SOMOSMASS99
Narrativa Profesora Lolis Cruz* / Colectivo 43 x 43**
Chiapas, México, 2015
“Nadie educa a nadie, los hombres se educan entre sí”
Paulo Freire
Estoy hecha de mi historia, de los pequeños recuerdos que constituyen mi presente, de los seres humanos que han acompañado mi andar, de los pequeños detalles que vivo todos los días en las aulas. Soy profesora, y para serlo no sólo he tenido que estar en un proceso de deformación en una institución educativa, sino en mi andar con los otros, mis alumnos, mis compañeros, con los padres de familia, con las personas que todos los días le dan sentido a mi existencia.

- El Tzay, Oxchuc; Chiapas. Enero 2012.
De esas historias, de esos momentos, de ese acompañamiento con el otro quiero hablar en primera persona, de la historia que rehago desde que me siento acompañada por este grupo de profesores que no sólo me donan su escucha, sino su palabra, su sentimiento, su corazón. Creo que eso falta en nuestros espacios, compañeros, amigos, seres humanos que nos permitamos escuchar, seres humanos, no objetos, no desconocidos que discuten y se agreden por acordar asuntos sindicales, contenidos escolares, estándares de evaluación, sistemas de aprendizaje. Más allá de toda intención o estandarización educativa, estamos nosotros los seres humanos que reproducimos violencia inconsciente en nuestras aulas, en la relación con nuestros alumnos y compañeros.
Por eso, mi responsabilidad es comenzar a hacer las cosas, pero desde mí, desde mi persona y si en ese proceso me puedo ayudar y ayudar a los otros, la riqueza será mucho más apasionante, porque entonces estaremos aventurándonos a desmantelar y develar sistemas de relaciones de poder y ejercicio de violencia que históricamente permean nuestras prácticas y las de otros compañeros.
Cada vez que rescato mi historia, mi vivencia como profesora, la pregunta fundamental que viene enseguida es ¿Por qué decidí ser profesora? Aún recuerdo las palabras de mi madre:
–“Me gustaría que Angélica fuera abogada, Blanca monja y Lolita doctora”. Palabras que brotaron de los labios de mi madre después de la cena una noche de octubre, de esas noches cuando la luna parece observarnos desde lo alto intentando purificar nuestros corazones. Recuerdo que en esas noches de luna llena mi abuela con su ritual nos hacía sus limpias y purificaba nuestros cuerpos y corazones con albahaca y sahumerio. Todas rodeábamos una mesita de madera de ocote esa noche, en el centro, la llama de un candil se movía de un lado a otro con la brisa de la helada que corría por bocanadas en el pueblo, ese aíre que parecía hacer pausas cada vez que se asomaba. Los ojos claros de mi madre estaban puestos sobre un punto fijo, quizá de la mesa, o quizá al infinito.

- Actiepa, Salto de Agua; Chiapas. 2015
Nuestros juegos infantiles se detuvieron por un momento ante aquellas palabras, era como si una consigna se nos hubiera dado, era como si el peso de una piedra grande del cerro de la garita se nos hubiera puesto encima. Ese cerro al que tanto miedo teníamos porque parecía que sus piedras se fueran a desprender una noche y se vendrían sobre el poblado y todos quedaríamos aplastados como sapos.
Esa noche las luciérnagas relampagueaban como pequeñas estrellitas que tiritan y se apagan, pero nadie se atrevía a levantarse de la mesa para jugar a atraparlas, era como si la consigna se colara por nuestros ojos y se fuera internando en cada venita y calentara nuestra sangre hasta hacer sudar, no sólo nuestras manos, sino el cuerpo completo.
La tenue luz iluminaba nuestros rostros y nuestros cuerpos se reflejaban en las paredes de adobe y en las láminas de techo de la casa, una casa que mis padres habían hecho con sus propias manos, antes de que mi padre migrara. Después de que mi padre se fue, mi madre se convirtió en hombre-mujer para nosotras porque la veía hacer la milpa, cargar la leña, el maíz, cosechar el café. Cuántas veces el tercio de leña, el costal de maíz o café, hicieron flaquear los pies de aquella mujer-hombre cayéndose en el lodazal, mientras nosotras la seguíamos con nuestras pequeñas cargas, aprendiendo el oficio, aprendiendo a ser mujeres-hombres, porque serlo significaba sobrevivir, aprender a trabajar, saber hacer las cosas sin la dependencia de nadie.

- El Tzay, Oxchuc; Chiapas. Enero 2012.
La voz de esta mujer luchadora es la que me acompañó siempre, en cada momento de mi formación, sus palabras, sus ilusiones y las mías fueron haciendo un amalgama con la fe para darme fortaleza y salir adelante. Ella nos enseñó a hacer las cosas, a ayudar siempre a los otros, a apoyarnos entre hermanas, a apoyar a quienes nos necesitaran, un principio fundamental que en mi práctica docente ha forjado mi compromiso por los otros.
