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El regreso de los cocodrilos

Diálogo País / Top News / 16/02/2018

SOMOSMASS99

 

Juan Carlos Sánchez Olmos* / UNAM

Ciudad de México / Viernes 16 de febrero de 2018

 

En los años 50 del siglo XX, cuando en México aún no estaba regulada la cacería ni el aprovechamiento de los cocodrilos (Crocodylus Cactus y C. moreletii) y caimanes (Caiman cocodrilus), fueron cientos de personas las que se dedicaron a la manufactura o comercialización de artesanías de lagarto, y otros tantos a la cacería de cocodrilos, coloquialmente conocida como lagarteo, principalmente en los estados de Chiapas, Campeche y Tabasco.

En estos estados, la necesidad de alimentar a la familia condujo a un gran número de personas a la explotación y comercialización de cocodrilos; con regular éxito económico. Durante esa época fue popular usar billeteras, bolsos o cinturones manufacturados con la “piel de lagarto”; artesanías que a pesar de la pureza de su estética, estilo Art Narcó, su demanda se sostuvo durante décadas, tanto en los mercados locales como el comercio regional, con la consecuente depredación de los animales y el decremento de sus poblaciones.

Don Miguel Álvarez del Toro (don MAT, como afectuosamente le llamaban sus allegados), quien fuera uno de los pioneros de la conservación en México, escribió sobre el perjuicio que ya en la década de los setenta ocasionaba la cacería ilegal de cocodrilos en Chiapas, particularmente en los ríos de la zona norte y noreste del estado. Don MAT relató que en la región costera pulularon los traficantes de la piel, la cual transportaban impunemente a los mercados de la Ciudad de México (Álvarez del Toro y Siegler, 2001). También mencionó que en 1955 era fácil observar cocodrilos de río (Crocodylus acutus) de cinco y seis metros de longitud, que incluso representaron serias amenazas para los animales domésticos de las rancherías regionales debido a que devoraban gallinas, patos, cerdos, perros e incluso be- cerros o personas. Con el paso del tiempo esta amenaza disminuyó debido al abatimiento de las poblaciones de cocodrilos, ya que cada vez fue menos común observar animales en los cuerpos de agua y más raro aún avistar organismos de talla superior a los dos metros.

Para mediados de los ochenta en las calles y plazas de diversas ciudades del sureste mexicano era común toparse con la figura de los peleteros ambulantes; artesanos que hicieron de la explotación de los cocodrilos su actividad económica y su fuente de trabajo. Entre esta comunidad destacaron algunos singulares cazadores.

Lagarteros de antaño

Uno de estos personajes es don Santos Fernández, “El Jaguar de Río Indio”, nativo del sur de Quintana Roo. Un viejo entrañable que durante su juventud “monteaba” por los manglares en busca de presas a las que seguía y acosaba con sigilo para sorprenderlos por la retaguardia con un letal machetazo en la región cervical. Trabajó durante años, así que fueron numerosas las ocasiones en que vivió y después narró los riesgos inherentes al lagarteo, así como los peligros que le acecharon en cada jornada.

Frecuentemente estuvo expuesto a las mordeduras de serpientes, pero sobre todo a las picaduras de los insectos como mosquitos, abejas o tábanos; no obstante, monteaba hasta localizar una presa, cazarla y faenarla. Así que no faltaron los sobresaltos, como la ocasión en que un lagarto lo sorprendió fuera del agua con una embestida feroz tras una enérgica pero breve carrera en posición bípeda.

Otro singular lagartero es don Gaspar Jiménez, tabasqueño oriundo de Tenosique, quien nació, creció y todavía vive en la selva; a él, sólo la vejez y las secuelas de un dramático accidente aéreo le han limitado las jornadas de monteo. Él también fue cazador desde su juventud, cuando aprendió algunos métodos comunes entre lagarteros para atraer a los cocodrilos. Uno de ellos consiste en “lamparear” por las noches desde las riberas en dirección a los cuerpos de agua rastreando a los animales que fácilmente se localizan a través del intenso brillo de los ojos que sobresalen a la superficie; acto seguido don Gaspar bufaba y emitía vocalizaciones guturales, al tiempo que rompía ramas y enérgicamente planeaba el lodo con la hoja del machete.

