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ÚLTIMO PISO
Gwenn-Aëlle Folange Téry*
Lunes 15 de marzo de 2021
No tengo miedo a las tormentas
porque estoy aprendiendo a navegar mi barco.
– Louisa May Alcott
Ya me entra más la información por los ojos que por los oídos estos últimos tiempos.
Mi radio dejó de furular y las noticias de la tele me marean.
Una imagen en tuiter me reveló que había vallas para proteger las paredes sagradas de Palacio Nacional, un meme me informó que tenían un nombre ocurrente, Muro de la paz, -paz sin mayúscula por obvias razones si eres mujer-, y un video me permitió conocer a la Reinota, chava que no contó hasta tres para actuar y agarró una bomba lacrimógena de por en medio y la catapultó de vuelta a su lugar de salida.
Dos de esos hechos me hicieron, ya no enfurecer, sino menospreciar a ciertas personas, y otro, el tercero, reconciliarme con la humanidad. Con toda ella casi, que los seres pensantes somos más que los demás, somos más fuertes y tenemos ganada la guerra, de batalla en batalla.
Y eso que ando como pesimista, más que de costumbre pues. Porque oigo y veo que a pesar de tener todos enemigos comunes como la inseguridad, humillaciones, torturas, asesinatos, trata de chavitas y chavas, envidias, celos, feminicidios, mentiras y tanta nimiedad, parece que no terminamos de amarrar mecate en abolir lo que lastima, en aniquilar lo que busca hacernos menos a las mujeres.
Uso vocabulario agresivo, pero soy como la Reinota, con lo que me atacan respondo.
Yo acabo de traer una piedra de las fuertes, solidas e inamovibles al edificio del empoderamiento femenino. Y no sólo yo, mis amigas y yo, mis amigos y yo.
Estábamos en la playa, una de ésas largas y desiertas casi. Caminamos hasta el agua, las tres de negro, casualidad tal vez,- a menos que a nuestra edad sea complicado encontrar trajes de baños de otro color-, miramos a lo lejos y nos mojamos, de a poquitos.
Sol, sal, viento.
No nadamos, salvo dos que tres brazadas que dio una de nosotras, había una corriente fuerte. Platicamos, metimos la cabeza dentro de las olas y reímos. Sonreímos también, que para eso anda una con cómplices.
Y decidimos marcar nuestro Día Internacional de los Derechos de la Mujer con una imagen. Gesto simbólico, fuerza real.
Uno de los hombres que nos acompañaban nos sacó muchas fotos, de frente y de espaldas.
Ninguno de los dos entendió bien qué estábamos haciendo, o para qué queríamos fotos de nosotras en traje de baño, cabello pegado a la frente y sin zapatillas de cristal, pero saben de alguna manera que siempre hay una razón profunda a nuestros actos. Llevan años con nosotras, no hay ya mucho que los sorprenda y, en general, admiran nuestros actos, nuestras palabras.
Y les explicamos, como te explico hoy. Que si eres mujer, tal vez sientas dentro de ti ramales más largos y fuertes que los que ellos hayan identificado:
Nos apoderamos de nosotras, de nuestro cuerpo de mujeres de más de cierta edad como se dice púdicamente, ¡hazme el reverendo favor!, y al hacerlo nos empoderamos una a la otra y cada una a una misma.
Son contadas las mujeres a las que les gusta cada parte de su cuerpo, en todo caso las aceptamos. Y aun así, en la noción de aceptación siento yo un dejo de “Ya ni modo”. Yo acostumbro decir que me gusta mi espalda porque mi papá me dijo algún día que era bonita, -“Tiene usted una bella espalda, señorita”-, y hablo de lo demás con chistes, que si mis brazos de vampiro, que si mi pubis sepultado bajo mi panza colgante o que si mis ojos distraen de mi papada cuando lloro. No es que me disguste mi piel, mis carnes o mis colores, pero tampoco me gustan, ¿entiendes verdad?
Les dijimos también que las fotos se iban a redes sociales, que queríamos ser vistas. Lo que hicimos no fue nada más amontonar municiones, las usamos. Fue nuestra batalla del día, ganada. Una de tantas.
No salimos del agua como modelo de Vogue, no nos acostamos en la arena como lo hizo algún día Bo Derek[1], no corrimos como las chavas de Baywatch, aunque ahí sí mis senos habrían subido y bajado a un ritmo padre, y mucho menos nos untamos falso sudor entre los muslos.
Fuimos nosotras. Como somos.
De colores, formas, alturas, anchos, llenos y vacíos diferentes.
Tres mujeres orgullosas nomás porque sí. Fuertes. Acompañadas. Entre nosotras y con ellos.
Mujeres conscientes de nuestros derechos, obligaciones, diferencias y cualidades.
De pie.
Sol, sal, arena… y mar.
Nota:
[1] Ahí va lo de nuestra edad cierta.
* Gwenn-Aëlle Folange Téry es pintora y escritora.
Imagen de portada: Alejandro Almanza.
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