Breaking

Mi tío

Crónicas / Para Ver, Oír y Comer / Sociedad Global / Sociedad País / Top News / 05/11/2018

SOMOSMASS99

 

Víctor Corona*

Barcelona, España. / Lunes 5 de noviembre de 2018

 

– Lo que tú escribes son crónicas.

– No son cuentos.

– No son historias.

– Son estampas.

– Es literatura ligera.

– No es nada. Son recuerdos, pretensiones artísticas. No son nada.

 

Mi camarada Ismael me quiere.

Yo lo quiero.

Puedo decir que nos queremos desde la profundidad de la memoria.

Esa que nos mantiene conectados aunque la distancia nos haya puesto a cada uno a ¿cuánto? 12 ó 13 mil kilómetros de distancia.

Eso y un océano.

Los océanos son siempre importantes.

Pues eso, el Ismael me lee.

Ismael es uno de los vatos que he conocido en mi vida que más ha leído.

Y he conocido a mushos vatos y morras que han leído un shingo.

Pero cuando digo un shingo es un shingo.

En total, todos mis compas deben haber leído las historias más shilas del universo.

Las palabras más bellas.

Los amores más profundos.

El Ismael me dice siempre que lo que escribo forma parte del dolor del exilio.

La nostalgia que nos queda irremediablemente a todos los que nos vamos.

 

– Pinche Victor, me dice con su acento cuevanense, con qué poco te agüitas.

 

Y yo le doy la razón.

Todo esto no es más que una padecería de fotos mal cortadas.

Ocres. Muy ocres.

La reconciliación con las palabras.

Esas que cuando éramos morros pensábamos nos rescatarían de la tristeza.

No de la pobreza pero al menos de la tristeza.

 

Y yo voy caminando por estas calles.

Las que me toquen.

Donde me pongan.

La mayoría de las veces me da igual.

Porque como diría mi compa el Randy.

Estoy pero no estoy.

 

Uno anda en sus curas supuestamente serias.

Ser investigador en la universidad.

O al menos parecerlo. Parecer listo.

Tener ideas de listo.

Escribir cosas de listo.

Leer cosas de listo.

 

Y con los morros aún más.

Ser serio.

Educarlos.

Morro lávate los dientes.

No puedes llevar juguetes a la escuela.

Está mal reírse de los que se caen.

No grites.

Come bien.

Di por favor.

Di gracias.

Ser padre pues.

 

Yo muchas veces ando en estas curas

Pero no estoy

La verdad es que no estoy

hay recuerdos que se me clavan.

Mashín.

Como espinas de biznaga.

Como espinas de saguaro.

O de cardón.

¿Qué no son lo mismo?

 

No sé donde leí o escuché

Seguramente lo escuché en la radio

Que las personas somos trozos de la raza que vamos conociendo

Las que queremos y las que no.

 

Yo era un morro muy inquieto

Muy hablador

Como dicen en mi familia

Un pinshi shamaco insportable

Y muy orejón.

 

Todos me sacaban la vuelta. Es decir, cuando era muy morrito no porque igual todos los shamacos a una edad son curiositos. Pero después de los cinco o seis años perdí ese encanto.

 

Siempre tuve la sensación que molestaba. Poca raza me acoplaba a sus ondas. Me acuerdo que hubo una época en la que mi mamá me servía la comida aparte. Ponía muy nervioso a mi jefe.

Pero como diría el maestro Carballido, esa es otra historia.

 

Entre toda la gente que yo podía conocer a los seis años tuve la suerte de tener un tío.

Él tiene un nombre pero siempre le he llamado tío.

Mi tío.

 

La memoria es bien tramposa, sobre todo con los años y con la distancia.

Me acuerdo de aquellos años en los que vivíamos cerca de la playa.

Con las historias de maremotos y desastres que, en lugar de hacernos vivir el placer de estar al lado del mar, nos condenaban a vivir con miedo.

Ese miedo que da oír las olas romper como la respiración del asesino.

Y la brisa. La brisa era el aliento.

 

Me acuerdo esos días jugando con mis carnales. Imaginándonos figuras en las nubes. Y por las noches, intentando contar estrellas o descubrir ovnis. A mi carnala siempre le han gustado esas historias de extraterrestres y el Koki y yo le seguíamos la cura.

 

En aquellos tiempos yo tenía endiosado a mi tío.

Se me hacía como el vato más guapo y más curada del mundo.

Los días que se aparecía por el horizonte en su pick up Ford negro me ponía pero súper feliz.

