SOMOSMASS99
Roberto Gómez Palacios
Domingo 16 de octubre de 2016
El director de orquesta tiene (todos lo intuimos) los conocimientos musicales necesarios para poder convencer a los integrantes de una orquesta. Además, una formación tan sólida como cualquiera de ellos, con la suficiente fuerza que al leer la partitura todos acepten su opinión artística como propia. Los músicos creen que saben, él sabe que sabe; el director de orquesta nace, pero también se hace. Antes de pararse por primera vez en el pódium estudió música como los cantantes o los instrumentistas, de preferencia igual que ellos, también desde niño. Después de varios años de probar con el piano, o el violín, o con ambos, o posiblemente también haya incluido en sus estudios uno de los instrumentos de aliento siquiera para adquirir los principios básicos… se piense ya está preparado para dirigir. Aunque hay ejemplos como el de Georg Solti, que llevó a la Sinfónica de Chicago a ser una de las mejores del mundo y se hablaba del “sonido de la Sinfónica de Chicago”, que nunca estudió dirección y afirmaba: “Si uno quiere dirigir, dirige”.
Cualquier músico para de verdad “sentirse preparado” antes debió realizar varias veces inventarios personales. Tendrá identificados algunos rasgos muy particulares como la capacidad de liderazgo, trabajo, responsabilidad, compromiso e iniciativa, los cuales necesita para guiarse en el campo del desarrollo social, emocional y artístico. Helen Epstein, en Hablemos de Música, afirma que durante su formación el director de orquesta habrá desarrollado la fuerza de un bailarín, la expresividad de un actor consumado, la destreza organizadora de un director de empresa, las capacidades de trato interpersonal de un psicólogo y el carisma de un líder religioso. Si no las ha desarrollado le han a hacer falta.
Aquí en México debe ser un excelente político y acomodarse como ellos al partido político que le pongan enfrente. El sueño de muchos músicos es pertenecer a alguna orquesta sin director, sin el tirano, sin el señor feudal, sin el autócrata que exige mandar sobre todo lo concerniente a la partitura, y no sólo lo de la partitura, que no se limita a leerla, la interpreta e impone su punto de vista, que se interesa y le gusta intervenir en todo: en los lugares de ensayo, la hora de ensayo, los minutos de descanso, las sillas de los músicos, las horas y lugares de los conciertos y hasta en la vida privada de sus atrilistas. Luego, sin embargo, tiene un carisma, un “don”, que los mismos instrumentistas son los primeros en traicionarse, los primeros en reconocerlo sin que se les pida y en adularlo sin que tampoco se les solicite: no encuentran el modo de demostrarle que comparten su punto de vista: Malher, Wagner, Toscanini, Karajan, Furwängler y un largo etcétera están de acuerdo.
Arriba del pódium sus ojos no dejan ver reflexión, sensibilidad, pensamiento, ni ideas. Se le ve en el rostro, y ante todo en la mirada, decidido, con intuición a la aventura y al descubrimiento. El oyente, el que escucha los conciertos, no lo percata, sólo oye, aplaude y disfruta. El instrumentista de orquesta, a partir del instante que comienza la lectura de la partitura, lo nota, lo advierte, tiene enfrente un sujeto que se siente la persona más importante de la música orquestal, se piensa más importante que el solista, el compositor y toda la orquesta misma. Quizás nadie después del concierto pueda discutir con certeza este aspecto, los músicos lo saben desde hace cien años. Desde Richard Wagner lo ven en el primer momento que un director se para enfrente durante los ensayos y hasta durante los conciertos.
«¿Cuándo empieza esa “ansiedad por dirigir?”. Existe el caso –seguramente habrá más- de un joven director mexicano, Iván López Reynoso, que descubrió a los cuatro o cinco años de edad su vocación de director y a esa edad siempre que podía subía al pódium y dirigía una orquesta imaginaria. Actualmente de 25-26 años tiene una actividad muy importante como director. No obstante, generalmente empiezan con las inquietudes «raras» alrededor de los veinte años, ya muy grandes de treinta. Pero seguramente tienen mínimo diez años de estudios musicales. Si corren con la suerte de acudir a cursos de dirección en Estados Unidos o en Europa, se sentirán incómodos cuando les pregunten su edad o con quién han estudiado, lo mismo cuando les pregunten cuánto tiempo han dirigido, cuántas orquestas, cuál es su instrumento principal y cuántos conocen.
En estos cursos y en todos los lugares donde se pare o se presente debe demostrar sus cualidades de carácter, seguridad, amabilidad, soltura, agradable y suavidad en el trato. Nunca se sabe si hoy se conocerá alguien importante que podrá ayudarlo mucho en el futuro. El director de orquesta siempre ha intentado tener una, dos o tres orquestas, y llegar a la titularidad de alguna de ellas ya sea por aclamación de los músicos o por contrato del jefe en turno. Porque una vez bien colocado se entregará a buscar el sonido perfecto, que todo vaya de manera serena, correcta, objetiva y perfectamente bien planeada, hasta el mínimo detalle. Él siente que es perfectamente exacto, claro, preciso (aunque siempre habrá alguien que diga que eso es lo que le falta) para expresar libremente su romanticismo, su emoción por la música, sin perder la objetividad. Si es “titular”, “huésped principal”, “principal invitado” o le han dado cualquier otro nombramiento que le dé seguridad en el empleo, debemos verlo, pues, seguro, que se siente el más guapo, carismático, talentoso, brillante y dotado de los seres. Necesita por lo menos creerlo y pensarlo, ya que una de sus obligaciones es transmitir energía, talento, buen gusto y autoridad para ejercer control y de ser necesario llevar a cabo la disección de las frases musicales. El atrilista aprecia al director que no es superficial, pero que es sencillo, convincente, que puede llevar la obra de forma natural sin importar si da movimientos demasiado amplios o si apenas se notan los cambios en sus manos; que sea claro y directo.
La realidad es que un director de orquesta puede llegar a tener lo que pensamos posee un líder político, social o religioso: una presencia muy importante, el reconocimiento y el afecto de sus allegados o subalternos. De acuerdo con una nota de La Jornada, el venezolano Gustavo Dudamel director titular de la Orquesta Filarmónica de los Ángeles, al presentar a la finlandesa Susanna Mälkki como directora huésped principal de la orquesta, dijo: “Es una de las mejores directoras que conozco y la orquesta la ama y confía en ella. Es maravilloso tener a tan vibrante artista como nuestra huésped principal”.
Fotografía de portada: Maestro Carlos Miguel Prieto dirige a la Orquesta Sinfónica de Minería. | Foto: Moisés Pablo / Cuartoscuro.

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