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Hacemos memoria / I

Diálogo País / Para Ver, Oír y Comer / Top News / 15/01/2020

SOMOSMASS99

 

Sara Rivera*

Miércoles 15 de enero de 2020

 

De manera cotidiana, todas las personas recuerdan hechos, palabras, emociones, antaño vividas; a veces esas imágenes se colocan en el sitio más doloroso en el momento menos esperado. Hay, en ese acto involuntario, un deseo, una voz interna que sostiene el recuerdo ―negándose éste a abandonar su sitio―. El recordante lo preserva, quizá, porque cree que algo más valioso e innominable se perdería junto con él si lo soltara. Extrañar tiene esa característica emocional imbricada en el sujeto: hay una vigencia sensible que toma fuerza a través de pequeñas cosas: la hoja de un árbol cayendo, la prenda olvidada al fondo de un cajón, un mueble sin usar, el regalo alguna vez recibido. Las melodías suelen aferrarse con particular intensidad; así olores, tonos de voz, sabores degustados, se vuelven objetos convocados sin pretexto.

De esta forma, lo fugaz queda estancado al fondo de un recuerdo encubridor. Eso memorado nada tiene de cierto sino de posible; es más una ilusión que una verdad, por eso mal se haría en confiar en la memoria sin reparo: ¿quién lo haría?, ¿qué razones avalarían tal certeza? Muchas son las causas: la fragilidad emocional del sujeto, la necesidad de vivir en la certeza, la confianza sin juicio, la imposibilidad de aceptar la duda sobre el pasado.

La certidumbre de lo vivido se materializa cuando queda apalabrada. Los recuerdos son el material con el que se teje la historia de todo sujeto. Ellos dan cuenta de su propia existencia y paso por la vida. En este sentido, una biografía es, en cierta forma, sofisticada expresión, simbólica y aglutinante, de las percepciones que un sujeto tiene de un sitio en un tiempo.

Ocurre también que el ser se niega a remover de sí aquello que le da sentido. Cada resonancia le sitúa en el fino punto de su certeza: cree, afirma, supone, saber quién es. No contar con tal certidumbre histórica le devolvería una imagen quebradiza de sí mismo, suspendida, afectada, ajena al mundo. En este sentido, la memoria es un subterfugio, una defesa o una negativa a aceptar las nuevas realidades. Puede ser también una casa de resguardo y, al mismo tiempo, una trampa. Anda el lobo cerca del bocado, quien escapa de su hocico cuando éste cae dentro de la trampa, así funcionan la memoria y el recuerdo: ellos pueden convertirse en una permanente herida que nunca sana.

Mas ¿puede hacerse algo en contra de esa memoria persistente que llega sin hora ni aviso? ¿Quién detiene el embate del mar? Por el contrario, al océano se le busca, atrae su ritmo hipnótico; posee esa habilidad sanadora o destructora que fascina y repele. La memoria invade lo mismo las arenas internas (esas playas hurañas e íntimas) que las colectivas. Si la evocación es grata, llegará como el aire fresco requerido por los enfermos; por el contrario, si trae consigo eventos convulsos, inhóspitos, su fuerza dejará un páramo cada vez más yerto en el corazón del recordante. De este modo, la añoranza puede destruir o reparar el símbolo erigido alrededor de una historia.

De igual modo las fechas colectivas son un buen pretexto para que el recuerdo tome cuerpo. Sin duda, las agendas nacidas de la cultura tienen esta característica identitaria. Sacan a flote el legado de un pueblo; su rostro vuelve a iluminarse con la primera tinta de la que está forjada su historia. La fecha es un pretexto para encontrarse con el otro en la plaza. Estos momentos domeñan el pasado y todo lo innominable cumple su función: dotar a una nación de sentido. La ceremonia impone la memoria colectiva y reafirma, en su ritual, lo sagrado.

De algún modo en la memoria colectiva cada hecho ocurrido, les sucedió a todos. Nos incumbe la vida del pueblo entero, de ahí que tantos marchen en busca de un desaparecido, que les indigne la muerte de un otro. Los 43 son un hecho y una herida ocasionada por su ausencia concreta, los motivos son irrelevantes ante su desaparición. Ellos son un recuerdo vehemente sostenido por todos. Sus nombres nos recuerdan el daño producido y su necesaria cura: encontrarlos, sería la medicina que paliara la añoranza de quienes los esperan de vuelta a casa.

