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De gatitas creciendo y, entonces, de la nostalgia que nos invade

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ÚLTIMO PISO

Gwenn-Aëlle Folange Téry*

Lunes 16 de noviembre de 2020

 

Que el famoso ZOOM perdió no sé cuántos puntos en la bolsa después del anuncio de Pfizer sobre lo buena que es su vacuna.

¿Será porque los que saben decidieron que ya nadie se va a comunicar de manera virtual?

En lo que esto sucede yo sigo usando todos los canales que tengo a mi alcance para ver a la persona con la que hablo. Me gusta ver a mis amigos, a mis colegas, apreciar su corte de cabello, el color de su camisa o la decoración de su casa-oficina. Y vivir un poco en el futuro que de niña me dejaban adivinar películas y caricaturas: ¡Un día podremos ver a la persona con la que hablamos por teléfono!

 

Hablé ayer de hecho con una amiga querida, muy querida. Y verla en su jardín, con la nieta dando vueltas y el sol en la cara me llenó de la paz que siento cuando estoy con quien no me critica ni me juzga. Hablamos de cocina, de trabajo y de chiquitos, su nieto más nuevecito acaba de cumplir un año. Y de como ella necesita dormir porque comparte cuarto con el joven y él despierta muy temprano con ganas de platicar.

Y regresó a mí el recuerdo de las mañanas de antes, en las que sacaba a alguno de mis hijos de la cuna, y medio adormecidos los dos, nos acurrucábamos y respirábamos el uno al otro. No importaba que el pañal oliera más que nosotros, el punto era mezclar humores y calores.

Y entonces extrañé a nuestra gatita.

Suena descosido el asunto lo sé, pero deja te explico.

Esa gatita llegó bebita a la casa, y más importante, brutalmente separada de su madre y luego  amada sin condiciones por la novia de uno de mis hijos, Euri Bonita, así se llama. Cuando la abracé por primera vez, sintió ella y sentí yo, una conexión madre-hija, o madre-cría, como lo quieras ver. Estábamos las dos necesitadas de contacto físico, de apapachos, de maullidos quedos y de besos en la frente.

De noche dormía sobre mi cabeza o entre mi cuello y mi cabello y mamaba su propia lengua, buscando creo, a una madre. Hacía lo mismo que hacen los pequeños humanos cuando se les quita la mamila de tajo. Después aprendió que mi hija tenía también cabello rico y cuello suave y acogedor y se estuvo paseando de una cama a la otra, de un olor al otro.

Le daba miedo andar en brazos, pero al no dominar la subida y bajada de escaleras, tuvo que aguantar que la llevara así a todos lados. Tuvo su comida para cachorros, sus vacunas, y hasta su esterilizada, de la cual regresó hambrienta y borracha.

Tiene algún problema neurológico, no se sabe bien si desde su nacimiento, lo cual explicaría que la madre la haya abandonado, o por algún golpe recibido. Euri, cuando la recogió, se pasó noches en vela dándole medicamentos y la llevó al veterinario casi todos los días. Y entonces la familia que la acogió después -nosotros- vivió con ciertas actitudes gatunas particulares: se tuvo que esconder las medicinas, porque le encanta tragar pastillas, ayudarla a subir y bajar de ciertas alturas ya que no puede hacerlo sola, y correr al jardín la única vez que decidió treparse a la ventana de la recámara y salió entonces volando. Fue un buen aterrizaje, de panza, pero no lo ha vuelto a intentar, aun meses después.

Le gusta, como la mayoría de los  gatos, jugar con hilos y pelotas, entonces amarrarse las agujetas con su ayuda es una  hazaña, o usar aretes largos una ida a la casa de los espantos.

A veces parece ocelote, por las orejitas, y otras morsa, que los bigotes los lleva apuntando al piso. Es toda esponjosa, poshonsita le digo yo, rica de acariciar cuando se deja.