Al terminar la secundaria ingresé al CONALEP, en la carrera de técnico en salud comunitaria. Después de egresar tuve que dar mi servicio social por un año, en la comunidad de Morelos, municipio de Coapilla. Trescientos pesos era la beca que debí estirar cada quince días, y por cierto casi nunca alcanzaba, había días en que sólo hacía una comida, o sólo consumía galletas, ésas que vienen en forma de barrita con un costo no mayor de 3 pesos. Esas galletas y el refresquito de botecito blanco que costaba 1.50 se convertían en mi alimento. Esta forma de alimentación afectó mi salud con enfermedades que padezco hasta la fecha.
Terminando el servicio me arriesgué a presentar examen en la facultad de medicina, los quinientos pesos para la ficha fueron prestados, mis padres por más que querían no podían solventar mis gastos, pero bastaba con sus consejos, su cariño y apoyo moral.
Pensaba trabajar y estudiar, afortunadamente no pasé el examen. Lo mío, mi vocación estaba esperándome. Ser médico era estar con la gente también pero lo que me esperaba, lo pienso ahora, era mucho más sublime. Entre queriendo estudiar y trabajar perdí cuatro años de empleada en la capital de Chiapas, hasta que mi fe y mi perseverancia se tomaron de la mano y pusieron en mi camino el sendero a la Escuela Normal Mactumactzá, una escuela que se convertía en todas mis esperanzas por el internado y el apoyo que brinda a los hijos de campesinos.
Todavía siento estremecerse mi corazón por la emoción de haber logrado ingresar a la gloriosa escuela. La mejor etapa de mi formación se podría decir, aquí empecé a abrir no únicamente las alas, sino también a ver el mundo real, ya que parte de la etapa secundaria y bachillerato los viví en casi utopía, obediencia, castigo, sumisión y docilidad.
No fui excelente alumna, no era una alumna de dieces, la mejor recompensa la hallaba entre las sonrisas inocentes y las miradas tiernas y llenas de futuro que empecé a experimentar durante las primeras prácticas docentes en escuelas de las comunidades indígenas.
Para mí la escuela normal no sólo fue un espacio de aprendizaje teórico, sino un espacio de práctica constante, no había semestres que no fuéramos a las comunidades, a las escuelas indígenas, a estar con niños y padres de familia, considero que eso fue forjando mi carácter y mi conciencia como profesora.
Me da mucha rabia y coraje recordar la forma en que los gobiernos han intentado desmantelar las normales, primero con los discursos que afirman que México no es un país rural y que por lo tanto las escuelas normales no son funcionales. La historia de la Normal Matumactza ha sido la de una escuela de lucha, porque en esencia sus alumnos provenimos de comunidades, estudiantes que tenemos la esperanza de una formación profesional que nos permita crecer como seres humanos y al mismo tiempo poder regresar a las comunidades y servir como profesores. La matanza de los 43 estudiantes de la Normal Rural de Ayotzinapan no ha sido un accidente, mucho menos un ajuste de cuenta del narcotráfico, es una clara declaración de guerra del gobierno en contra de los profesores y estudiantes normalistas, una forma de desmantelar Escuelas Normales que forman la conciencia del pueblo.
Pero cuánta razón se escribe hoy en la historia de nuestros hermanos profesores, en especial de los 43 estudiantes asesinados cobardemente “quisieron enterrarnos, pero no sabían que éramos semillas”. Esas palabras dicen mucho, para decirle al gobierno que cada estudiante, cada profesor que se forma y egresa de las normales es un profesor que estará haciendo conciencia en y con nuestros hermanos en cada pueblo de nuestro país.
Al egresar de la normal, decidí ingresar al nivel de educación indígena, por qué no regresar con mi gente, en la ciudad ya tienen un poco más de ayuda los pequeños, entonces por qué no ir con aquellos con los que podamos entendernos, no sólo por la lengua, sino por los sueños, los cantos de la montaña, de los animales, aquellos quienes alrededor del fuego se reúnen con los abuelos, los padres a contarse la creación del mundo, el reino de los muertos. Ahí es donde quería estar. De nuevo la fortuna se asomó en mi camino cuando logré aprobar el examen para obtener una plaza. Enorme fue la alegría de mi madre al darle la noticia, de su deseo quizás ya no se acordaba. Pero lo que nunca supo es que aquella noche con sus palabras había sembrado en mí la esperanza y la fe.
Así que mi primera experiencia como docente, fue en la comunidad de Yanch’en de San Juan Cancuc. Ver llegar a mis estudiantes con los pies enlodados por la caminata que hacían para llegar a la escuela y con sus sonrisas alegraba todo el entorno escolar. A los pocos meses me transfirieron a Tzay en el municipio de Oxchuc, fue todo un orgullo estar de nuevo con niños que compartían no sólo la misma lengua, sino la propia cultura, ahí descubrí a grandes artistas, en su lengua hacían guiones y cuentos, era una manera de acercarlos a la escritura y la lectura.