Por el contrario, también, a veces, un nutrido grupo desea olvidar ciertos eventos en tanto quiere perpetuar otros. Desea olvidar sus derrotas para preservar sus victorias. Borra un hecho al estilo más pulcro de la ficción, conjeturando otro, así Tlacaélel emparentó a los mexicas con los toltecas y les dio a Huitzilopochtli como objetivo bélico-económico y teológico. Otros exageran su pasado: Estados Unidos ha creado una hiperidentidad a través del cine con ganancias financieras irrefutables; en México, los murales de Palacio Nacional crean un relato que proporciona sentido.

A veces ocurre que hay una memoria implantada, falsa. Piénsese en los pueblos originarios de América, ¿quién inventó su pasado? ¿Fue europea a través de sus ejércitos, cronistas e ideólogos la que impuso qué eventos recordar? La respuesta viene sola: henos aquí, siglos después un lago de quimeras divide a la región de Anáhuac. La memoria que los imperios asignan a los pueblos conquistados son relatos habitualmente falseados que generarán consecuencias varias: la ruptura del pueblo consigo mismo ―se convierte éste en una casa dividida en permanente pugna o indagación―, al mismo tiempo, escarmentado en esta argucia, carecerá de un relato propio efectivo que le permita andar hacia delante de manera eficiente, por tanto, sufrirá esa fragilidad identitaria con todas sus derivaciones políticas.

No se ignora que en México (sólo por nombrar un sitio en el mundo) existe un debate que atañe a la memoria colectiva de los pueblos originarios en contraposición con los sistemas económicos contemporáneos. Éste se opone a lo históricamente narrado. Ellos (guardianes del mito) configuran una cosmogonía sin tiempo en la que el-evento-repetido (ritual) renueva los ciclos de la vida. Esta memoria ritualizada pone al mismo nivel de importancia la memoria que la repetición, dando como resultado una civilización conceptualmente milenaria y arraigada en el cosmos. Su identidad es gremial y son custodios de ella; nada más contrario al planteamiento que la modernidad occidental desea imponerles.

Mas ¿cuándo se está dispuesto a cambiar una narrativa, a olvidarla? ¿Qué haría que un individuo estuviera dispuesto a ese desamparo, a padecer la añoranza de aquello perdido? Sin saberlo del todo, extrañará las fechas y sus horarios (esos puerros y carnes degustados por el pueblo de Dios cuando era esclavo de Egipto). Conjeturo también que la realidad debe ser lo suficientemente fiera para que, en tanto la vida apremia, el recordante dé paso a los nuevos eventos capaces de sacarlo de su historia organizada y certificada. Entonces vivirá una desarticulación con el pasado, lo que implica una discordia profunda con el presente. Estos casos puede ser un alzamiento armado, una invasión, un accidente, un evento que trastoque; ellos serán los catalizadores de la desmemoria.

Baste señalar que el recuerdo tiene su propia forma e independencia respecto de otras entidades psíquicas. Su existencia otorga al ser parcial dominio en el territorio indómito del yo. Ese yo (quebradiza estela del cuerpo) es una mecha oscilante siempre agitada por el fuerte viento de la vida, la cual puede apagarse (cerilla efímera) apenas la tormenta o la desmemoria la ahogue. Tiene ese doble filo de ser alivio y pena; identidad y olvido.

En cuanto al memorioso, éste también lucha contra la vergüenza, contra aquello innominable que pretende decirle quién es. El absurdo radica en que, a pesar de que produce toneladas de recuerdos para sostener lo más constitutivo de sí mismo, al mismo tiempo intenta sofocar otra montaña de imágenes que lo escinden de sí y del mundo. Busca y repele los recuerdos que le concitan a saber quién es realmente, pero lo insoportable y esencial rebulle convulso en su interior, entonces el relato se teje y desteje con representaciones trastocadas por el deseo, la mentira y la añoranza.


