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Laura Cuevas*
Miércoles 12 de diciembre de 2018
El pasado octubre se publicó el nombre de los galardonados con el Premio Nobel de la Paz, el reconocimiento fue para el ginecólogo congoleño Denis Mukwege y la activista iraquí de origen yazidí, Nadia Murad. Los personajes mencionados se hicieron merecedores del premio por “sus esfuerzos para poner fin al uso de la violencia sexual como arma de guerra”.
La violencia de cualquier tipo es un fenómeno que la humanidad debe erradicar y para ello se promueven campañas antiviolencia por parte de los gobiernos, incluido nuestro país. Sin embargo, en el caso de las guerras, aunque existen acuerdos internacionales para salvaguardar la dignidad humana en los conflictos bélicos, en la realidad la humillación del ser humano más débil por el más fuerte sigue sucediendo de maneras y proporciones inimaginables.
En el informe del exsecretario general de la ONU, Ban Ki-moon, se explica que la violencia sexual en los conflictos armados supone: “la violación, la esclavitud sexual, la prostitución forzada, el embarazo forzado, el aborto forzado, la esterilización forzada, el matrimonio forzado y todas las demás formas de violencia sexual de gravedad comparable perpetradas contra mujeres, hombres, niñas o niños que tienen una vinculación directa o indirecta (temporal, geográfica o causal) con un conflicto”.
Este tipo de violencia se utiliza según Amnistía Internacional: a) Como acto final de humillación al contrario vencido; b) Como venganza por actos similares; c) Como estrategia de terror impuesta a poblaciones civiles para crear mayor caos en medio de un conflicto.
En el caso específico de la violencia sexual contra la mujer, la ONU dice lo siguiente:
“La violencia sexual contra la mujer tiene por objeto enrostrar la victoria a los hombres del otro bando que no han sabido proteger a sus mujeres. Es un mensaje de castración y mutilación al mismo tiempo. Es una batalla entre hombres que se libra en los cuerpos de las mujeres” [1].
Al parecer, el abuso sexual como arma de guerra ha sido utilizado desde tiempos pretéritos y en todas las culturas. En nuestra historia reciente, por desgracia, abundan los ejemplos, tal es el caso de los abusos sexuales cometidos por el llamado Estado Islámico en Oriente Medio y África del Norte, donde ha cometido todo tipo de horrores, entre ellos el uso de esclavas sexuales. Otro de los más conocidos fue el caso de los abusos cometidos por parte de los soldados estadounidenses en la guerra invasiva de Irak, en la cárcel de Abu Ghraib, que en su momento fueron noticia en el mundo. La guerra de Yugoslavia, en los noventa, también dejó historias descarnadas de violencia sexual contra mujeres bosnias en edad reproductiva, a quienes se les embarazaba a la fuerza para que engendraran hijos serbios. Fue a partir de este conflicto en Yugoslavia y el genocidio en Rwanda que las violaciones sexuales en los conflictos armados se consideraron en el Derecho Internacional como crímenes de guerra, crímenes contra la humanidad y genocidio en 2008.
En este lado del mundo, durante las dictaduras y conflictos en Latinoamérica las cárceles han sido escenarios de dolor y crueldad sexual contra disidentes. En nuestro país, en la llamada “guerra contra el narco”, ha habido abusos y torturas de todo tipo, incluyendo, por supuesto, la violencia sexual. Los ejemplos por desgracia abundan, porque así como el ser humano tiene imaginación para la ciencia y el arte también lo tiene en su capacidad para procurar el dolor contra el semejante.
En la República Democrática del Congo el dolor es infinito, su historia pasada y presente está llena de dolor. El doctor Mukwege, uno de los ganadores del premio Nobel de la Paz, ha dedicado veinte años de su vida a curar a mujeres abusadas sexualmente en este país, donde el conflicto armado por las riquezas del territorio congolés parece no tener fin. Grupos armados de Rwanda y Uganda asolan violentamente las poblaciones congoleñas para tomar sus territorios y comenzar a explotar sus minerales. Las poblaciones están indefensas, el gobierno del Congo no acude a castigar estos abusos (el Congo es rico en cobre, oro, diamantes, zinc y coltán, este último necesario para aparatos electrónicos como los celulares). En esas invasiones violentas las mujeres de todas las edades, incluidas bebés, son violadas masivamente delante de sus maridos e hijos, dejando secuelas físicas y emocionales para toda su vida. Es una estrategia planeada, pues así destruyen a toda la comunidad. En este universo de dolor, el doctor Mukwege se ha dedicado a sanar, hasta donde su ciencia lo permite, las heridas de cientos de mujeres que han sido deshechas por las violaciones de que han sido víctimas. Su labor continúa y su voz se levanta para denunciar la injusticia que están viviendo miles de mujeres en el Congo.
Por su parte, la activista iraquí Nadia Murad de 25 años de edad, originaria de Kosho, un pueblo que se ubica cerca del bastión yazidí de Sinjar, una zona montañosa entre Irak y Siria, comenzó a vivir el horror de la violencia sexual en octubre de 2014, cuando el Estado Islámico irrumpió en su pueblo, asesinó a 600 personas, y raptó a las jóvenes para usarlas como esclavas sexuales, ella entre las raptadas. Tenía entonces 19 años. Fue llevada a Mosul donde fue casada a la fuerza y vendida como esclava sexual. Tiempo después logró escapar de sus raptores y unirse a la lucha contra los abusos del EI. Es embajadora de buena voluntad de la ONU. Nadia perdió a su madre y sus hermanos, quienes fueron asesinados por el EI. Su lucha actual es por su pueblo y por las 3000 mujeres que siguen en poder del Estado Islámico.
Aunque el premio Nobel ha sido otorgado en muchas ocasiones por razones políticas, el premio otorgado en esta ocasión a Nadia Murad y al doctor Denis Mukwege amerita darlo a conocer por los cuatro vientos porque su lucha es por las victimas más olvidadas de uno de los crímenes más horrorosos que ha sido capaz de concebir la humanidad.
[1] Informe ONU E/CN.4/1998/54
* Esta es una colaboración del Colectivo Miguel Hidalgo de Celaya, Guanajuato, al que pertenece la autora.
Imagen de portada: Los premios Nobel Denis Mukwege y Nadia Murad. | Foto: The National.
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