SOMOSMASS99
ÚLTIMO PISO
Gwenn-Aëlle Folange Téry*
Lunes 5 de octubre de 2020
Somos el grito de las que ya no tienen voz.
De miedos nocturnos
Salimos de casa apresuradas.
El cielo amenaza con desbordar, tomo la chamarra de mi hija, la azul marino larga y nos subimos al carro.
Hay tráfico. En el retrovisor la carita de mi nena luce tensa, ella es la que tiene ansias por llegar, me contagia claro.
Y logro apenas evitar el coche de un señor. Dio una vuelta prohibida, justo enfrente de una escuela y quedó atrapado en la cola interminable de carros. El conductor grita algo, no lo oigo, subí el vidrio de la ventanilla, está empezando a llover.
Seguimos. Conozco el camino, y aun así lo voy repasando en mi cabeza, sé cuál puente debo evitar, lleva al centro, y cuál debo tomar, aunque su altura me dé vértigo sólo de pensarlo.
“Vamos mamá, dice mi hija, no vamos a llegar a tiempo.”
No contesto, estoy concentrada en evitar coches, baches, charcos. Los limpiaparabrisas funcionan de manera extraña, parecen ondular bajo el agua.
Conduzco ahora por avenidas desconocidas, no sé en qué momento me perdí. Tomo una bajada que parece dar vuelta en U y llegamos a una avenida en obra, no hay pavimento, sólo tierra y piedras. Atravesamos, lentamente, escudriñando el poco horizonte que hay, esperando no estar en sentido contrario. Decido estacionar, seguiremos a pie, será mejor, en carro es más fácil perderse, va uno demasiado rápido y siempre hay que quien presione para seguir y seguir.
Estamos ahora en una torre con escaleras, escalones grises que se van aclarando conforme subimos. Se vuelven eso sí más altos, frío hormigón bajo nuestros pasos. De la mano llevo a mi hija, cubierta con su chamarra, en la otra mano cargo un banco blanco, de tres patas, entiendo que es para poder sentarnos un rato si lo necesitamos y tal vez hasta movernos en él, parece tener ruedas.
Llegamos por fin a otra calle, abajo se alcanza a ver la avenida en la que me estacioné, aunque no veo nuestro carro. Visualizó el lugar en el que lo dejé, la banqueta alta, una línea amarilla, el coche rojo, no se me debe de olvidar, tenemos que ´poder regresar a él.
Seguimos caminando, tengo que preguntar por el camino, no podemos seguir así, llueve más fuerte y de la calle los camiones que pasan nos avientan agua marrón, del marrón de la ciudad, no es de tierra, es de basura.
Viene un grupo de personas hacia nosotras, veo hombres y una mujer. Dejo el banco en el piso, total sigo sin saber para qué lo traje, y cargo a mi nena, está cansada. Apoya su cabeza en mi hombro izquierdo, no veo su carita, la tapa la capucha de su chamarra. Camino hacia las personas que vi, sólo quedan tres hombres, los demás se fueron por la calle de la izquierda, una que baja.
No debo decir que estoy perdida, sólo preguntar por el camino más corto. Que no sepan que ignoro dónde estamos y por qué, que no sepan que no sé dónde está mi coche, que no se den cuenta de que estoy nerviosa.
No da tiempo de hablar, de preguntar. Me van empujando entre los tres, nos llevan.

Despierto en mi cama.
Mi hija está en la suya, dormida, rico.
Soy de las que tiene suerte.
No fue más que una pesadilla mental.
* Gwenn-Aëlle Folange Téry es pintora y escritora.
Imagen de interiores: Atardecer. | Autor: Mario M. M. Ávila.
Fotos de portada: Igor Schubin / Pixabay.
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