Para los profanos a la vida selvática, presenciar el llamado del cocodrilo era un espectáculo que tenía como momento estelar la respuesta de los animales al llamado cazador. Otro método usual consiste en chasquear los labios imitando las vocalizaciones de las crías de cocodrilo, sonido que resulta un eficiente llamado al que acuden los adultos y que es aprovechado por los lagarteros para cazarlos.

De acuerdo con estadísticas publicadas en el Boletín 3 del Instituto Nacional de Investigaciones Biológico Pesqueras (1970), por esa época la producción de piel de cocodrilos tuvo un auge en localidad de Palizada, Campeche, donde se registró un record de ocho toneladas en el periodo comprendido entre 1946 y 1952 (Coll, 1975).

Del exterminio a la conservación de los cocodrilos

Desafortunadamente el abatimiento de los cocodrilos no fue restrictivo de esta región porque el decremento de sus poblaciones fue notable en todo el territorio nacional; no solo por la cacería, sino también por la degradación del hábitat, la depredación de sus nidos y la destrucción de los manglares para construir granjas camaroneras.

Esta circunstancia fue observada por los biólogos de campo y la hicieron pública e incluso del conocimiento de las autoridades ambientales mexicanas, quienes catalogaron a las tres especies de cocodrilos en la Norma Oficial Mexicana NOM-059-SEMARNAT-2010 en la categoría de Protección Especial.

A nivel global, en los años ochenta la Red List de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) tuvo clasificado al cocodrilo de río (Crocodylus acutus) en Peligro de Extinción (1982), pero los especialistas consideran que actualmente descendió el riesgo sobre sus poblaciones, por lo que hoy en día está catalogado como Vulnerable. Al cocodrilo de pantano (Crocodylus moreletii), que también estuvo considerado en Peligro de Extinción (1982), en la actualidad se le considera en Riesgo Menor, de la misma manera que al caimán (Caiman crocodilus) que años atrás se le clasificó como Amenazado (1986).

Como es posible notar, estos instrumentos técnico-normativos proporcionaron argumentos para reducir tanto el uso como su abuso clandestino. No obstante, la demanda de piel y carne de cocodrilo nunca acabó, siempre se mantuvo e incluso se reguló para ser exportada generando fuentes de trabajo y divisas, principalmente a través de la empresa sinaloense Cocodrilos Mexicanos, y años más tarde la UMA Caimanes y Cocodrilos de Chiapas también comer- cializó grandes volúmenes de estas materias primas.

Es muy importante mencionar que investigadoras como la Dra. Atlántida Coll de Hurtado (Instituto de Geografía-UNAM), señalan que en regiones como la Laguna de Términos en el estado de Campeche, existen condiciones ambientales propicias para la producción a gran escala de cocodrilianos (Coll, 1975).

En 1997 cuando se presentó a la nación el Progra ma de Conservación de la Vida Silvestre para la Diversificación Productiva en el Sector Rural, 1997- 2000, Cocodrilos Mexicanos ya era un modelo de éxito productivo y comercial. Así que otros productores también aprovecharon el impulso de la política ambiental promovida por la SEMARNAP, a cargo de la bióloga Julia Carabias; posteriormente la tendencia condujo a la promulgación de la Ley General de Vida Silvestre en el año 2000, así como a la creación del Proyecto de Recuperación de Especies Prioritarias (PREP-Cocodrilos) y más adelante al actual Plan de Acción para la Conservación de Especies (PACE-Cocodrilos). La propuesta fue aprovechar sustentablemente los productos derivados de los cocodrilos a través de su manejo en cautiverio, pero sobre todo detener la voraz depredación ilegal.

Al parecer la estrategia nacional de conservación y manejo dio resultados positivos, porque en los últimos años del siglo XX y los primeros lustros del tercer milenio, los efectos combinados de la cría en cautiverio, de las restricciones legales para la cacería, la protección de comuneros, la estructuración de la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas (CONANP), el trabajo de los biólogos de campo, la educación ambiental, el activismo de los ecologistas, la conciencia ciudadana e incluso la tibia protección de la PROFEPA tuvieron efectos en la recuperación gradual de las poblaciones silvestres.

A veinte años de haberse presentado el “Programa de Conservación de la Vida Silvestre para la Diversificación Productiva en el Sector Rural, 1997-2000 “, los mercados nacionales de vida silvestre no lograron consolidarse; sin embargo, la demanda peletera del cocodrilo de pantano (C. moreletti) se sostiene porque su piel es más suave y de mejor calidad que las otras dos especies nativas y se realiza principalmente con fines de exportación, debido a que los mejores costos se tasan en dólares americanos y en el extranjero.

