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CHISPITAS DE LENGUAJE
Enrique R. Soriano Valencia
El próximo domingo 23 de abril, celebraremos el Día Internacional del Libro. En México, el 12 de noviembre es el Día Nacional del Libro. Dos fechas dedicadas a uno de los objetos más importantes de la cultura humana y… por lo regular, pasan inadvertidos.
La conmemoración fue instituida por la Conferencia General de la Unesco para rendir un homenaje mundial al libro y sus autores. Con ello se pretende alentar a todos, en particular a los más jóvenes, a descubrir el placer de la lectura y reconocer su contribución en el progreso humano. La fecha fue seleccionada por la coincidencia en que mueren Miguel de Cervantes, William Shakespeare y Garcilaso de la Vega, del 23 de abril de 1616. En los hechos no fallecieron el mismo día porque el calendario gregoriano no fue aplicado al mismo tiempo en España e Inglaterra. Sin embargo, oficialmente, así quedaron registrados sus decesos (incluso Cervantes falleció poco antes de la media noche para iniciar el 23 de abril).
En México, el festejo al libro se inició por decreto en 1979, durante el gobierno de José López Portillo. Su propósito fue rendir homenaje al natalicio de Sor Juana Inés de la Cruz, máximo exponente nacional del Siglo de Oro de la literatura. Sin embargo, la costumbre de regalar libros con que la inició la industria editorial mexicana, y con ello promover la lectura, se ha perdido. No obstante, puede ser una buena ocasión el próximo 23 de abril para retomar esta práctica y promover la cultura a través de la lectura.
El libro, detalle curioso, fue un invento de Octavio César Augusto, quien fuera emperador romano. Antes del él, los textos se registraban por hoja, escritos por un lado y enrollada de tal forma que la parte en blanca quedara expuesta para la manipulación del documento. Ello hacía que una obra fuera integrada por muchas hojas o cientos de rollos. Por supuesto, esta práctica hacía muy fácil perder la secuencia o algún elemento integrante. En virtud de las múltiples reformas del César, instruyó a sus ayudantes para que los temas relacionados fueran apilados y escritos por ambas caras de la hoja. Para mantener su continuidad los mandó coser por uno de sus costados. Así nació el libro en la forma que actualmente conocemos.
De ahí también procede el nombre ‘volumen’. Así fueron llamadas las múltiples hojas que integraban una sola obra. Al apilarlas y coserlas se redujo el volumen, el espacio que antes ocuparan tantos rollos.
Cada libro durante siglos fue una obra única. Aunque en los monasterios había cientos de copistas, cada uno era una singular. Es decir, cada volumen, a pesar de lo magistral de la duplicación, tenía rasgos diferentes. Y aunque la historia registra al alemán Johannes Gutenberg como el inventor de la imprenta moderna, los tipos para reproducir un mismo texto ya los usaban en China para multiplicar los textos. La diferencia es que en el procedimiento chino los tipos eran de madera, palabras completas y se ocupaban una sola vez. Además, aún no manejaban el concepto de libro, como en Europa, solo eran tiras.
El libro es depositario del pensamiento. En él se registra la evolución de las ideas, se han difundido nuevas formas de pensar y también ha servido para la recreación. Las investigaciones recientes apuntan a que el libro permite el desarrollo de neuronas espejo y ello propicia mayor solidaridad entre seres humanos. Y, como dice J. R. R. Tolkien, autor de El Hobbit y la saga del Señor de los Anillos, «un libro nos hace vivir mil vidas; pero sin leer solo vivimos una».
Por eso, en Celaya el 23 de abril en el parque Morelos, en Celaya, estaré a partir de la 13:00 firmando libros. Acompáñeme y regale a un amigo un libro. Igualmente, me presentaré el 26 en la biblioteca Efraín Huerta, también en Celaya, para hablar de estas Chispitas de lenguaje.
Foto de portada: Pixabay
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