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Alfonso Díaz Rey*
Viernes 26 de febrero de 2021
«La soberanía no es un concepto abstracto, no existe al margen o por encima del pueblo. Este es su titular y el único que puede ejercerla. Mas no solo porque así lo dispongan las leyes sino porque tenga realmente la posibilidad de hacerlo».[1]
– Alonso Aguilar Monteverde
Toda la infraestructura de un país requiere de energía para su construcción y para su funcionamiento; también es indispensable para el desempeño de múltiples actividades que los seres humanos realizan en su vida cotidiana.
En la medida que ese país cuente con los recursos energéticos, materiales, tecnológicos, financieros y, además, con el personal capacitado y calificado en las distintas áreas del quehacer de la sociedad, en esa medida tendrá la posibilidad de emprender un desarrollo independiente.
Es cierto que los recursos naturales no están distribuidos de manera uniforme en el planeta, sin embargo existen países que contando con abundantes riquezas naturales son pobres, dependientes y subdesarrollados, condiciones impuestas por relaciones de intercambio subordinadas y desiguales.
El capitalismo, sobre todo en su fase imperialista, tras el surgimiento de los monopolios y del capital financiero, acentuó la desigualdad y la subordinación que existía en sociedades que le antecedieron, como la esclavista y la feudal, condiciones que la versión neoliberal del sistema agudizó con el despojo a los pueblos y la devastación de la naturaleza.
Nuestro país es uno de los que cuentan con una variedad de recursos naturales en cantidades para poder ser autosuficiente en muchos aspectos, y utilizar parte de los excedentes para cambiarlo por productos, servicios o materiales en los que tenemos carencias o déficit. Con ello se reforzaría nuestra soberanía. Claro, todo ello en un ambiente internacional de relaciones de intercambio justas. El principal obstáculo para lograrlo es el sistema económico, político y social vigente: el capitalismo.
Por ello «[…] el principio de la soberanía y la posibilidad de ejercerla están ligados a la independencia económica y cultural, a la independencia política y social e incluso a la paz y la amistad entre los pueblos».[2]
Los recientes problemas en el abastecimiento de energía eléctrica, ocurridos a raíz de fenómenos climáticos extremos, mostraron lo endeble de la soberanía nacional en materia energética.
Lo preocupante es que tal debilidad se exhibe cotidianamente en muchos otros aspectos de la vida económica, política, social y cultural de nuestro país, sin que, en apariencia, el grueso de la población lo advierta y lo comprenda.
Los energéticos son indispensables para la vida y el funcionamiento de una sociedad, pero también lo son la ciencia y la tecnología, la educación, la cultura, las decisiones políticas correctas, el empleo de recursos propios (y cuando se carece de algunos, la libertad de decidir las fuentes y formas para adquirirlos), pero sobre todo la práctica de una democracia plena, en la que sea realmente el pueblo quien designe candidatos y elija a quienes lo representarán en el gobierno, que participe en las decisiones importantes y defina en todo momento la forma de organización social, económica y política en la que más le convenga vivir.
La en muchos aspectos elevada dependencia de nuestro país, sobre todo de Estados Unidos y del capital financiero transnacional, ha derivado en pobreza y miseria para el pueblo, devastación de la naturaleza, degradación ambiental en exceso, mayor explotación del trabajo humano y bienes naturales, entre otras cosas; ello acompañado de un proceso de desculturización y dominio ideológico cuyo objetivo es dividir e inmovilizar a quienes padecen las consecuencias de esa dependencia. Por eso es importante y urgente la recuperación de nuestra soberanía.
Del ejercicio y fortalecimiento de la soberanía nacional y popular depende la facultad y posibilidad de ejercer una serie de derechos esenciales para aspirar a una vida digna, de ahí «[…] la importancia de comprender que es en el ámbito de la lucha política en donde, en verdad, se dirime la significación real de ese principio y donde es preciso demostrar la capacidad práctica para hacerlo valer no simplemente para creer en su vigencia porque una ley de alto rango lo asegura».[3]
La recuperación de nuestra soberanía, vulnerada por el hecho de ser un país capitalista subdesarrollado y dependiente, y quebrantada seriamente durante los gobiernos neoliberales, es una tarea ineludible y urgente de emprender si aspiramos a tener un país realmente libre e independiente; una lucha que requiere altos niveles de conciencia y organización y, sobre todo, de la participación de las más amplias capas de nuestro pueblo.
Referencias:
[1] Aguilar Monteverde, Alonso. Defensa de nuestra soberanía nacional y popular. México. Editorial Nuestro Tiempo, 1989, p. 16.
[2] Ibid. p. 18.
[3] Ibid. pp. 19-20.
* Miembro del Frente Regional Ciudadano en Defensa de la Soberanía, en Salamanca, Guanajuato.
Foto de portada: Eduardo Soares (@eduschadesoares) / Unsplash.
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