga, ni mucho menos agente del INEGI para poder preguntar si además de la licenciatura, el joven de la casa ha matado a alguien o si su hermana es narco o si la colección de fusiles es de a deveras.
Porque sólo soy yo, una señora de 54 años que trata de entender.
Porque si no lo logra, tendrá que admitir que los seres humanos son atroces cuando se dejan ir. Así, sin razón especifica.
Por vil antojo.
Cordero de Dios…
* Gwenn-Aëlle Folange Téry es pintora y escritora.
Fotos de portada e interiores: Pixabay.
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