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ÚLTIMO PISO
Gwenn-Aëlle Folange Téry*
Lunes 2 de septiembre de 2019
Había una vez un muchacho que vivía en un pueblo muy grande, casi una ciudad pequeña. Ese muchacho era reservado, tímido y sufría. No le gustaba salir de casa, no le gustaba andar con otros muchachos, no le gustaba estudiar, vamos, ni mirar por las ventanas le gustaba. Toda su vida había leído novelas rosas y cuentos para niños, y a veces hasta libros de cocina, negándose a hacer un esfuerzo intelectual para acceder a más.
Un día al despertar entendió que tenía que cambiar su vida si quería ser tan feliz como los personajes de las novelas que había leído. Revisando su saber, decidió que lo mejor era transformarse en príncipe, ya que en los libros que conocía, los príncipes encontraban la felicidad algún día. Aun en el libro de cocina que guardaba su mamá en un estante, el postre más antojable se llamaba Príncipe envuelto.
Analizó sus posibilidades:
Lo primero que le vino a la mente obviamente era transformarse en Príncipe Azul. Optó por usar el maquillaje de su hermana y acabó con todos los tonos de azul que encontró: azul cielo, azul claro, azul marino y azul zafiro. Pero el gusto le duró poco. En cuánto se metió a bañar, el maravilloso color desapareció. Decidió entonces comer morras azules, a defecto de la zarzaparrilla de los pitufos, pero lo único que ganó fue una diarrea terrible, que ni siquiera salió azul.
Entonces decidió transformarse en sapo para luego ser besado por una princesa y mágicamente transformarse en príncipe. Salió de casa y caminó hasta un estanque en el que había sapos y ranas y recostado en la hierba, los analizó. Concluyó entonces que lo que necesitaba era una piel gruesa, verduzca, con granos y un par de ojos saltones. Durante varios días comió toda la grasa que encontró en su camino, chicharrón, chocolate, frituras y más delicias, y no se bañó ni una sola vez. Pero el experimento falló, los únicos ojos saltones que logró ver fueron los de su papá cuando éste lo descubrió frente al espejo intentando croar.
Claro que entendió que tenía que escoger algo más fácil que las transformaciones y se dedicó a besar a cuanta mujer encontrara dormida. Las cachetadas, los gritos y las corretizas por las calles del pueblo no se hicieron esperar. Entonces desconectó la lámpara de su recámara y se dedicó a frotarla durante horas con esperanza de que algún genio apareciera y le concediera su deseo. Al ver que no sucedía nada, volvió a salir a las calles e intentó asirse de cuanta larga cabellera se le atravesara. Inútil es decir que las mismas cachetadas y corretizas se desataron mucho más rápido que el día de los besos.
Más triste que antes se sentó sobre su cama y pensó que cerca de él no había ninguna sirena, ni grande ni chica, que si no había podido transformarse en sapo, menos podría volverse cisne o sokol, y que nunca se atrevería a pedirle a alguna chica que intentará dormir con un chícharo en su cama, que gritos, cachetadas y corretizas lo tenían ya un poco harto.

Intervino entonces la familia. Entraron a su recamara la mamá sin sus libros, la hermana sin color azul en su maquillaje y el papá, ya con los ojos en su lugar, aunque sin corona y sin reino.
Hablaron largamente, de príncipes, de colores, de sapos y de magias. De la vida, de su pueblo que era casi una ciudad, y de lo difícil que puede ser a veces no haber encontrado lo que nos hace únicos. Le hicieron ver que la tarea principal de los príncipes de cuento es salvar princesas y que en ello no hay gran enriquecimiento emocional después de un rato.
Popocatépetl y el Principito fueron los más citados, la cultura paterna y materna no se limitaba a los cuentos y novelas rosas. Aunque en sus vidas y muertes tampoco se encontró el ejemplo de felicidad que buscaba el muchacho.
La historia no dice si el muchacho decidió enfrentar sus temores y volverse un gran guerrero aunque fuera nada más en lo cotidiano o si decidió abrir su corazón y volverse un refugio para cualquiera, rosas, zorros, aviadores perdidos o muchachos como él.
Porque las historias que terminan en los libros, siguen en la vida, y no se dice nunca qué sucedió después del hermoso ocaso sobre el mar o detrás de las montañas.
Moraleja
El ser príncipe se lo debe uno a sus padres. El salir de casa a vivir se lo gana uno a pulso.
Y colorín colorado, este cuento, como todos, no ha terminado.
* Gwenn-Aëlle Folange Téry es pintora y escritora.
Imagen de interiores: Ombres-Sombras | Autora: Gwenn-Aëlle Folange Téry.
Imagen de portada: Pixabay.
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