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ÚLTIMO PISO
Gwenn-Aëlle Folange Téry*
Lunes 5 de noviembre de 2018
Es imposible ya reír
sin que nos sangren los labios
porque nos acordamos
de los caídos por balas ciegas,
de las muertes que pintan de púrpura
las flores y que manchan la música
de esta tierra que no duerme.
«Muertes que pintan de púrpura las flores»
– José Luis Calderón Vela (Fragmento)

Gwenn-Aëlle por Gwenn-Aëlle.
Hace unos diez días estuve en Salvatierra. Pueblo mágico, tantito arriba de Celaya, tantito a la izquierda de Irapuato.
Llanos majestuosos, cielos inspiradores.
Éramos cerca de 200 personas, reunidas para un encuentro de escritores: poetas, cronistas, cuentistas, historiadores… Bueno, el género que se te ocurra.
Compartimos cazuelas de guisados, sillas plegables y hasta cuartos de hotel bajo el sol y bajo la lluvia, torrencial.
Cada uno de nosotros se puso de pie frente a los demás y leyó. Un texto, un poema, un cuento.
Escuchábamos y comentábamos. Mucho.
Fueron tres días, uno de inauguración, discursos y coro de chavitos, asistencia vestida de gala, y luego dos de descubrimiento del trabajo ajeno, del sentir ajeno.
México entero estuvo ahí, entre las miradas de cada uno. Escritores viajaron desde Matamoros, desde Tapachula o desde Cancún. Desde Irapuato, Toluca, Morelia y más.
Poco a poco fue creciendo la imagen del encuentro, cual humo de copal, emergiendo de nuestras palabras.
No sé, claro, qué vieron los demás.
Yo vi a la Muerte. La mía, bretona, el Anku.
Ella no es como la Huesuda de acá. Es seria. No tenebrosa, sólo seria. Va vestida siempre, o mejor dicho, cubierta. Usa un abrigo suelto, oscuro, con capucha. Podría pasar por fraile de los antiguos si no fuera por lo que es. Su mirada, su silencio la delatan.
Acostumbra llegar a las comidas familiares y sentarse en algún lugar vacío. Otras veces, aparece en un camino, sobre su carreta. Y otras, en mi familia, entra a las recámaras y se sienta sobre la cama del próximo difunto.
Tiene mil maneras de avisar que ya es tiempo.
En las sombras que se elevaron sobre nosotros, el Anku tomó lugar. En silencio.
Nos miró.
Ella viene de lejos, de un lugar en el que la bruma, el granito y el mar oscuro ofician una sinfonía de colores muy diferente de las de México. No es extraña a lo que pasa aquí y la cantidad de flores que había, nuestras blusas coloridas y nuestras cazuelas le recordaron los panteones que ha visitado en México, las flores regadas en los Campos Santos y la personalidad de la Flaca que por aquí pasea.
El Anku y la Huesuda tienen el mismo oficio, la misma guadaña, y han aprendido a respetar sus diferencias. Pero lo que está pasando en México es inconcebible y el Anku lloró, la vi.
Lloró porque nos escuchó. *Con nuestras palabras retumbaban balazos y caían casquillos. Con nuestras palabras, caían flores blancas marchitadas sobre el asfalto. Con nuestras palabras vibraba una violenta desesperación.
Todos, cada quien a su manera, pedíamos Paz.
Pedíamos, de pie, un chance de regresar a los tiempos en los que caminar solos por la calle nos era grato. A los tiempos en los que la Parca venía por nosotros con calma, canciones, mariachis y tequila. Un chance de morir porque es tiempo de hacerlo y no porque a algún chavillo se le ocurra balear a quien pase frente a él.
El Anku no juzgaba. No es algo que ella haga.
Tampoco tenía intención de castigar o de defender a nadie. No es algo que ella haga.
Sencillamente, apareció. Y de alguna manera, compartió miedos, fuerza y voluntad con nosotros.
La Catrina por allí andaba también, pero iba más ligera, así como es ella. Andaba en la fiesta, los aplausos y las miradas brillantes.
Como el Anku, se sentía parte de los Vivos, a su manera.
Y como el Anku, desde hace un tiempo, se siente afligida. No sabe si precipitarse a los panteones o rondar por las fosas clandestinas. Corre, regando flores de cempasúchil por los caminos de tierra, polvo, sangre y a veces en el asfalto, como las flores del poeta que gritó su rabia.
Terminó el encuentro.
Usé, la última noche, flores en mi pelo, jugué a ser Catrina. Juego nada más, porque para mí, el Anku es la que manda.
Terminó la fiesta, el convivio, y regresamos todos a casa. Intercambiamos fotos y hablamos, poco, de ese curioso sentimiento que nos invade al final de todos nuestros eventos.
Terminó el guateque emocional e intelectual.
Terminó.
Por las noches, en Salvatierra, se oye el tren. Pasa tres veces y avisa con todos sus silbatos, humos y motores que ya viene.
Las tres noches que dormí allá, hubo balaceras las dos primeras. Después de la tercera, amaneció un hombre muerto, asesinado.
A ese señor, seguro lo acompañó la Flaca, vestida de amarillo, rojo y verde, usando su sombrero de velo negro y plumas y sonriendo, organizando tertulia y dando la bienvenida a los vivos de ayer.
A mí me acompaña el Anku. No se ha despegado de mí.
Y a México, se lo lleva por delante la Tiznada.
O la Calaca
Ti
Li
Ki
Fla
Ca
[1] Las palabras de estas líneas están fuertemente inspiradas en poemas que escuché en Salvatierra.
* Gwenn-Aëlle Folange Téry es pintora y escritora.
Imagen de portada: Campanarios de la parroquia de Nuestra Señora de la Luz en Salvatierra, Guanajuato.
Fotos de portada e interiores: Gwenn-Aëlle Folange Téry.
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