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NOPALES Y HORTENSIAS
Carla Martínez*
Francia / Viernes 15 de febrero de 2019
Cuando yo era chica, tenía excelentes calificaciones. Al llegar a la adolescencia, enfrenté problemas de salud y cuando el médico me preguntaba “¿qué quieres ser cuando crezcas?”, yo decía “mamá”. Mi mamá y el médico me miraban con ojos como platos porque ellos esperaban de mí que tuviera más ambición profesional.
Sí la tengo. Siempre quise ser profesora, y por mucho tiempo quise ser guionista de cine o escritora. Por azares del destino, cada vez me siento más cerca de sentirme “escritora” y he tenido una vida profesional variada y rica.
Y fui mamá.
El asunto es que para ser mamá pasa una por el hecho de ser pareja de alguien más (salvo que se haga por inseminación artificial y en la vida no me dio tiempo de averiguar cómo funcionaba ese método).
Así que me enamoré y me casé.
Dos veces.
Y sigo casada. Pero no creo mucho en el amor romántico. Nunca aprendí a “coquetear”. Nunca me he sentido linda o bonita o femenina. Mis idilios juveniles fueron desastres olímpicos. Y las dos veces que me enamoré y me casé, el internet fue el vehículo para conocer a la otra persona.
Lo sentí claramente con mi primer esposo pero mucho más con el bretón que me trajo a vivir a Francia.
A ninguno de los dos los conocí en sitios de “encuentros” románticos. Nos encontramos en sitios de discusión de cómics. Con ambos compartí gustos culturales, lecturas, películas, series… Y las dos veces me enamoré sin haber visto el rostro de la otra persona.
A mi bretón siempre le digo que yo lo amaría si fuera una mujer, si fuera mayor, si fuera diferente. Yo lo amo porque es mi amigo, me escucha, me apoya, me cuida y cuida a mis hijos con amor y ternura. Es mi compañero de sueños, de travesuras y de experimentos vitales. Me enriquece ver la ilusión en sus ojos cuando descubre recetas, cuando las plantas de su huerto crecen bien, cuando le enseña a nuestra bretoncita a reconocer hierbas y plantas en el bosque…
Pero aun así, no siento que nuestro amor sea meramente romántico. Somos socios, somos cómplices, somos compañeros en esta aventura de ayudar a tres seres humanos a crecer y ser buenas personas, somos amantes y sobre todo, somos amigos. Nos enojamos, pero siempre nos respetamos. Al final del día, quiero dormir a su lado y sentir que hay alguien que me cuide la espalda ante los problemas que la vida me pueda poner.
Y soy feliz de que él no busque ni jugar un rol “masculino” ni alguien que juegue uno “femenino” en nuestra relación. Somos personas que nos encontramos y decidimos que estábamos mejor juntos que separados.
Si, nos regalamos pasteles y chocolates. Flores y libros. Pero no siento que sea la idea del romance lo que nos mantiene juntos.
Por una simple relación romántica yo no habría renunciado a la comodidad de vivir en el sitio en el que crecí y en el que todo mundo habla mi idioma. Fue por la agradable sensación de tener un compañero de vida cuya mano me ayuda a mantenerme firme en los momentos difíciles.
Y creo que ese tipo de amor no puede festejarse en flores y corazones. Es algo que se construye en equipo de forma continua y que se mantiene porque otorga bienestar a los involucrados. Y no es un mito, es parte de cómo funcionamos como seres humanos. Pero está muy lejos de las ideas románticas o comerciales que el mundo nos vende como “amor de pareja”. Y es mucho más placentero encontrarlo que la pasión de las películas y los cuentos.
* Carla Martínez, además de contar historias como migrante internacional desde la Bretaña francesa, ha sido ghost writer durante años y actualmente redactora de contenido para una empresa española.
Imagen de portada: Hannah Wei (@herlifeinpixels) / Unsplash.
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