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ÚLTIMO PISO
Gwenn-Aëlle Folange Téry*
Lunes 17 de agosto de 2020
Entre tanta muerte, tanta sangre y tanto miedo, encontré esta semana una fuente de vida que me reconcilió con lo cotidiano.

Una de mis amigas, citadina, de la CdMx, lo cual no es cualquier cosa, decidió vivir el confinamiento en su rancho. No es un rancho lujoso, no hay cuadras ni alberca, ni mozos ni rejas garigoleadas.
No. Es una casita un poco oscura, de piso rojizo y de tejas ordenadas, tapizadas algunas con tantito musgo. Está en una vertiente del monte, domina con la vista a un pueblo grande y desde su entrada se puede llenar uno los ojos de los paisajes que tanto pintó Velasco. No tiene televisión ni internet, ni agua caliente.
Pero tiene lo demás: vida.
Ella y su esposo han plantado rosales, magueyes y nopales. Y esta semana en particular, pinos y encinos.
Los árboles son especiales. No se comen. No se cortan para ponerlos en un jarrón de cristal. Los árboles hacen vivir la tierra, ya sabes, onda las raíces que la retienen, las copas que proporcionan sombra cuando quema el sol, los troncos que se llena de bichitos y los pájaros que de allí organizan sus festines.
Me dice mi amiga que los mandaron del municipio, que esto de la reforestación es onda del gobierno.
Esta pareja pudo haberse negado. O pudo haber plantado los tallitos de cualquier manera, dónde fuera. Pero ellos no son así, ella es de esa tierra, allí nació y creció. Al trasplantar raíces con hojas, rinde honor y pleitesía, creo, a sus propias raíces, de alguna manera renuncia a la ciudad y reafirma su vida. Y el marido, la sigue.
Tienen los dos nombres de aire, de cielo pues: él, larguiducho y calmado, mensajero de los dioses, y ella, chaparrita y movida, abrasa su entorno, sin darse cuenta. Los dos transmiten, cada uno a su manera, vida.
Me recordaron, porque lo quise así, a mis papás, sembrando y plantando en todo pedacito de tierra disponible.
En la casa nueva, hace 40 años, recuerdo pyracantas en la entrada, no te comas las pelotitas, hacen daño, cuidado con las espinas, mi mamá y nosotros cuatro, al anochecer, llenando los huecos que la pala de mi papá parecía producir al infinito, mis hermanos con sus botas de plástico enlodadas a la hora de echarles agua a los arbustos de fuego. Recuerdo a mi papá juntando botes de metal, los de la leche deshidratada de vaca en polvo, ¿sabes?, y llenándolos de tierra para plantar diminutos tallos de pinos, cuidando luego y apapachando casi a esos arbolitos hasta que los sacó al camellón, donde hoy se yerguen majestuosos hacia el cielo, toda la avenida de aquel lugar protegida por las manos de un solo hombre.
Y junto, porque quiero, a mis amigos y a mis papás, cada uno con su tarea, su carácter, los asocio en el fuego de las unas y la calma -¿fingida?- de los otros dos, y miro sus manos. Y siento la tierra, se imprime sobre la piel, los callos la nutren y de ella se nutren. Y todos, ellos y yo y mis hermanos y los hijos de mi amiga y tú que me lees, recibímos en don la historia de la tierra que nutre árboles, la historia de las manos que nutren hombres.
Y entonces puedo, hoy, vivir mejor, respirar más libremente, porque no estoy ya encerrada en la pestilente CdMx, sí pestilente, sino volando.
Mírame ser libre, sentir el viento, oler las copas verdes de árboles gigantescos, ignorar el vértigo y enfilarme hacia el horizonte.
Te invito.
Ven.
* Gwenn-Aëlle Folange Téry es pintora y escritora.
Dibujo de interiores: «Los mejores testigos son los árboles» / Michelle V. Sanz
Foto de portada: Estela Guerra Garnica
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