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Notas de un colonizador

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Víctor Corona*

Lunes 20 de agosto de 2018

 

Llegué a Barcelona en 2004 cuando había trabajo en todas partes.

Cuando no te pedían ni papeles ni hostias.

Llegué en avión como muchos otros latinoamericanos.

Yo venía desde México, pero podría haber venido desde Quito, Guayaquil, o Santa Cruz.

Importa poco.

Descubrí que había otra lengua aparte del castellano (como le dicen al español aquí).

Como muchos de los inmigrantes que llegaron a España yo tenía una historia detrás de mí. También tenía, por decirlo de algún modo, una formación.

Lingüística.

Peor aún, sociolingüista… pero esto aún no lo sabía.

Tenía 24 años y estaba dispuesto a hacer cualquier trabajo.

Aproveché la facilidad que había entonces y me inscribí en la universidad para hacer un doctorado.

Contrariamente a mi país, aquí era fácil acceder.

Me recibieron muy bien. Pero el trabajo y los estudios eran difíciles de combinar.

Eran los tiempos cuando llegaron Ronaldihno y Rafa Márquez, otros colonizadores como yo, aunque con mejor suerte.

Ellos llenaban de alegría a muchas personas y yo torturaba a mis clientes con los peores cafés servidos por el peor camarero de Barcelona (título que me otorgó el señor Manolo, un andaluz antes conquistador ahora conquistado).

El Barça de Guardiola lo ganaba todo y yo también, a mi forma, avanzaba.

Conseguí una beca de la Generalitat (gobierno de la Comunidad de Cataluña o Catalunya como mejor les parezca) para hacer un estudio sobre la relación entre el aprendizaje del catalán, o no aprendizaje, en el fracaso escolar por parte de latinoamericanos.

Sí. Aprendí el catalán sin darme cuenta.

El catalán se convirtió en una lengua cercana para mí.

Aunque muchos se negaran a hablarme en esta lengua.

O más doloroso, que compatriotas mexicanos me vieran como traidor por hablar un idioma que no era mío.

¿De quién es una lengua?

Los jóvenes que participaron en mi investigación no hablaban nunca en catalán aunque lo sabían mejor que yo.

Me decían que no les quedaba bien en la boca.

Pero ahora, al pasar los años, tienen hijos y hablan en catalán y castellano con una fluidez que da alegría.

No obstante, a muchas personas aún les pone a mil La muerte del catalán.

Mi trabajo como investigador pero sobre todo, mi vida en Barcelona, ​​me ha permitido ver que una lengua y otra se encuentran imbricadas como las personas.

Que por suerte no se distancian o separan para hablar una lengua u otra.

Mi compañera es catalana y mis hijos nacieron en Barcelona y les hablamos en castellano, catalán o francés, pues vivimos en Lyon más de dos años…

¿Qué hay de especial en esto?

Absolutamente nada, estoy de acuerdo con ustedes.

Las escuelas públicas de Cataluña están llenas de esta diversidad y de estos intercambios al día a día.

La escuela concertada (una especie de escuela privada medio subvencionada por el estado) no lo sé. Debería preguntar a la gran mayoría de mis amigos catalanes que envían a sus hijos a estos centros por miedo a que pierdan el catalán por culpa de nosotros,  los que colonizamos.

Toda esta historia de la oficialidad de las lenguas y de la independencia, todo ello, me tiene demasiado fatigado.

Mis amigos catalanes me dicen que porque no soy catalán y no lo entiendo.

Yo ya no lo sé.

Pero ahora con este debate, del que incluso cuando viví en Lyon me costó separarme de él, siempre me he sentido un poco herido…

Herido quizás es un poco fuerte, pero sí un poco tocado.

No tanto por mí, sino por todas las personas que han venido de América Latina o de otros lugares, con trabajos duros y con situaciones difíciles que me encontraba en el las escuelas para adultos de catalán, haciendo esfuerzos para aprender esta lengua.

Gente que no ha abandonado, a pesar de la crisis y a pesar de la discriminación.

Y ahora hay quien nos llama colonizadores involuntarios.

Colonizadores porque con nuestro español seseante, aspirante de eses, lleno de bacanos, joeputas, duraznos, aguacates y mangos, teñimos de tintes marrones la resplandeciente blancura del catalán.  

Entonces.

Yo, que amo tanto al catalán que sin serlo, sin haberlo pretendido, lo he posicionado en mi ser como mi lengua, de la misma forma que al español cashano de Baja California que sólo me quedan ganas de decir una cosa:

Váyanse todos a la chingada.


* Víctor Corona estudió Literatura Hispanoamericana en la Universidad de Guanajuato, México, y el doctorado en la Universitat Autònoma de Barcelona, España. Actualmente es investigador en la Universitat de Lleida.

Foto de portada: Residencia Universitaria Sarrià.






Luis López




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