Mientras tanto en las selvas y humedales del territorio nacional los cocodrilos vuelven a asolearse en las riberas; han regresado y gradualmente sus colonias están creciendo, a grado tal que los especialistas de la UICN consideran que los cocodrilos y el caimán por el momento se han alejado de la extinción. Pero como sus poblaciones se incrementan al igual que las dimensiones de los animales, una vez más se cierne la amenaza de ataques a humanos.

¿De presa a depredador?

A principios de la presente década reportes periodísticos hicieron públicos algunos incidentes en la laguna de Nichupté, ubicada en el corazón de Cancún, Quintana Roo, en donde cierta madrugada un trasnochado turista bajo a orinar a la orilla y fue sorprendido por la embestida de un hambriento cocodrilo que cebó su intento ante la despavorida huida del incauto.

Actualmente no son los biólogos sino los reporteros quienes dan testimonio de la presencia de cocodrilos en zonas donde no era común ni esperado encontrarlos. Tal es el caso de las zonas urbanas inundables en temporada de lluvias, circunstancia que incrementa el área de dispersión de los animales que aprovechan las inundaciones en calles y avenidas de diversas ciudades para explorar nuevos espacios, con el inminente riesgo para los humanos.

Debieron transcurrir más de cincuenta años para que los ríos, lagunas y humedales volvieran a tener poblaciones conspicuas de cocodrilos. En la actualidad, las tallas de los animales -con frecuencia superiores a los tres metros- permiten inferir que la baja incidencia de cacería ha influido en los incrementos tanto del número de individuos como de sus dimensiones. Esto explicaría la mayor frecuencia de ataques de cocodrilos, que inclusive han cobrado vidas humanas. En ese sentido el biólogo Jesús García Grajales, investigador de la Universidad del Mar en Oaxaca, ha documentado la interacción hombre – cocodrilo y refiere tres ataques fatales (García Grajales, 2013), de tal manera que quien fue presa ahora se perfila como depredador.

Ante estas circunstancias los biólogos mantienen su protagonismo porque son ellos, en colaboración con médicos veterinarios, personal de protección civil y los cuerpos de bomberos, quienes integran los equipos de manejo para atender las contingencias o capturar a los animales para devolverlos a su hábitat. Ahora es responsabilidad de las au- toridades apoyar a estos grupos de trabajo, con mejores salarios, financiamiento para actualizar su capacitación; así como con vehículos y equipo para garantizar tanto la seguridad humana como el bienestar animal. Porque sólo de esta forma es posible garantizar la coexistencia armónica con uno de los animales más bellos con quien compartimos este planeta: el cocodrilo.


Lecturas recomendadas:

  • Álvarez del Toro, Miguel y Luis Siegler. 2001. “Los crocodylia de México”, IMERNAR / Instituto de Historia Natural de Chiapas / SECOCOM / SEMARNAT, 134pp.
  • Coll de Hurtado, Atlántida. 1975. “El Suroeste de Campeche y sus Recursos Naturales”, Instituto de Geografía-UNAM, 84pp.
  • García-Grajales, Jesús. 2013. “El conflicto Hombre–Cocodrilo en México: Causas e implicaciones”, Interciencia Vol. 38 (12): 881- 884. http://www.interciencia.org/v38_12/881.pdf [Consultada el miércoles 22 de marzo 2017].
  • Diario Oficial de la Federación, 30 de diciembre de 2010. Norma Oficial Mexicana NOM-059-SEMARNAT-2010, Protección ambiental – Especies nativas de México de flora y fauna silvestres – Categorías de riesgo y especificaciones para su inclusión, exclusión o cambio – Lista de especies en riesgo, Secretaría de Gobernación, 78pp, http://www.profepa.gob.mx/innovaportal/file/435/1/ NOM_059_SEMARNAT_2010.pdf [Consultada el miércoles 22 de marzo 2017].
  • Red List UICN http://www.iucnredlist.org/ [Consultada el miércoles 22 de marzo 2017].

* Juan Carlos Sánchez Olmos es biólogo, fundador de Conservación sin Fronteras.

Fotos de portada e interiores: Pixabay.






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