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De ogros y corbatas

Diálogo País / Top News / 11/11/2019

SOMOSMASS99

 

ÚLTIMO PISO

Gwenn-Aëlle Folange Téry*

Lunes 11 de noviembre de 2019

 

Tolerancia, tolerancia, palabrita en el mantel, 

pocos platos se la sirven, muchas bocas a comer.

– Silvio Rodríguez

 

Érase que se era, en un lugar cercano a ti, un pueblo de ogros.

Habían tomado la decisión generaciones atrás de alejarse de los humanos  para vivir en paz.

Claro, eso había supuesto ciertos sacrificios, no habiendo humanos cerca, tampoco había niños tiernos y jugosos  para desayunar. Ni para almorzar. Ni para merendar ni para cenar, no había, punto.

Se desquitaban preparando rico conejo con romero, o pollo a la cacerola, o a veces lechón a la mostaza con miel.

Había surgido en ese pueblo  una importante cultura del buen comer. Todo giraba alrededor de la comida, de los sabores finos de carnes y hierbas, de salsas con mantequilla o cerveza y en la plaza principal, una enorme estufa de hierro dominaba el espacio. El alcalde llevaba frente a sí una panza enorme, aún para la escala de los lugareños y las tiendas rebosaban de vituallas dignas de cualquier opíparo festín.

 

En una de las casas, vivía un joven ogro. No salía mucho. Su padre lo miraba cada mañana, con el cejo fruncido, su madre lloraba en secreto y su hermana mayor le tenía prohibido dirigirle la palabra.

Porque el chavo era vegano.

No por rebeldía. Ni por gusto. Sencillamente no digería ninguna proteína animal: ni el caldo de gallina, ni el filete de pescado, empanizado o con limón, ni un bistec asado sobre carbón.

Cuando chico sus padres habían visitado al doctor todas las semanas. Tardaron  meses en entender por qué vomitaba el niño y luego más meses en tratar de reeducarlo. Lo habían mandado a un campamento de entrenamiento especializado en desórdenes alimenticios sin ningún resultado positivo. Y finalmente se habían dado por vencidos.

El no salir de casa no era fácil para el muchacho, era joven, habría querido correr por las calles, darle la vuelta tres veces a la plaza acompañando a alguna ogra amable o salir de parranda con los cuates. Pero no se atrevía. La última vez que había salido, dos años atrás, los habitantes del pueblo cambiaban de banqueta al verlo y varios niños lo habían perseguido gritando: ” ¡Ahí va el vegano, ahí va el vegano,  se va a volver enano!”

 

En fin, feliz no era y una noche parecida a las demás, en la que había cenado sólo  dos zanahorias con brócoli, echó a una bolsa su abrigo café, una corbata y salió, decidido a no volver.

Caminó largos días por el monte, luego por un valle, cruzando dos ríos. Durmió bajo un cedro y otra noche sobre paja en un establo abandonado. Llegó por fin a una arbolada y al recorrerla,  a un claro. Pensativo, empezó a mirar los árboles. Habiendo escogido el que mejor servía su propósito, sacó de la bolsa su corbata, la ató por un extremo a una de sus ramas y con el otro hizo un nudo corredizo. Preparado el asunto, sacó su abrigo también, lo extendió en el piso y sobre él se sentó. Regresaron a su mente vejaciones y castigos, tristezas y soledades. Alargando la mano, sin pensar mucho, cortó una flor que ahí crecía, le quitó una mosca de encima y la trituró, comiéndose los pétalos y usando el tallo para limpiarse los dientes.

 

Hecho esto, se puso de pie, caminó hasta el árbol, levantó la corbata y…

Fue interrumpido por un joven humano que entró súbitamente al claro. Y más súbitamente aún se detuvo, aterrado.

Sin embargo, al entender la situación, el recién llegado dominó su miedo y avanzó, un poco. Le tendió la mano al ogro, explicando algo de tener la misma edad y de estar en busca de motivos para vivir también, algo de príncipes azules que no existen y de sapos que sólo croan. Terminó ofreciéndose a llevar al ogro a su casa, para que conociera a sus padres y les permitiera hablar con él.

El ogro desató el nudo, desató la corbata, recogió bolsa y abrigo y accedió a seguir al joven. Tal vez estaba cambiando su suerte, tal vez podría vivir tranquilo en algún lado, con seres amistosos. Y sonrió, en silencio.

Los árboles, al verlos alejarse juntos, suspiraron. Y uno, el más viejo, se permitió echar hojas secas sobre el cadáver de la flor, pedacito de tallo molido y  pétalos a medio morder.

 

Un tiempo después, el ogro y el joven llegaron a un pueblo muy grande, casi una ciudad pequeña. Era de noche, nadie los vio, nadie corrió, nadie gritó. Sólo se desmayaron la madre y hermana del joven y  se quedó mudo su padre.

Al echarles agua en la cara a las mujeres, servirle un vaso del mismo líquido al hombre y explicar lo que pasaba, lo que había presenciado, el joven no dejó de asir la mano del ogro, evitando así que huyera despavorido. La familia, que conocía de cuentos y de ogros, accedió a una estancia corta en su casa, diciendo que por lo menos en ella no habitaban ni niños ni bebés, pero pidiendo al joven que no dejara de vigilar a su invitado.

Y cenaron juntos, todos un poco tensos,  animándose poco a poco a conversar, aunque el ogro no dijera nada. Se le ofreció de todo, guisado de ternera con papas, lechuga con puntas de tocino y flan con caramelo, pero sólo probó pan, y un poco de mermelada de fresas. La madre del joven empezó a enternecerse, “Cómo, un muchacho tan grandote que  no comía nada, ¿qué pasaba?, ¿qué le había llevado a aquel claro, con aquella corbata…? Pero el ogro no desistió en ningún momento de su silencio.

Cansados se fueron todos a dormir, el ogro y el joven en la sala, uno asiendo al otro, y el otro dejándose asir.

Ya de madrugada, relajados los cuerpos, el joven soltó al ogro. Y éste, que no había dormido, sigilosamente se puso de pie, tomó su bolsa con su abrigo y su corbata y salió.

Mal le fue… Había ya afuera dos que tres comadres platicando y el señor de la leche empezaba su recorrido. Al verlo, gritaron despavoridos, salió más gente, gente armada, con piedras, cuchillos y palos y lo persiguieron por todas las calles hasta llevarlo al monte, en dónde se les perdió.

 

El ogro, ya recuperado el aliento, siguió caminando, buscando algún otro claro en algún otra arbolada, pensando que tal vez habría sido todo más fácil si él hubiera comido de todo, como debe de ser, y si aquella familia extraña hubiera hablado su idioma…

 

Moraleja:

El ser diferente en algún lado no te hace ser igual en otro.

Las corbatas no sirven sólo para lucirse en palcos de teatro.

Y las buenas intenciones nunca son suficientes para ayudar a otro.


¿Quieres saber  porque los árboles suspiraron? Puedes leer aquí su historia:

https://www.somosmass99.com/de-efimero-poder/

¿Quieres saber porque el joven hablaba del color azul y de sapos? Puedes leer su historia aquí:

https://www.somosmass99.com/de-lecturas-y-corretizas/


* Gwenn-Aëlle Folange Téry es pintora y escritora.

[email protected]

Imagen de portada: Mundo Medieval México.






Luis López




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1 Comentario

el 03/02/2020

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