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Días de mar, días de viento

Crónicas / Para Ver, Oír y Comer / Top News / 18/06/2018

SOMOSMASS99

 

Víctor Corona*

 

Para Lenka, in memoriam

 

Ahora mismo no puedo recordar si fuiste tú o fui yo el que dijo eso de que el mar podía ser un paisaje que daba calma o que condenaba al peor de los infiernos. Seguramente ni tú ni yo fuimos los primeros. En realidad, quien lo haya dicho primero importa poco.

El mar golpeaba con fuerza las rocas, arrastraba las piedras e impactaba con toda su fuerza a los débiles muros del puerto del Sauzal. Las embarcaciones salían por la noche, como luciérnagas entre la furia, hacia una oscuridad muy profunda. Yo cogía con fuerza mi taza de manzanilla ardiendo y le preguntaba al Zarko qué buscaban aquellos barcos. Con la paciencia de los sabios de verdad, los de la calle, los del mar y los del trabajo, me explicaba mi buen amigo lo que iban a hacer. Me hablaba con una natural parsimonia sobre conceptos que, por más que él quisiera hacerlos técnicos, a mí me parecían más cercanos a la fantasía que a la ciencia. Esa fantasía que de niño me encontraba en viejos libros que contaban de tesoros perdidos, de grandes animales y de fondos submarinos llenos de estrellas y corales.

– ¿A poco no sabes nadar?

– No

Porque eres buena persona no me insultabas. Pero toda tu actitud, el rictus de tu cuerpo parecía decírmelo. Qué estás haciendo aquí, mi buen amigo. Fue así como poco a poco fui venciendo la timidez y abandonaba la caravana en la que vivía para escabullirme de la soledad, que en momentos se me hacía insoportable. Necesitaba alejarme de esos pensamientos que no hacían otra cosa que más largos los segundos sin ustedes. Y así empecé a tocar puertas que por suerte se abrieron. Con la naturalidad del que acepta una taza de café, una cerveza, del que acepta una invitación a los tacos o a la playa, mis vecinos aceptaron mi compañía. Y yo lo agradezco. No estaba en la mejor de mis versiones y seguramente pude llegar a ser pesado. Tantas quejas, tanta melancolía. Pero el mar en la ventana nos consumía, a veces en su encanto, a veces en su infierno, en historias que necesitábamos contarnos para conocernos y reconocernos.

Y fue chingón re-encontrarse con viejas palabras y viejos acentos. Y fue chingón también aprender a buscar la calma entre risas compartidas durante veladas de ensalada, pizza y algo de vino. Y fue igualmente chingón ver el vientre de Yuritzi crecer cada día, así como las ganas de los dos de que pronto esté aquí ya ese pequeño que lo cambiará absolutamente todo entre ustedes. Fue un alivio para mí encontrar un resquicio de cariño, entre tantas dudas, preguntas e incertezas.

Agradezco profundamente la compañía y los momentos. Les agradezco a ustedes y a Lenka y a León. Seres que en meses se volvieron más que queridos por mí. Venían a verme en malos y buenos momentos. Y me querían de esa forma que sólo pueden querer los buenos seres vivos. Sin cuestionamientos. ¿Cuántas veces no me habrá visto llorar el León? Cuántas veces no me habrá arrancado una sonrisa entre las lágrimas con su cuerda en el hocico, como diciendo, venga va, que ya falta menos y que todavía nos queda mucho por jugar.

Salía al patio a encontrar la complicidad del mar pero siempre me encontraba con el viento también. Como diciendo, no Víctor, no será todo tan fácil. El Ocean View que sueñan los gringos también está cargado de esta rudeza que tienes que ser capaz de soportar.

Vivir frente al mar no siempre es tan fácil, al menos para mí.

Una tarde en la playa de Emes para descubrir que las personas que viven frente al mar, que viven en y del mar algo tienen de diferente. Algo ya había intuido en mis conversaciones con Bernardo, pero creo que la gente como Zarko y Yuritzi tienen algo que los hace diferentes al resto y que les permite vivir de espaldas a las catástrofes más urbanas. Como si se tratase de criaturas mitológicas, creo que el tiempo que están en la tierra es simplemente una convención que les permite seguir viviendo. Su vida está entre la espuma de las olas. Entre los túneles de fuerza en el que se deslizan, junto con algas y lobos marinos. Es allí donde realmente viven.

La tarde cae y, como casi siempre, el sol todo lo tiñe de rojo. Qué tardes tan chingonas en una ciudad tan triste como Ensenada. Qué tardes más propicias para la debacle. Le pregunto al Zarko cómo se ve la vida desde el mar y como si no me oyera me contesta.

– De la chingada. Por eso no me quería salir.

Siguiendo el ritual. Los surfers se cambian de piel sobre las piedras. Respiran con tranquilidad. Colocan sus utensilios en sus relativos coches. Se preparan para volver a los lugares más remotos que les consumen la existencia.

Yo soy un ser de otra especie. Ellos lo saben y yo lo sé. Algunos me ven con desconfianza, como los linces deben ver a los gatos. Pero me aceptan. Supongo que en el fondo saben que venimos del mismo sitio.

Regresamos a casa y el mar golpea con fuerza y viento. Yo en voz baja me despido para siempre de este lugar, al que espero volver de tanto en tanto. Con el cariño del que reconoce la magia que no puede ser compartida. Con el buen recuerdo de la gente que encontré y que espero seguir encontrando.

Ahora, desde la distancia, puedo decir, no sin cierto pesar, que el mar no es para mí. Al menos el de verdad, no lo es.

Mi único consuelo es que “el otro mar”, el de la poesía, siga por allí y que algún día me dé una oportunidad.


* Víctor Corona estudió Literatura Hispanoamericana en la Universidad de Guanajuato, México, y el doctorado en la Universitat Autònoma de Barcelona, España. Actualmente es investigador en la Universitat de Lleida.

Imágenes de portada e interiores: Lenka. | Fotos: Yuritzi Medellín.






Luis López




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3 Comentarios

el 18/06/2018

Lindos pensamientos

el 03/07/2018

Muy bello! Me hiciste vivir tus momentos como si estuviera allí y recordar con nostalgia a mi hermanito, gracias mil.

el 04/07/2018

Hermoso Que bonito escríbes.
Que bonita La nostalgia.



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