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En San Jerónimo, mujeres siembran pinos y cosechan vida

Sociedad Estado / Top News / 19/09/2014

Martha Camacho / SomosMass99

San Jerónimo, Victoria / 18 de septiembre de 2014

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Concha encabeza al equipo de sembradoras, todas se sienten orgullosas de su labor. 

“Se nos estaba yendo la tierra y eso nos hizo pensarle que debíamos hacer algo”.  Es Concha, una incansable mujer y madre de 10 hijos que encabeza al grupo de reforestadoras en San Jerónimo, una comunidad del ejido Derramadero en el municipio de Victoria.

Para ir a la zona la mirada pasa por un paisaje semidesértico, rumbo a Xichú, y apenas en una vuelta ya estamos en la región boscosa, pinos y encinos lo abrazan a uno con frescura.

Pero el trayecto cambia de pronto y la desolación de la tierra erosionada, de las grandes extensiones de tierra en donde cuentan que un día hubo bosque, nos inunda a todos.

Llegamos a San Jerónimo y un pequeño grupo de recepción nos espera: Concha Quiroz, M.A. Isabel Mendieta, Elvira Quiroz y la más joven del equipo Leticia Alvarado.

Conocerlas, escuchar sus testimonios es llenarse de energía, de ejemplos de vida, de amor por la tierra.

Concha: hace nueve años

Con los datos claros, sacados de esa memoria que recuerda momentos claves de cómo se organizaron para combatir la deforestación, Concha platica que el comité de reforestación está conformado por 44 mujeres y 11 hombres, todos de la comunidad.

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Este es el predio que sembraron en 2014 y ya preparan el terreno para el año que viene.

Pero no siempre fue así, en 2005 “empezamos a echarle conciencia” y nos pusimos a trabajar en nuestras casas. Hicimos zanjas, plantamos maguey y nopal, hicimos pretiles y bordos, porque contener la erosión es cosa seria.

Entonces en 2006 vino una persona de León, Abel Segura de la Semarnat  y así empezamos a sembrar pinos.

Comenzaron a trabajar organizadamente en 2009, cuando la Reserva de la Biósfera Sierra Gorda de Guanajuato les ofreció apoyo y empleo temporal durante tres meses. Porque siembran sólo en tiempos de lluvia, nos dice, esto es durante julio, agosto y septiembre. Trabajan de lunes a sábado, de 8 de la mañana a 5 de la tarde o hasta que oscurece. La paga es de 100 pesos diarios.

El primer año les ayudaron a plantar, pero hoy ya lo hacen con gran eficiencia, tanto que de los árboles que siembran se dan más del 90 por ciento.

¿Entonces tienen buena mano?, les pregunto, Concha sonríe orgullosa, ni falta hace que responda, sólo es cosa de voltear a las parcelas que ya han reforestado, por ningún lado se ven árboles secos.

A la fecha llevan siete predios reforestados, durante unas cuatro horas recorrimos tres de ellos. Los ejemplares de pino Gregui, Lacio y Michoacano están ahí como muestra del trabajo de estas mujeres que decidieron tomar la pala y el azadón.

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Son una comunidad de mujeres fuertes, azadón en mano buscan cambiar su entorno. Concha, en la esquina derecha.

Por cada hectárea siembran 600 ejemplares, este año la Comisión Nacional Forestal (Conafor) les entregó 5 mil 500 pinos y 3 mil encinos, todos ya están en la tierra.

Pero sembrar no es la única tarea que realizan, otra muy importante es hacer tinas ciegas (zanjas) en los predios reforestados, que tienen la función de controlar la erosión y captar agua. Ese es trabajo duro, coinciden, ya que tienen que cavar en un terreno pedregoso.

Nos mostraron el terreno que preparan para la siembra del 2015, ya hay trabajo de tinas ciegas y enramadas para protegerlo.

Horas después de conocerlas, Concha nos comparte lo que siente: a mí me da gusto hacer esto, pero a la vez tristeza por la destrucción del campo.  Pero donde ya plantamos se siente diferente.

Es inevitable hablar de otros tiempos. Nos cuenta que cuando era muchacha no había luz en San Jerónimo. La energía eléctrica llegó a la comunidad hace 12 años, antes cuando anochecía sólo se oía la radio y los sonidos de los animales.

A Concha se le ilumina el rostro cuando piensa en esa época, cuando oscurecía tendía mi cama en el piso y platicaba con mi mamá hasta que me ganaba el sueño.