La experiencia me ha enseñado a reconocer en mis niños no sólo habilidades y conocimientos, sino a ver un poco más a fondo las emociones, la creatividad, la “chispa” que cada niño trae en su esencia de ser humano, por eso digo que ellos todos son artistas, porque la creatividad la traen a flor de piel y la expresan sin ninguna intención, sin interés.

Me gusta la lectura, eso lo fui aprendiendo poco a poco, puedo decir que ese gusto me lo dio la escuela, en el hogar no abundaban los libros, en mi casa mi madre y mi padre no eran personas que tuvieran muchos libros, es más en mi casa no había una biblioteca, o una referencia sobre la cultura escrita. Pero a pesar de eso, mi encuentro con las lecturas en la escuela y fui sintiendo placer y gusto, tanto que lo aplico siempre con los estudiantes.
Ahora que lo analizo, esta situación sobre el capital cultural de mis estudiantes es lo que genera problemas y complicaciones, porque muchos de mis estudiantes no tienen todas las condiciones de apoyo en los hogares. De cada 30 padres de familia, sólo 5 o 6 saben leer y escribir, el estudio máximo es de 2 años de primaria y eso va complicando el apoyo con los niños. En los hogares no hay luz, no hay libros, no hay computadoras, entre otros recursos que son fundamentales para el aprendizaje, principalmente si en la actualidad la reforma educativa que sustenta la calidad educativa en el desarrollo de competencias tiene como base no sólo los conocimientos, sino los avances tecnológicos.
Disfruto de los cuentos, incluso infantiles, las novelas, leyendas, poesía, etc. Afortunadamente quienes me abrieron este camino a la lectura y escritura han sido profesores como yo, docentes que se han preocupado sin esperar nada a cambio, al encaminar a jóvenes al amor por las letras. He escrito poemínimos en mi lengua tseltal y español, soy principiante en esto, pero admiro cada vez aquellas personas quienes han hecho de ella una disciplina.
Esta forma de amar la literatura me hace ser más como mis pequeñitos, he descubierto que a través de la magia de las palabras uno se acerca más a su corazón, a su espíritu, y por ende al pueblo. Es maravilloso lo que se obtiene con las letras, no como un simple jeroglífico, sino como un puente a mundos tanto ficticios como reales, es una herramienta para convivir con los pequeños, es una brecha entre el ensueño y la realidad. Aprendí a utilizar mi lengua como pasaporte hacia los pequeños, sumergiéndome en su mundo he aprendido de ellos, compartiendo sus deseos de aprender, el anhelo de querer un pueblo, un estado, un país mejor.
Desde sus pobrezas, surge siempre la esperanza de que la educación pueda ser transformadora, de que los retoños del tiempo en las caminatas a la escuela, de ver los rostros a veces hambrientos de los pequeños y no porque sus madres y padres sean unos flojos, -¿Cómo alimentar a los hijos cuando la milpa no bebió una sola gota de agua, o cómo lograr que los padres consigan trabajo cuando van al pueblo aunque no hayan terminado sus estudios?-, a pesar de buscar caminos diferentes sobre todo ahora que entramos en un sistema meramente competitivo, es demasiado. A lo que nos enfrentamos, no todos podemos hallarle una solución. Entre tanto, el tiempo tenemos que estirarlo, para cumplir con los papeleos, con los niños y con la familia.
Aún hay mucha carencia para nuestra niñez, pero no es imposible compartir lo imprescindible, y por fortuna no estamos con los brazos cruzados esperando que el sistema se preocupe realmente por el pueblo, es más fácil encontrar salidas cuando en los pequeños surgen nuestras esperanzas. Aquí sigo, no enseño, aprendo con ellos a leer y escribir la realidad, ese despertar de palabras que se encamina hacia el despertar de la conciencia. El camino sigue, y pueden seguirse construyendo otros más. Y yo quiero construir puentes donde transiten mis alumnos, donde cada acción, cada palabra, cada semilla germinen en los corazones y la conciencia de los niños.
* Coordinación Adan Morgan Colectivo 43 x 43. Serie 2. Los rostros de la experiencia docente.
** © El colectivo 43×43. Manifiesto Político Educativo Es un colectivo formado por académicos que unen sus voces de forma voluntaria para denunciar las pésimas condiciones de la educación en Chiapas por medio de narrativas vivas y vividas por los propios profesores. Sirva nuestra palabra, nuestro coraje, para decirles a las autoridades que los profesores no somos responsables del fracaso de la educación. Las narrativas y fotografías aquí presentadas son inéditas.
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