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ÚLTIMO PISO
Gwenn-Aëlle Folange Téry*
Lunes 6 de diciembre de 2021
Eso de decir que lo sientes a otra persona, cuando se trata de compartir tristezas, es una falacia, pensamos estar diciendo que sentimos lo que siente el otro y no es el caso, sólo experimentamos una suerte de eco de lo que emana la otra persona.
No es hipocresía, porque realmente sentimos “algo”, pero definitivamente no lo que sufren otros, por más que queramos compartir, ayudar a cargar, por más cercanos que seamos, por más empeño que le pongamos.
Podremos estar en la misma situación, hermanos que pierden a su padre, amigos que pierden a un amigo, mujeres que son violadas, hombres que buscan a sus hijos, pero no… Hay un abismo entre cada sentir.

Aquí en casa hemos sufrido por algo que te podrá parecer una nimiedad[1], pero que sí nos golpeó a mi hija y a mí.
Se vendió un coche.
¿Ves…? Nimiedad, basurilla en el mundo de los motivos para sentir tristeza, pero ahí está.
Era mi coche y lo usaba mi hija.
Sabíamos que se tenía que vender, incluso había yo insistido en el asunto. Pero una cosa es saber y otra cosa es otra cosa.
Pasó que de repente, por la mañana era nuestro y a la hora de la comida ya no. Y que se nos avisó cuando ya estaba concluido el trato. Y que la persona que nos avisó es incapaz de sentir como nosotras dos -cada quién es como es, no es defecto ni cualidad, sólo es-, así que no hubo ni agua va, sólo cayeron las palabras.
A mi hija, la cimbró, rompió en llanto. Yo sentí una capa helada envolverme y me callé, abracé a mi hija. Y comimos. Y me fui a despedir del coche. Y lloré.
Los coches nos son importantes, en casa son un reflejo de las etapas en nuestras vidas.
Dos de los poemas más hermosos que escribí fueron para dos coches de la familia, una Citroën ID19 y una Daf. Hay multitud de motivos para vender un coche -viaje, espacio, lana-, pero a ellas (son mujeres en mi mente) se les vendió para protegerlas del tiempo y de nuestra falta de posibilidades materiales para cuidarlas, una aquí en México y otra en Francia, que vive ahora en Holanda, de repente nos mandan fotos de ella, se ve feliz. De la primera conservé una llave y está aquí, conmigo, colgada de un clavo, en la pared.
El caso que ya para empezar, con esa venta, unas sufrimos y otros no.
Y pensé, a lo menso, o a lo rápido, como quieras, que sentíamos lo mismo, y le dije “lo siento” como diciéndole sé qué sientes porque ando igual.
Y es falso.
Porque ella se separó de su primer coche, del que sirve para llevar a los cuates, del que no acelera bien para entrar al peri, y qué susto, del que se ensució por culpa de los hermanos -dice-, del que trae todavía mis calcomanías de mariposas. Le quedó también claro que yo no voy a volver a manejar y eso le duele porque sabe que no es por gusto, es porque se le va su mamá.
Yo sentí que termina una época, la de mi hija en mi coche. Y sí, fue terrible el constatar que no tengo ya coche mío, que no voy a volver a manejar -a menos que haya una emergencia-, y eso es durísimo.
Ella sintió soledad, yo amargura.
No es lo mismo.
Ahora se va a vender otro coche, el que era de uno de los abuelos, y caray, duele. Porque es recalcar que no volverá el señor, y que el tiempo pasó, que ese símbolo tiene que desaparecer de nuestra vista, aunque no de nuestro corazón. Y entonces lo hablamos mi hija y yo. Y esta vez no le dije que lo siento, porque no, no sentimos lo mismo. A elle se le va el abuelo, el que es una parte de su papá. A mí se me va un señor, al que quiero, pero vamos, no llevo ni su sangre ni sus emociones en mí.
¿Qué decir entonces?
Sé que el dolor se va apagando, pierde su filo. Sigue allí, pero se matiza por el recuerdo de los buenos momentos. Pero cuando empieza el trance, no hay cabida para ellos, o son, al contrario, fuente de más dolor, se mide lo que se tenía cuando ya está perdido, ya lo sabemos. Entonces no le puedo decir que this too shall pass[2], porque no es el momento.
¿Que la entiendo? Es falso, perdemos vivencias muy diferentes, no puedo asegurar que realmente mi entendimiento se acopla a todas las formas de su sufrir, no las envuelve perfectamente.
¿Qué imagino lo que siente? Tampoco, digo, si el sentir no va, menos la fantasía de que imaginar ayuda a comprender.
¿Qué decirle al que nos aventó lo de la venta del primer coche y que no logra hablar de ésta, porque tiene que arrancar de su carne la carne de su padre…?
Se vale abrazar, en silencio. Porque sea cuál sea la pena del otro, no hay palabras.
Y esta afirmación no es nimiedad, ni basuriila en el mundo de la tristeza…
Notas:
[1] Pienso en José que me enseñó esa palabra y que murió por covid. Queda algo de nosotros siempre…
[2] Esto también pasará.
* Gwenn-Aëlle Folange Téry es pintora y escritora.
Foto de interiores: Gwenn-Aëlle Folange Téry.
Foto de portada: Maryvonne Folange.
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