Ya aprendió a pedir de comer o de beber en lugar de arañar y morder furiosamente los pies de quien pase cerca de ella. De hecho mi hija y yo tenemos marcados pies y piernas, parecemos exploradoras de campos de plantas esposas.

No entiende, o no quiere saber, que para ir del jardín a las recámaras no es necesario, ni posible, treparse por pared y ventanas. Maúlla y yo, desde la ventana, le contesto: “Mi mi mi” hasta que decide entrar a la casa y usar las escaleras.

Aprendió a usar el arenero hasta que decidió que ya era grande y que el jardín era un baño más interesante.

Cuando llega Euri a la casa, corre hacia ella y se deja acariciar. Si pasa cerca Philippe, uno de mis hijos, lo llama… y él va por ella, la acaricia, la carga y le platica sin ser rasguñado. A mi hija la sigue a todos lados, se queda en la puerta, atisbando por debajo el coche que se aleja. Y a los demás humanos de la casa, nos ignora lo más posible.

Y tiene un sensei. Para quien ella es algo así como “un pequeño saltamontes” molesto.

Porque antes de que llegara ella, estaba ya aquí otra gata. Una gata que sufrió maltrato en su vida de calle y quién acababa de perder a su compañero canino meses antes de la llegada de la bebé.

Buscando imitarla fue que se defenestró. Buscando imitarla es que aprendió a saltar de la cama al piso, a pedir agua del lavamanos o a salir, tantito, a la calle.

La grande la ignora, en el mejor de los casos, o le da unas zarandeadas que no sabes, aunque sin lastimarla. 

La grande es casi flaca, elegante y a veces desaparece dos días seguidos, eso incluye la noche, porque viaja por la colonia. De hecho sospechamos que tiene otra casa, porque regresa siempre tranquila y bien comida.

La chica es gordita, su columna no le permite ni saltar ni salir a los mismos viajes que su sensei, es una pelotita que siempre está en los pies de alguien, de preferencia cuando ese alguien se desplaza y no la ha visto.

Antítesis la una de la otra, pero entre las dos sacaron una noche a un gato grande y despeinado que buscaba sacar provecho de su tamaño para comerse sus croquetas. Pelearon y maullaron y sisearon y finalmente ganaron, aunque la grande fue lastimada.

Imagino que hay entre ellas cierta camaradería, y claro, la chica respeta a la grande.

Hace unas semanas, descubrimos que les gusta dormir y jugar dentro de una caja de cartón. Hubo en permanencia una caja sobre nuestra cama, hasta que decidimos poner dos, la grande no le permitía ya a la chica ni siquiera cercarse. Estuvo bien como tres minutos, hasta que la grande se adueñó de las dos cajas, saltando sin cesar de la primera a la segunda y soltando zarpazos a la ingenua pequeña que quería jugar también. Toda una Lady Cajas.

Terminé quitando las dos cajas, ya, si no saben compartir se acabó. Y ya duermen otra vez las dos sobre las camas, sillones, sillas y cojines, sin mayor disputa.

La gacela delgada se llama Misha, Misha Camisha.

La pelotita peluda es Hannah, Hannah Banana, y claro “¡Hannah No!”.

 

¿Que por qué la extraño si todo lo que te cuento es actual si está con nosotros en casa, a punto de cumplir un año?

Porque pasó con ella lo mismo que pasó con los bebés que sacaba de su cuna por la mañanas.

Creció.

Y me dejó sin su ternura, sin mamaditas entre mi cabello, siestas entre mis brazos o miradas sensibles.

Y ando necesitada de cariño expresado en voz alta, en abrazos sin prisas y caricias incondicionales.

 

¿Tú no?


* Gwenn-Aëlle Folange Téry es pintora y escritora.

[email protected]

@GwennFolange

Fotos de interiores: Gwenn-Aëlle Folange Téry.

Foto de portada: Anaïck Lenz.






Luis López




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1 Comentario

el 16/11/2020

Los cachorros, de cualquier tipo, son entrañables, extrañables y apapachables. No me cabe duda.



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