Elvira: la frescura cuenta

Lo mejor de este trabajo es que ahora uno ya puede sentarse a la sombra, antes hacía mucho calor, cuenta Elvira, otra de las reforestadoras.

A ella le viene a la memoria que en 2009, cuando empezaron, no llovió y tuvieron que acarrear agua del río para regar los arbolitos. Eso mismo pasó este año.

Cargamos botes de 20 litros; el primer día se le echa a cada árbol uno de esos, al segundo ya nada más 10 litros. Fue tan pesado que al otro día me dolían los brazos, no podía ni moler en el metate, dice con una sonrisa de satisfacción.

Isabel, Virginia, Belén y Leticia

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Antes había mucha sombra, hasta se oscurecía de tanto árbol: Isabel.

A Isabel, otra de las mujeres sembradoras, los recuerdos la llevan a su niñez, “estaba bien cerrado de bosque, hasta daba miedo”.

Allá por 1950 entró un aserradero y taló muchos árboles, los animales se fueron, había venados. Entraron camiones para llevarse los troncos, hicieron carreteras y desde entonces todo cambió.

Todo quedó descubierto, empezó a hacer más calor, lamenta.

A Virginia la encontramos en las inmediaciones del tercer predio, ella cuenta que hace 25 años un ingeniero llegó y ocupó a los muchachos para recolectar semilla de pino y sembrar en un invernadero que se construyó en la comunidad.

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Ejemplares de cuatro años.

Y nos muestra los pinos que sobrevivieron a ese esfuerzo, son los más grandes.

En el último tramo de la visita paramos en la casa de Ma. Belén Velázquez, pionera en la reforestación. Ella define con claridad lo que son: esta es una comunidad de mujeres fuertes, hacen zanjas, acarrean agua, tapan zanjas. Se hace de noche y no acaba el quehacer.

Leticia, la más joven de las sembradoras sólo escucha y asiente. Estudia el bachillerato y sueña con terminar una carrera, nos dice que las matemáticas es lo que le gusta.

Todas ellas comparten el gusto por devolver a su comunidad el verdor y la frescura de los árboles.

El experto

¿Y por qué se quedaron sin árboles, por qué esas grandes extensiones de rocas y tierra?

El ingeniero agrónomo Luis Felipe Vázquez Sandoval, subdirector de la Reserva de la Biósfera Sierra Gorda de Guanajuato, explica que la tala ilegal fue un factor fundamental.

Pero también que en nuestro país no se ha promovido la producción forestal, el valor que se ve de los bosques es para el fogón, reclama. A eso hay que agregarle políticas públicas equivocadas.

Con todo detalle narra cómo ha sido el trabajo con las mujeres, la labor de enseñanza, es él quien les ha mostrado cómo deben hacerse las tinas ciegas y las enramadas, dos técnicas para contener la erosión.

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Laderas enteras ya muestran el fruto del trabajo de las reforestadoras.

Periódicamente acude a San Jerónimo a supervisar los avances de la siembra. El trabajo es bueno, la Conafor cataloga la reforestación en porcentaje de sobrevivencia, nos dice el ingeniero. El estándar exitoso es del 70%, pero en San Jerónimo es del 90%.

El éxito de la tarea es que la planta que traemos viene con un capellón, es más costoso, dice, porque son ejemplares que pesan de kilo y medio a dos kilos, trasladamos suelo y eso encarece el  transporte. Pero vale la pena.

De lo que hoy se está haciendo con el grupo de reforestación, nos muestra que el terreno está cercado para protegerlo del ganado, aunque en su momento los animales entrarán de manera controlada a los predios reforestados. Revela que también está el plan de trabajar en los terrenos que actualmente son para el ganado, aunque eso será después.

Heredarán la sombra

San Jerónimo es una comunidad de migrantes, viven ahí unas 350 personas, la mayoría son mujeres. En la zona hoy es posible ver árboles de dos metros y medio que han sido plantados por este grupo. Este año fue la primera vez que sembraron encinos, todavía no se ven grandes ejemplares.

Aún les falta reforestar alrededor de 2 mil hectáreas. Ellas saben que serán sus nietos los que disfruten de la sombra que brindarán los miles de pinos que han plantado, eso les llena la vida.

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Virginia nos muestra los árboles de hace 25 años.





Luis López




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