Me acuerdo de él en Levis azul y chamarra de cuero.

Me alucinaba la forma en que le contestaba a mi mamá cuando le preguntaba si quería algo de comer:

– Un sándwich de bolonia Rosarito.

Y luego venía la mejor parte. Nos llevaba a dar una vuelta en el pick up. Por supuesto, en la parte de atrás.

De perrazo.

Nos llevaba a la playa o al monte. Donde fuera bueno para terrenear.

Siempre le ha gustado terrenear. El ruido del motor alterado. Las llantas gordas. Dunear. Andar sucio de barro y de aceite.

Lo que siempre me conectó de mi tío es que el vato era bien enamorado.

Pero mashín.

De los de antes.

 

No sé si con mis hermanos tuvo la misma complicidad.

Yo, a huevo, quiero pensar que no.

Que yo era especial.

Sus visitas a la casa eran puro paro.

Es decir, sí le gustaba vernos y esa onda pero la neta es que le estaba tirando la onda a una morra de la colonia.

Pinshi memoria selectiva, hasta me acuerdo de su nombre.

Se llamaba Corazón.

 

Yo me di color y enseguida le quise dar carrilla.

Carrilla madreada porque al final y al cabo era un morrito.

Él me llevó a conocerla y tenía razón. Yo tenía unos siete años pero sí se me hizo bien shula.

Ojos negros grandes.

Pelo largo ondulado.

Me gustaba mucho cómo se reía y cómo me decía:

– Ay mijo, tu tío es tremendo.

 

Y la neta. Lo era.

 

Volvíamos a casa al oscurecer.

En el pick up.

Mi tío ponía Depeche Mode, Caifanes y toda esa onda de rock en tu idioma.

Y me gustaba.

Pero lo que realmente me alucinaba.

Era cuando ponía a Ramón Ayala.

Eso si era la neta.

 

Yo tengo un amorcito

Que la quiero más que a mi vida

Por ella yo me muero

Y sabe que es mi consentida.

 

Una vez me dijo que si me callaba más de 20 minutos me llevaría a su casa a dormir con él.

Y me callé.

Y me cumplió.

Vino por mi y fuimos con su compa el Gastón a jugar Atari 2600 y luego fuimos a dormir.

No hicimos nada especial. Sólo dormir juntos. Compartimos la cama. Me prestó un sleeping. Me dijo “nomás no te vayas a orinar”.

 

Para él no significó mucho supongo pero a mí me hizo dispararme al futuro. Pensaba sí de grande tendría un pick up. Si sería tan guapo. Si tendría alguna Corazón que ir a visitar.  Si tendría amigos tan curados como el Gastón.

 

Cuando nos fuimos de Ensenada me dolió mucho alejarme de él pero era un niño y ni cuenta me di. No obstante, como dice el Ismael, la nostalgia me mantuvo conectado siempre. Pensando cómo sería volver a verlo. Cómo estaría.

 

No sé cómo fue ni cuando pero mi tío me escribió una carta.

Me mandó una foto y me decía que ya se había casado y que tenía un hijo.

Le habían puesto el mismo nombre que a él.

Pensé, mi tío se hizo grande.

 

Y luego fue que volvimos.

Yo esperaba encontrarme a un señor pero me encontré al mismo morro que había dejado.

 

Ya no tenía el pick up negro. Ahora rolaba con un Mercury Monarch del 78 bien rifado. Dorado. Me contó que se había casado pero divorciado al poco tiempo. No se sentía orgulloso pero decía que todo eso había sido un error.

 

Yo tenía 15 ya y nos hicimos cómplices de nuevo. Enseguida.

Me rescataba del aburrimiento aquellas tardes en el colonión. Nos íbamos a jugar básquet o fútbol con los hommies. Nos metíamos a partes del barrio en las que nunca me hubiera atrevido a entrar pero que yendo con él hasta me sentía fuerte.

 

Yo le gritaba: tío tío pásamela.

Por eso los hommies le empezaron a decir tío también.

Ya ven cómo es la raza para esas cosas. Pronto mi tío fue “el tío”.

Después de los partidos, sudados, con el sol cayendo detrás de los cerros, pintándolo todo de rojo, mi tío muchas veces pishaba las sodas. Todo un héroe pues.

 

Pero lo más cura vino después, cuando yo tenía unos 16 ó 17 y ya le entraba al refuego.

 

No entraré en detalles, pero él traía un broncón amoroso. De esos que no lo sabes, pero que te cambiarán la vida. Estaba bien atorado y tenía que tomar una decisión.

