SOMOSMASS99
©Gaudencio Rodríguez Juárez*
Jueves 24 de mayo de 2018
A los siete años le nació el gusto por jugar a la tiendita a mi hijo: “¿Cuánto cuesta esto?”, le pregunté al tiempo que señalaba uno de los múltiples objetos que tendió para su venta a lo largo del sillón. “Cinco pesos”, respondió después de buscar en su “lista de precios”.
“Pero sólo tengo cuatro”, respondí. Después de mirar nuevamente su listado, me dijo:
“Me equivoqué, en realidad vale tres”.
“Me lo llevo”.
En las compras subsecuentes, primero me preguntaba cuándo dinero traía, para enseguida poner los precios a mi alcance.
Al término del juego me quedé pensando que durante el juego resolvió un problema que no era suyo —mi “escasez de dinero”—, sacrificando su ganancia. La suspicacia de los adultos podrá argumentar que lo hizo con tal de que el juego pudiera continuar porque los niños sólo quieren estar jugando. O que lo hizo por un amor ciego a su padre. O que su pensamiento concreto e infantil aún desconoce las implicaciones que las pérdidas y ganancias económicas tienen en la vida real. Efectivamente, aún no sabe a detalle acerca de las implicaciones económicas, pero sí acerca de las afectivas; y en su lógica prioriza por éstas.
¿En qué momento invertimos nuestras prioridades? ¿Por qué no podemos proceder con la lógica solidaria de los niños en el mundo adulto? ¿Por qué no hacer de nuestro sistema económico un juego donde todos podamos participar con suficiente satisfacción? ¿Por qué hacerle más caso a los simpatizantes del capitalismo duro que ha traído como consecuencia el “mucho para pocos y poco o nada para muchos” que a los niños?
Recuerdo que cuando era niño, mientras llegaba mi turno para comprar frijol, observaba un gesto del dueño del negocio al despachar: el kilo tenía un precio fijo pero después de pesarlo y sin decir palabra alguna, sin hacer alarde de su generosidad, agregaba un puño de granos gratis: más grande si el cliente era de escasos recursos, más pequeño si no lo era.
Lo mismo sucedía en las tiendas de abarrotes. De ahí la gente salía con los productos necesarios para alegrar al cuerpo, más un puño de solidaridad y generosidad que alegraba al corazón. De eso hace más de 30 años en un pueblo donde la organización económica y social era sencilla, sencilla como lo son los niños: Cd. Manuel Doblado, Guanajuato (¡saludos!).
Los niños y las niñas son felices independientemente del dinero porque le dan un sentido lúdico y placentero a sus momentos, a sus objetos, a sus juegos, a sus relaciones humanas. Comenzamos a sufrir conforme nos hacemos adultos y la vorágine va despojando de sentido a lo que hacemos. Entonces ya no sabemos para qué trabajamos, para qué ganamos el dinero, para qué jugamos… para qué vivimos, dando lugar a uno de los dramas contemporáneos significativos: alienados y confundidos, nos convertimos en presas del mercado, el cual, siempre claro en su accionar, nos lanza su propuesta utilitarista: “sé mi lacayo, trabaja sólo por y para mí”.
¿Para qué trabajamos?, pregunta esencial y urgente en un mundo alocado, que se puede responder con sensibilidad y sentido si volteamos a ver a la infancia: “Dios quiera que el hombre, / Pudiera volver, / A ser niño un día / Para comprender. / Que está equivocado, / Si piensa encontrar, / Con una chequera, / La felicidad”, aún canta el muerto más vivo, Facundo Cabral.
El dinero es importante. Pero no alcanza para comprar la felicidad ni lo que realmente enriquece a nuestro espíritu. Porque, parafraseando a Cabral, el dinero solamente compra lo barato.
* Psicólogo / [email protected]
Foto de portada: Pixabay.
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