* Sara Rivera López es doctora en Teoría Literaria, escritora y profesora de Teoría Literaria, Análisis de Discurso, Crítica literaria, Ensayo, entre otras materias en diversas instituciones universitarias (UNAM) nacionales, presenciales y a distancia. Se desempeña como especialista en procesos de lectura y escritura a gran escala.

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Twitter: @Sara_Rivera

Fotos de portada e interiores: Sara Rivera.






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20 Comentarios

el 15/01/2020

La nostalgia de lo que no ha pasado. También a eso lleva la memoria de lo que creemos pasó.

    el 15/01/2020

    Así es estimada Olda.

el 15/01/2020

La memoria de la vida vivida por nosotros y nuestros antepasados, nos dice mucho de quienes somod y a donde nos dirigimos, nos marca, nos sensibiliza. Es dolor, alegria y sobre todo aprendizaje.

    el 15/01/2020

    Marisol, abrazo, gracias por comentar.

el 15/01/2020

Marisol, abrazo, gracias por comentar.

el 15/01/2020

La memoria, nos mueve y actuamos según nuestros recuerdos, añoramos la vivencia pasada, a las personas que nos dejaron, que murieron, los objetos que nos dieron alegrías y también tristeza.
Gracias por compartir.

    el 16/01/2020

    Gracias a ti, Ruth, por esta reflexión.

el 15/01/2020

Estamos hechos de recuerdos… Que se forjan a través de experiencias y vivencias…. Nuestro presente siempre estará determinado por nuestra historia… Queremos alcanzar el futuro pero olvidamos que ese se construye con cad beso, cada caricia, cada enojo, cada encuentro y desencuentro con nuestro presente….

    el 16/01/2020

    Estimado Roque, saludos. Gracias por comentar.

el 16/01/2020

Qué o quiénes seríamos sin el recuerdo de un pasado. En la moria de todos nuestros sentidos, vagamos, sutilmente o, con fuerza, a veces desgarradora, a veces gentil, amable, tanto como lo han sido nuestros ancestros. Somos porque otros fueron, estuvieron antes ¿allanando el camino? Gracias, Sara, por tu espléndida manera de tocar fibras que invitan a la reflexión.

    el 16/01/2020

    Sylvia, gracias a ti por leerme y comentar lo que 0iensas sobre el tema. Abrazo.

el 16/01/2020

La memoria te trae recuerdos y a la vez reflexiones, Aceves desgarradores y otros con muy buenos recuerdos ,,Sara Rivera me has echo recordar buenos momentos y reflexionar,,, felicidades Sara Rivera.

    el 21/01/2020

    Gracias,Flor, estimo mucho tus palabras.

el 16/01/2020

Recordar puede sercomplejo.Todo depende del tono y de la intención. Se puede sufrir añorando tiempos que se han ido. Hay quien recuerda y muere poco a poco.Otro hacen del apego una esclavitud que les dura la vida. Algunos recordamos para honrar.
Saludos, Sara, bella.

    el 21/01/2020

    Estimada, Angélica, gracias por tu aportación.

el 18/01/2020

Y la memoria también es engañosa. Suele confrontar con versiones diferentes que cada quien construye a partir de su subjetividad. Lo colectivo del recuerdo de un mismo evento se nutre del imaginario individual, por eso, a veces, provoca diferencias que suelen ser motivo de separación, más que de unión.

    el 21/01/2020

    Jatzibe estimada,eso es verdad. un pasado puede operar a favor o en contra.

el 25/01/2020

Me ha encantado esta primera parte de tu escrito, qué forma más interesante de referir a la memoria. ¡felicitaciones por las fotos! también son hermosas.
¿Qué hay de los elementos sembrados en la memoria?

A partir de lo que dice Jatzibe, sobre la memoria engañosa, habría que profundizar también, sobre la selectiva.
Dejo un fuerte abrazo

    el 29/01/2020

    Gloria, gracias por tu comentario. Sin duda se pueden todavía pensar muchos asuntos sobre la memoria. Gracias por las ideas aportadas. Recibe abrazo.

el 29/01/2020

Gloria, gracias por tu comentario. Sin duda se pueden todavía pensar muchos asuntos sobre la memoria. Gracias por las ideas aportadas. Recibe abrazo.



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