Y él la postergaba.

 

Yo trabajaba con él. Era instalador de alarmas y era su ayudante. Yo lo sospechaba pero ahora con el tiempo estoy seguro. Todo era puro paro para poder estar juntos y llegar tarde a la casa. Haciendo esos jales conocí un montón de casas. Casas cuyos patios o garajes eran tres veces la mía. Personas con tanto dinero que pedían poner sensores al mar. Mientras poníamos sirenas y cables mi tío me iba contando sus penas. Nunca teníamos tiempo suficiente. Después del jale nos íbamos a comer unos tacos de carne asada. Él compraba una caguama para él y para mí un bote de cheve. Nos íbamos a la Curva o a frente al barco Catalinas a platicar. A oír música.

 

Alguna tardes nos íbamos al sur. A San Vicente, Camalú o San Quintín con el pretexto de visitar algún cliente. Un pretexto más. Una hielera con cheves en el carro. Música y carretera.

Su pena era muy grande.

 

No me acuerdo qué paso exactamente pero se volvió a casar y dejé de verlo. No sé cuánto tiempo.

 

Volvió un día a buscarme. Muy serio. Me regaló unos libros, casi todos de Stephen King. Me dijo que se iba. Que se volvía a separar. Que iba detrás de su amor verdadero.

Y se fue. Yo lo acompañé al aeropuerto con el Tata. Llevaba nomás una mochila.

Le pregunté cuándo pensaba volver y me contestó: si me va bien nunca.

 

Se había ido a Guadalajara. Al interior, como dice la raza en Ensenada a todo lo que pase mas allá de Culiacán. El Sur. El Chilango pues.

 

Supongo que lo extrañé pero ahora no lo recuerdo. Sí me acuerdo cuando volvió. Lo hizo radiante porque había encontrado lo que buscaba.

 

Y el amor debía tener algo shilo porque de ese regreso recuerdo cosas súper potentes.

Como si todo tuviera que salir bien.

Se compró un pick up precioso.

Las noches de luna llena nos íbamos al desierto.

A terrenear.

Conduciendo en la oscuridad. Con las luces apagadas.

Nomás teníamos la luna.

Dormíamos allá.

Oyendo a los coyotes.

Borrachos.

Explicando historias de vampiros.

Vampiros que vivían entre nosotros.

Riéndonos

Indagando cómo seria el amor

sin saber apenas,

que gran parte el amor

era eso que estábamos viviendo.

 

Como dice el lugar común los años pasan volando.

Lo recuerdo como ayer todo esto, pero fue hace mucho tiempo.

Ya hace más de 20 años que me fui de Ensenada pero siempre que voy apartamos un momento para vernos. Y la verdad es que casi no hablamos del pasado. Vamos al billar, o a jugar básquet y si tenemos suerte, a terrenear.

 

Es curioso porque aunque yo ya soy, supuestamente, un hombre, me late mucho estar a su lado. Como cuando íbamos a jugar con los hommies, estando con él me siento protegido. Como si todo tuviera que estar simplemente bien.

 

Creo que últimamente me viene todo esto a la memoria porque me toca caminar por estas calles.

Calles muy lejanas a las mías.

Y hay días que

Inevitablemente me caen las paredes encima

de los bares

de las casas

de los parques

y en los que siento que me ahogo

y me consumo

pero tengo que seguir el juego

de la seriedad

de la inteligencia

 

Entonces yo vuelvo a los recuerdos

a mis historias

o crónicas o estampas o literatura ligera

no para sentirme escritor

sino simplemente para sentirme menos solo

y acurrucarme,

aunque sea espíritu

en ese sleeping bag al lado de mi tío

o terreneando

entre las dunas

entre saguaros y vampiros.


* Víctor Corona estudió Literatura Hispanoamericana en la Universidad de Guanajuato, México, y el doctorado en la Universitat Autònoma de Barcelona, España. Actualmente es investigador en la Universitat de Lleida.

Foto de portada: Pixabay.






Luis López




Entrada Anterior

Florida está a punto de lograr una exitosa concesión de derecho al voto

Siguiente Entrada

De flores y de humo





2 Comentarios

el 07/11/2018

Me encanta lo que escribes!

    el 08/11/2018

    Gracias



Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *


Más Historia

Florida está a punto de lograr una exitosa concesión de derecho al voto

SOMOSMASS99   Amy Goodman* y Denis Moynihan / Democracy Now! Estados Unidos / Domingo 4 de noviembre de 2018   La...

05/11/2018