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NOPALES Y HORTENSIAS
Carla Martínez*
Viernes 20 de julio de 2018
México es un país lleno de gente. Y los mexicanos no somos homogéneos en términos físicos o culturales. Somos un pueblo variado como hay colores diferentes de frijoles. Pero compartimos muchísimas cosas. Y como somos tantos, a pesar de que sí existen comunidades de inmigrantes…muchas veces no los vemos. Yo crecí en la ciudad de México, al norte, en Azcapotzalco. Mi familia es del Estado de Hidalgo. No éramos ricos. No conozco todo el vasto y hermoso territorio nacional.
Y la primera vez que interactué con un extranjero tendría yo creo casi 10 años. Mi mamá estaba estudiando su posgrado, y tenía una compañera brasileña, un compañero chileno y varios profesores argentinos. Dos semestres, el agregado cultural de la embajada de Costa de Marfil también tomó clases con ellos. Yo era tan ignorante sobre la diversidad del mundo que creí, con la inocencia de mis pocos años de vida, que todos los chilenos tendrían los brazos exageradamente cortos, al igual que el compañero de clases de mi mamá. Pasarían un par de años para que me diera cuenta de lo ridícula que resultaba esta primera “evaluación” de cómo es o no es una persona que nació en otro país.
Ahora lo recuerdo y me siento absolutamente estúpida. Los años me darían la oportunidad no sólo de conocer extranjeros, sino de vivir en sitios mucho más cosmopolitas, como la ciudad de Buenos Aires, en Argentina. Vivir en Buenos Aires me mostró de un golpe y porrazo, cómo puede haber sitios en que te cruzas con gente que viene de otros países casi dando la vuelta a la esquina, y te das cuenta. La señora de las verduras boliviana, el señor serbio de la tiendita de enfrente, el plomero paraguayo y los adorables compañeros peruanos que hicieron mi estancia en esa ciudad mucho más sencilla.
Porque también viviendo ahí descubrí cuán morena realmente era mi piel, y cómo mis rasgos (esos que toda la vida la gente me había dicho “no eres tan morenita”, “pero si tú eres casi blanquita”), denotaban a primera vista que yo no era del barrio. Y ese hacerse notar llamaba a la discriminación en muchísimas y sutiles formas.
Pero bueno, yo era joven, tuve suerte y eso fue hace casi veinte años.
Los aprendizajes, se quedaron en mi corazón. Y aprendí que sentirme orgullosa de los nopales que rodean los campos en el pueblo en que vive mi familia, o de la belleza del zócalo capitalino, no me impedía aprender a valorar y apreciar el resto de las maravillas que el mundo me ofrecía.
El papá de mis hijos mayores es uruguayo, pero ellos nacieron en México. ¿Son 100% mexicanos? Legalmente, lo son. Y en su corazón, aun después de casi 5 años de vida en Francia, son mexicanos. Se lo dicen a cualquiera que les pregunta de dónde vienen, y les encanta contarles a sus amigos sobre nuestra comida, nuestro altar de muertos y muchas cosas más.
Pero también sienten amor por el paisito de su papá, allá en el sur, entre Argentina y Brasil. Y por supuesto, se han enamorado del país en el que están haciendo su vida.
Si todo sale bien, pronto tendrán la doble nacionalidad. Serán mexicanos. Y también, serán franceses.
Quizá algún día sus hijos nazcan en este país. Tendrán un apellido que suena español. Pero al igual que sus padres, habrán crecido aquí. Ido a la escuela primaria. Aprendido a leer, escribir, la historia del mundo y la relación entre flores y abejitas, todo ello en la escuela francesa.
Creo que nadie podría decir que esos, mis hipotéticos nietos, no serían franceses.
Misteriosamente, el domingo pasado, cuando la selección francesa de futbol ganó el mundial, leí a muchísimas personas, de distintas latitudes, y tristemente, muchos mexicanos, decir que esa “era una selección africana”, que “así cualquiera con tanto negro atlético”… y mil cosas por el estilo. Salvo que esos muchachos (más allá de la nacionalidad de sus padres o el color de su piel), nacieron y aprendieron a leer, hablar, escribir y jugar futbol…en Francia.
Este país, en el que hay muchísimas personas increíblemente racistas, que se niegan a aceptar la realidad, es un país culturalmente diversísimo. Su historia pasada y reciente le ha hecho recibir migrantes de muy distintos orígenes. Españoles, portugueses e italianos tras la Segunda Guerra Mundial. Del norte de África más adelante. Del África sub-sahariana después. Personas que vienen de las Antillas. Personas de muchísimos sitios. Cuyos hijos crecen leyendo en francés. Familias multiculturales y bilingües, pero cuyos niños no por ello son menos “franceses” que aquellos cuyos abuelos y tatarabuelos ya nacieron en este territorio.
Así lo reconoce la ley. Y así se vive en la realidad. Quizá no hay una comunión perfecta como la que vimos en la tele entre los futbolistas campeones. Pero ni siquiera el más racista puede negar que es una situación palpable: hay franceses de todos colores, de todos orígenes y este es un país muy cosmopolita. Después, la discriminación, la falta de mezcla social y mil y un otros problemas, son otra cuestión. Que requiere otro análisis.
Mi hija menor es de ese tipo de franceses. Nació acá y será siempre francesa. Su papá es francés. En septiembre irá al kínder acá. Sus amigos habrán también nacido o crecido acá. Claro que también habla español, y me di hasta el gusto de ponerle mi apellido como segundo apellido a pesar de que acá no se tiene esa costumbre. Cosas de vivir en un país con este tipo de diversidad. En el que además, hay gente simpática y antipática, agradable y desagradable, igualito que en el resto del mundo.
* Carla Martínez, además de contar historias como migrante internacional desde la Bretaña francesa, ha sido ghost writer durante años y actualmente es redactora de contenido para una empresa española.
Foto de portada: Subrayado.
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