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Mejor sanar que perdonar

Diálogo Estado / Gaudencio Rodríguez Juárez / Top News / 20/04/2017

SOMOSMASS99

 

©Gaudencio Rodríguez Juárez*

Jueves 20 de abril de 2017

 

“Necesito perdonarlo para dejarlo ir”, dijo Elena refiriéndose a su ex pareja con la que acaba de consumar el divorcio.

Estuvieron juntos por casi una década, luego de la cual el distanciamiento de él sumado a la impaciencia de ella terminó por meterlos en un último año de conflicto grave que los llevaba a discusiones y peleas cada vez más frecuentes y a un par de rupturas temporales.

“Necesito perdonarlo de todo lo que me hizo: andar con otras mujeres, quedarse con nuestro patrimonio, tener una nueva pareja aún cuando ni siquiera se consumaba nuestro divorcio, las humillaciones al final de nuestra relación que nunca antes me había hecho”, decía ella.

Tal postura la llevó a dedicar excesivo tiempo y energía tratando de entender el comportamiento del otro, tratando de resolver algo irresoluble: “¿por qué lo hizo?”

Para dejar ir a la ex pareja ¿realmente es necesario perdonarlo? ¿Es ese el trabajo que se tiene que realizar para encontrar la paz? En la forma de entender el perdón de Elena ¿quién sale más beneficiado? ¿De dónde aprendió que la manera de encontrar la tranquilidad es perdonando a su ex pareja?

Responderé rápido: no necesita perdonarlo para recuperar la estabilidad, por lo menos no de la manera en que ella cree.

Me explico: ella pensaba que tenía que absolverlo de los daños generados, aceptar sus comportamientos que la lastimaron, llegar a un punto donde sintiera que nada pasó, como si su dignidad no se hubiera trastocado, como si no hubiera existido el dolor aún punzante.

Pero tal cosa no es posible, porque las cosas sí pasaron, y lo pasado no se queda atrás, se queda adentro, en nuestro cerebro (en nuestro corazón, decimos metafóricamente), afectando a nuestro ser.

La única manera para hacer posible el “como si no hubiera pasado nada” es recurriendo a la amnesia, a la represión, a la negación de lo vivido. Pero olvidar para poder perdonar es peligroso porque, precisamente, cuando un miembro de la pareja “olvida”, minimiza o niega el dolor y las humillaciones gatilladas por el otro, entonces ya no tiene, ya no tiene que separarse, ya no tiene que tomar distancia, sino quedarse en una relación donde el deterioro y la destrucción será el destino.

¿Cuál es el camino, pues? Dejar de pensar en él y ponerse a trabajar consigo misma, invirtiendo la energía y el tiempo en la curación de las propias heridas que dejaron las acciones, palabras, conductas y actitudes de ambos. Dicho proceso pasa por:

1º. Detectar y enumerar cada uno de los eventos que detonaron una herida: “El día que me dijiste (o hiciste)…”, “La manera en que me tocaste y lastimaste aquella vez”, “Tu indiferencia y frialdad”, “El día que te vi con la otra”…

2º. Reconocer los sentimientos que tales eventos provocaron: tristeza, enojo, impotencia, desilusión, minusvalía, miedo, rabia, traición…

3º. Identificar las necesidades, los pensamientos o las creencias que estimularon tales sentimientos (sobre todo los culpígenos): “Me lo merezco por…”, “Tiene razón, porque si yo hubiera hecho lo que me pedía él no se hubiera puesto así”…

Parto de que generalmente lo que provoca la herida emocional es la manera en que procesamos el estímulo externo. El otro lanza el anzuelo y si uno lo muerde la herida está garantizada.

Generalmente cuesta dejar ir al otro no por falta de perdón, sino debido a la herida que deja la ruptura producto de la fragilidad, vulnerabilidad, inseguridad, autoimagen, autoestima o autoconcepto disminuido o negativo del momento, a lo que se suma la tristeza que se intensifica al recordar los buenos momentos vividos y la consecuente tendencia a devaluarlos al pensar que al otro realmente no le significaron nada o a sobredimensionarlos, otorgándoles una importancia tal que resulta difícil dejarlo ir.

El trabajo consiste, pues, en sanar las propias heridas a través de la resignificación de la ruptura, para lo cual, la adopción de creencias y posturas constructivas es esencial: festejar lo bueno que hubo en la relación —sin sobredimensionarlo— y atesorarlo, recuperar la seguridad, la autoimagen, autoestima y autonomía, asumir sólo la parte correspondiente por lo que funcionó y no en la relación, liberarse de culpa, aprender de lo vivido…

En resumen, no se trata de olvidar para perdonar, sino de recordar para no repetir; no se trata de perdonar para “dejarlo ir”, sino de sentir y resignificar para que un día deje de doler y se vaya solo de nuestro corazón.

* Psicólogo / [email protected]

Foto de portada: Pixabay.






Luis López




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1 Comentario

el 20/04/2017

Muy humano Gaudi!
Tal como suele pasar en consulta



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